El 8 de agosto de 2019, mientras nadaba unos largos en una piscina cualquiera, Miguel G. Barea asistía sin saberlo a la escena más paradójica de su trayectoria: el día que abandonaba el periodismo se convertía, por unas horas, en protagonista del propio gremio. El texto que acababa de publicar en Medium —una despedida sin aspavientos del ‘mejor oficio del mundo’, en expresión de Gabriel García Márquez— comenzó a circular con una velocidad insólita. Fue trending topic en Twitter, hoy X. Lo comentaron firmas y perfiles ideológicamente dispares. La SER lo entrevistó. Y la renuncia íntima se transformó en fenómeno colectivo.
De aquel estallido nace ahora Por qué dejó el periodismo, un volumen que recopila esa columna viral y otros textos escritos entre 2012 y 2025. No es una antología complaciente ni un ajuste de cuentas al uso. Es, más bien, un libro de reconciliación. Con una profesión que el autor considera hoy “más corrupta, más precaria y menos rentable que nunca”. Con algunos excompañeros. Y, sobre todo, consigo mismo.
Barea comenzó el doble grado en Historia y Periodismo el 1 de septiembre de 2011. Ocho años después, cerraba su blog, renunciaba a su puesto en La Contra de Jaén y dejaba por escrito una sensación compartida por muchos pero expresada por pocos: la asfixia de un oficio sometido al culto de la inmediatez, a la tiranía del clic y a la superficialidad como norma. La paradoja fue cruel y luminosa a la vez. Casi todos le dieron la razón. Apenas hubo detractores. La ola de retuits convirtió la crítica en consenso momentáneo.
El libro, sin embargo, no se limita a reproducir aquel aldabonazo. Durante el confinamiento de 2020, Barea empezó a ordenar sus columnas con la intención de darles forma. Se topó con dos obstáculos: la falta de un hilo conductor y una sospecha devastadora —»casi todo lo que había escrito era malísimo”— que atribuye con ironía a la exigencia de su profesor Paco Sancho. El proyecto quedó en barbecho. Llegaron las oposiciones, los momentos duros y, finalmente, la plaza de funcionario. Cinco años después, la distancia ha templado la rabia sin borrar las convicciones.
Hay en estas páginas una reflexión que trasciende la anécdota personal: el ocaso de los géneros de opinión. Barea evoca su etapa como becario en El Español, donde aprendió el oficio en la sección de Opinión. Allí escuchó una tesis provocadora: en un medio digital, la opinión como apartado propio quizá no tenga sentido; debería integrarse como complemento informativo, no como escaparate autónomo. El debate no es menor. En una época de sobredosis de comentarios, tertulias y “streamers 24/7”, la columna literaria —esa síntesis de subjetividad y actualidad que inauguró Mariano José de Larra— parece diluirse en el ruido.
“Nos expresamos más que nunca, pero no mejor”, viene a sostener el autor. Argumentar exige tiempo. Y el tiempo es hoy el bien más escaso. El episodio que termina de fraguar el libro no es mediático, sino doméstico. El 28 de abril de 2025, un apagón general dejó sin electricidad a la Península Ibérica. Sin luz, sin internet, sin acceso a archivos digitales.
Barea comprendió entonces que buena parte de su trabajo simplemente no existía: colaboraciones en revistas desaparecidas, artículos alojados en servidores inciertos, palabras volatilizadas por la fragilidad de la nube. Al día siguiente volvió la electricidad. Con ella, el impulso de rescatar algunos textos para el papel, ese soporte antiguo que todavía resiste.
La cita de Carlos Ruiz Zafón planea sobre la decisión: los libros, con suerte, viven más que sus autores. Publicar en papel dejó de ser una cuestión de ego para convertirse en un gesto de preservación y memoria.
Por qué dejó el periodismo puede leerse como crónica generacional de una promoción que llegó a las redacciones cuando el modelo ya se tambaleaba. También como autopsia de una vocación. O como defensa implícita de la columna bien escrita frente al ruido digital. Barea no se retracta de lo que dijo en 2019. Suscribe cada palabra. Pero añade matices, ternura y una cierta melancolía por lo que pudo ser.
En el fondo, el libro encierra una contradicción fértil: es la obra de alguien que ya no cree en el oficio, pero que sigue creyendo en la escritura. Y quizá ahí radique su mayor honestidad. Porque abandonar el periodismo no equivale necesariamente a abandonar la mirada crítica sobre el mundo. A veces, simplemente, significa buscar otro lugar desde el que contar.
Puedes adquirir el libro aquí
