Un disparo en la noche y un barrio lleno de preguntas

La Policía Nacional de Linares examina cada rastro del crimen que costó la vida a Antonio, de 49 años, mientras el caso permanece bajo secreto de sumario

Por:Javier Esturillo
vehículo de la Policía Científica de la Comisaría de Linares en la calle Azorín. Foto: Javier Esturillo

La mañana ha despertado gélida en Arrayanes. El latido de este populoso barrio de Linares no se detiene pese al peso del luto. Las persianas suben con su estruendo habitual, el aroma a café y churros recién hechos escapa del bar de la calle Blasco Ibáñez y el ajetreo de los niños camino del colegio llena de voces las aceras. Todo parece igual, pero nada lo es. La vida continúa por inercia, aunque en el ambiente flota la certeza de que algo se ha quebrado.

Repican las campanas de la parroquia de San Sebastián y el sonido, metálico y grave, se desliza por las calles estrechas como un aviso antiguo. Doblan por Antonio. Cuarenta y nueve años. Demasiado pronto. Demasiado absurdo.

En el umbral del templo aguarda don Carmelo, el párroco, con la estola dispuesta y un gesto de serena contención. Frente a él se arremolina un grupo de vecinos que espera en un silencio solo roto por susurros. Las miradas convergen en la esquina por donde debe asomar el coche fúnebre y las conversaciones se cortan en seco cada vez que alguien se aproxima. La respiración se contiene en un respeto absoluto.

Parroquia de San Sebastián en Arrayanes. Foto: Javier Esturillo

Antonio deja una hija y dos nietos. Era el mayor de cuatro hermanos que regentan una tienda de alimentación de la calle Azorín, a apenas unos metros del lugar donde todo terminó. Allí lo conocían todos. Su féretro es portado por familiares y amigos. Unos claman venganza, otros, en cambio, llaman a la calma.

La tragedia se desencadenó el pasado viernes, a las 22.15 horas, cuando la noche se partió en dos en la calle Miguel de Unamuno. Un disparo, seco y certero, alcanzó a Antonio en el abdomen. Fue un impacto sin orificio de salida. La bala le desgarró el interior y lo dejó herido de muerte sobre el asfalto. Aún consciente, avisó a los servicios de emergencia. Minutos después, la sala del 112 activaba a Policía Local, Policía Nacional y sanitarios. Cuando llegaron, comprobaron que el daño era profundo, invisible y devastador.

La unidad medicalizada del 061 lo trasladó al Hospital San Agustín. En la ambulancia, su estado empeoró. Hubo maniobras de reanimación. Luces azules atravesando la noche. Una intervención quirúrgica de urgencia. UCI. Pronóstico grave. Y, finalmente, la mañana del domingo trajo la noticia que nadie quería escuchar: no había superado las lesiones. El barrio recibió la pérdida con una mezcla de dolor e incredulidad que hoy se palpa en la puerta de la iglesia.

Calle Azorín. Foto: Javier Esturillo

“Fue a sangre fría”, murmura una mujer en la puerta de la iglesia. Los hermanos del fallecido contienen la rabia con los ojos enrojecidos. El presunto autor de los hechos, un hombre de unos sesenta años también vecino de la zona, fue detenido el sábado por la noche. Nadie en Arrayanes acierta a comprender qué pudo pasar para que apretara el gatillo.

Las versiones y los rumores se contradicen. Algunos vecinos apuntan a que algo no marchaba bien entre ambos desde hacía tiempo. La investigación, protegida bajo el secreto de sumario, avanza con la discreción de la Policía Científica, que este martes ha regresado al escenario del crimen para medir distancias y recoger vestigios sobre el frío pavimento.

En Arrayanes lo dejan claro, casi como una necesidad: no es un asunto de clanes, ni de drogas, ni de ajustes de cuentas. Ni víctima ni detenido son gitanos. Eran simplemente dos hombres que se conocían y entre los cuales anidaba un conflicto que solo ellos comprendían.

Calle Miguel de Unamuno. Foto: Javier Esturillo

El coche fúnebre dobla la esquina. Las conversaciones se apagan del todo y se abren paso los llantos y los abrazos de pésame. El ataúd desciende lentamente y cruza el umbral de la parroquia. Las campanas vuelven a sonar. Dentro, el incienso comienza a elevarse mientras don Carmelo pronuncia las primeras palabras del responso.

Fuera, Arrayanes seguirá su ritmo habitual. Pero nada volverá a ser exactamente igual. Porque en Arrayanes, desde el viernes por la noche, hay un hueco en la calle y otro, mucho más hondo, en la memoria de quienes conocieron a Antonio.

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