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Emilio Prieto

Belén Esteban, Quevedo, Cristiano Ronaldo y tu cuñado… ¿sigo?

Que el amarillismo fue una corriente periodística previa a Mediaset no es como preguntarte si fue antes el huevo o la gallina. En este caso, la respuesta es bastante evidente. Sin embargo, si nos adentramos en su modus operandi, este planteamiento puede volverse más complejo.

Sensacionalista o no, para que este hilo comunicativo funcione no solo se necesita a un emisor y un receptor; es decir, al famoso y al periodista. No. También se precisa de un público consumidor y, en cierto modo, prescriptor.

No hay mejor anunciante que un lector o espectador satisfecho que comparte su experiencia con los demás. El mundo de las redes incentiva esta nueva forma, pasiva e impulsora, de publicidad. Hemos pasado de ser testigos de la noticia a casi quiosqueros de la misma: vendedores de exclusivas que convierten su opinión en un letrero de neón lo suficientemente llamativo para que lo vean todos.

Pero esto no solo pasa en Telecinco, no. Ocurre igual con la industria del entretenimiento y con sus innumerables plataformas de streaming, los deportes, la tecnología, el sector turístico, la gastronomía… y podría seguir así un par de párrafos más. Todo es «googleable», digno de reseña, post, crítica o reclamación. Y ojo, que no me quejo de algo que constituye un Derecho Constitucional, así como tampoco veo mal que la sociedad consolide una opinión propia o compartida. Lo que me cabrea de todo este asunto es que se use para denigrar a un sector determinado.

Para explicarlo mejor, voy a darle la vuelta a mi argumento. Calificativos como ‘Telecirco’ o ‘Mierdaset’ aparecen en muchos comentarios e, incluso, artículos publicados. Preguntas como: «¿Pero es que tú ves esa basura?», «Yo paso de leer esas revistas donde todo es mentira», o «Ahí va la gente a vender su vida y ganar dinero», son algunas de las frases más comunes y escuchadas. Y ya no solo en internet, sino durante nuestro día a día.

Reconozco que criticar a quienes critican tiene un puntillo bastante tentador. Ahora bien, ¿te has parado a pensar en la cantidad de puestos de trabajo que proporciona los realities o programas como ‘Sálvame’? No hablo solo de las caras conocidas, sino de quienes están detrás de las cámaras: técnicos, realizadores, maquilladores, guionistas, directores, sastres, representantes, publicistas… ¿sigo?

Esas personas también están trabajando, igual que tú, y el resultado final te puede gustar más o menos, pero también tienen familias a quienes alimentar y están realizando una labor que, solo porque no te guste, no significa que sea vergonzosa.

Volvamos a cambiar el prisma de visión para entender mejor este tema. Traslademos esto al fútbol. ¿Cuantísimo dinero mueve esa industria, formada mayormente por hombres? ¿Es deporte o espectáculo? ¿Por qué los futbolistas se mueven como dioses de la élite, cumpliendo o incumpliendo a su paso las reglas que para todos son iguales? Con todo esto quiero decir, ¿cuántos detractores hay también en el fútbol? Muchos, supongo. Igual o similar al número de trabajadores que hay en este sector: árbitros, entrenadores, técnicos, médicos, limpiadores… ¿sigo?

Supongo que hoy me he convertido en un mar de dudas y reflexiones, pero la finalidad de todo esto es ecuánime: no solo porque algo sea seguido por mucha gente y a nosotros no nos guste, ya es tóxico, inmoral o reprochable. Y vuelvo a repetir: se puede trasladar esto a más escenarios pero, por favor, huyamos del «cuñadismo» al plantear cuestiones como: «¿Es que no sé porque Belén Esteban escribe libros y se forra?», o «¿por qué un futbolista tiene que ganar más que un profesor?» Si todavía eres de los que se hacen estas preguntas, bienvenido a la Tierra, un lugar desigual en oportunidades y con recursos mal repartidos. Aquí la justicia brilla por su ausencia, y si hemos establecido un sistema que benefician a unos más que a otros, no podemos culpar a quienes sacan tajada de ello solo porque no somos nosotros mismos.

Verás, esto es una cadena y, ante una responsabilidad global mal repartida en la que somos tan culpables como inocentes, no nos queda de otra que tirar de respeto. Ahora bien, cuando esa barrera se rompe y nace el fanatismo, cualquier tipo de industria se convierte en un problema para sí misma y para los demás. ¿Tenemos que aguantar los destrozos producidos tras un botellón? ¿Tiene que haber ultras que golpeen a la gente que solo quiere disfrutar de una competición deportiva? ¿Tenemos que tener miedo al ir solos por la calle por nuestra fama, sexo o identidad sexual?

Todos asumimos las respuestas que deberían satisfacernos, pero estas cosas no dejan de suceder, igual que Belén Esteban no dejará de ganar dinero con sus nuevas ediciones de patatas fritas o Cristiano Ronaldo seguirá siendo uno de los futbolistas mejor pagados. ¿Cuál es el límite? Repito: el respeto. Quienes beben en la calle y lo ensucian todo, así como los que pegan a otros por ser de otros equipos o colectivos, invaden nuestra libertad con sus actos. Si le sumo a eso los supuestos fraudes a Hacienda de un futbolista o un tertuliano, sigo manteniendo mi línea argumental.

Mientras tanto, lo único que hace «la Esteban» es tener su propia marca de comestibles y salir en la tele como colaboradora, opinando. Sí, le pagan por opinar. ¿Invade eso tu libertad? No. Entonces, ¿de qué narices te quejas mientras ves correcto que un señor cobre una millonada por darle patadas a un balón?

Y sí, oigo a tu cuñado interior decir: «¡Qué hipócrita eso que estás diciendo! Claro que eso no atenta contra mi libertad, pero sí contra los que se despotrican en esos programas». Venga, te alquilo el discurso, porque no te lo voy a comprar, pero solo durante unas líneas.

Como decía al comienzo de este artículo, para que el sensacionalismo funcione no solo se necesita un emisor y receptor, es decir, un famoso y un periodista, también se precisa de público. Esa celebrity es lo que se denomina «personaje público», un distintivo que le abre muchas puertas, y no solo las de grandes fiestas: regalos, trabajo, dinero fácil y rápido, millones de seguidores en redes, invitaciones a eventos… ¿sigo? Podría, pero tengo que ir acabando ya…

En resumen: ser de la élite no es gratis, hay que pagar un alto precio. Ya lo advirtieron: la fama cuesta. Y el que entra en ese mundillo lo sabe. Los hipócritas no somos los que opinamos que podemos ver Telecinco y, paralelamente, leer o estudiar a Quevedo, Allan Poe o Platón. No. La hipocresía real viene de quienes se quejan de lo que sufre el personaje en cuestión (solo porque se habla de su vida) y, por el camino, «matan» al mensajero, bien sea un periodista o colaborador.

Señores, el famoso necesita tanto al público como al receptor; de lo contrario, no existiría como tal. ¿El mundo es desigual? Sí. ¿Podemos criticar la prensa rosa y justificar la prensa deportiva? Por poder hacerse, se puede hacer. Como he dicho antes, nuestros recursos están mal repartidos. Sin embargo, en una sociedad de cimientos sensacionalistas, starlines y forofos, lo importante no es que hablen bien o mal de ti (seas famoso o no), sino que hablen. De lo contrario, algo no estarías haciendo correctamente. Triste, pero real.

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