El Linares no pasa precisamente por su mejor momento ni deportivo ni económico. Mal vive en Segunda Federación, donde ha perdido brilló. En una categoría devaluada, lejos de mirar hacia arriba está más pendiente de no caer en el pozo. Por eso, la melancolía reina entre el aficionado azulillo cuando se producen hechos extraordinarios que recuerdan su pasado.
El sorteo de la Copa del Rey, caprichoso como un viejo narrador de sobremesa, volvió a cruzar caminos que ya se conocían. Alberto González y Fermín López se reconocen ahora desde orillas distintas, separados por el escudo y el rango, pero unidos por una historia que empezó lejos de los focos. El Carlos Belmonte será el escenario esta martes del reencuentro, aunque la verdadera geografía del partido esté en Linares.
González, hoy al frente del Albacete, vio antes que muchos lo que Fermín llevaba dentro. Lo había observado ya de niño, cuando coincidieron en el Betis, y volvió a seguirle la pista en su etapa juvenil en el Barcelona. Aquella competitividad precoz, casi instintiva, fue la señal. Cuando surgió la posibilidad de incorporarlo al Linares, no dudó. El club azulgrana prefería otros caminos, más controlados, pero el futbolista necesitaba algo distinto: jugar, equivocarse, medirse a la intemperie.

Linarejos, un lugar de encuentro
Linares fue eso. Un lugar sin concesiones donde el fútbol se vive como un oficio. Allí, Fermín pasó de promesa bien cuidada a jugador hecho a base de partidos incómodos y entrenamientos exigentes. Para el entrenador fue un regalo cotidiano. Un futbolista extrovertido, alegre, obsesionado con competir y aprender, capaz de convertir cada tarea en un desafío personal. No sorprende hasta dónde ha llegado, admite González; lo que asombra es la velocidad del viaje.
Hay futbolistas que entienden el juego como una suma de virtudes. Fermín pertenece a otra estirpe. Es, en palabras de quien lo dirigió, un animal de competición. Entrega natural, deseo permanente de ganar, hambre de mejora. A eso se le añaden condiciones físicas, técnicas y tácticas que el tiempo ha ido afinando. El resultado es un centrocampista que ya no parece de paso por el Barcelona, sino parte de su pulso diario.
La Copa vuelve a cruzarlos, ahora con el entrenador obligado a pensar cómo detener a quien conoce tan bien. No hay recetas individuales, solo el refugio del colectivo, la concentración y la determinación. Justo las armas que definen al propio Fermín. González desea que su antiguo jugador participe, que esté en el partido, pero que el protagonismo cambie de camiseta.

El recuerdo sigue ahí
El recuerdo de Linares sigue ahí. Un equipo humilde, una ciudad entregada, temporadas en las que se rozó el ascenso y se compitió hasta el último minuto. Un vestuario donde algunos alcanzaron el fútbol profesional y otros se quedaron en el camino. Para Fermín, aquel paso fue decisivo. Llegó desde un entorno privilegiado y descubrió la realidad desnuda del fútbol. Esa experiencia, ha reconocido, le ayudó a madurar como jugador y como persona.
No es la primera vez que el Barcelona se cruza en el camino de Alberto González en la Copa. Ya ocurrió cuando dirigía al Linares, en un partido que se perdió, pero que dejó la sensación de un equipo unido, convencido de su identidad y sin complejos ante nadie. Esa memoria acompaña ahora al técnico en Albacete, donde sueña con cambiar el signo del destino.
Antes del pitido inicial habrá un abrazo, quizá alguna confesión breve, la complicidad de quienes saben de dónde vienen. Después, el fútbol hará su trabajo. La Copa también. Porque a veces el torneo no solo enfrenta equipos: se limita a recordar, con precisión casi literaria, que las grandes historias se construyen en lugares pequeños.