El Linares abre una nueva etapa. Lo hace, una vez más, desde el filo de la incertidumbre, con el desgaste acumulado de las últimas semanas y la sensación de que cada decisión pesa más de lo habitual. Javier Vallejo Mena asume la presidencia del consejo de administración de un club fatigado por la inestabilidad y con la urgencia de reconstruir confianza tanto en los despachos como en la grada.
Su llegada no es la de un salvador externo, sino la de alguien que conoce el Municipal de Linarejos desde hace años, tanto de aficionado como de directivo. En un principio, ofrece un perfil continuista, pero su discurso inaugural apunta a una ruptura en las formas. Por eso, reivindicó en su presentación como nuevo presidente de la entidad azulilla una gestión discreta, pegada al día a día y sin personalismos. El escudo, por encima de todo.
Vallejo, que no percibirá retribución alguna por el cargo, no se olvidó de su predecesor. «Quisiera agradecer a Luis Vera su presidencia durante dos años porque ponerse en primera línea en un club como el Linares no es fácil», manifestó.
El flamante mandatario delimitó su terreno con precisión: dirigirá la gestión de la entidad en estrecha colaboración con el director general, Carlos Hita, y el responsable del área deportiva, Cristian Sanz. En un contexto de recursos limitados, la especialización y la cooperación entre departamentos se convierte, a juicio de Vallejo, en necesidad más que en virtud.
La mayor losa continúa siendo el estadio. Linarejos, símbolo y problema a la vez, arrastra limitaciones estructurales que condicionan la economía del Linares. La reducción de aforo y las carencias de la instalación impiden explotar la taquilla y cerrar acuerdos vinculados a eventos o patrocinio. El club depende, en buena medida, del respaldo accionarial y del convenio municipal, que alcanza los 200.000 euros anuales. Sin margen para grandes movimientos, la palabra más repetida en la presentación fue austeridad.

Recuperar a la afición
Pero la crisis no es solo contable. También es emocional. El desencanto ha erosionado la relación con parte de la afición y el nuevo presidente quiere recomponer ese vínculo. Ha anunciado reuniones con las peñas para activar proyectos largamente postergados, como el museo del club, y la puesta en marcha de iniciativas para atraer a escolares a los partidos. Promete presencia constante junto a la plantilla, incluso en los desplazamientos por carretera, como símbolo de acompañamiento en una temporada que exige cohesión interna.
El calendario tampoco concede tregua. El encuentro aplazado ante La Unión ya tiene fecha, el 11 de marzo, mientras el club aguarda la resolución judicial sobre el conflicto accionarial que mantiene en vilo a la institución. El fallo podría reconfigurar el equilibrio interno y alterar, de nuevo, el rumbo.
Entre tanto, Vallejo repite una consigna sencilla, casi espartana: trabajar. Sin épica ni grandes promesas, el nuevo presidente apela a la gestión paciente como único antídoto contra el desgaste. En Linares, donde el fútbol es una extensión del ánimo colectivo, el reto no es solo sostener una estructura deportiva, sino recuperar la fe en que el proyecto todavía tiene futuro.