La segunda obra de estas XXVIII Jornadas Vicente del Moral ha sido ‘La pata de mono’, de la mano de La Butaca Trece. El montaje adapta el relato homónimo de W. W. Jacobs y traslada su historia a un Linares minero, humilde y de 1925.
La propuesta parte de un material que parece tener todos los ingredientes necesarios para que esta historia suceda en nuestra ciudad. Así, el equipo de La Butaca Trece, bajo la dirección de Tania Serrano, lleva esta historia de terror gótico a las tablas del Teatro Cervantes.
La elección de Linares como escenario no podría resultar más acertada. La minería, la pobreza y el contexto social de la época encajan como anillo al dedo con el universo de Jacobs. La historia adquiere una cercanía especial: por momentos, uno podría pensar que está escuchando una antigua leyenda de nuestra propia ciudad, de esas que han pasado de generación en generación. Es precisamente ahí donde la adaptación encuentra uno de sus mayores aciertos: hacer suyo un relato extranjero hasta conseguir que parezca propio.
Tania Serrano ofrece una dirección clásica. La obra transcurre en el salón de una casa de una familia pobre y, sin necesidad de grandes elementos, consigue llevarnos al núcleo de esa familia. En el apartado interpretativo, el conjunto ofrece un trabajo bastante homogéneo, en el que destacan especialmente Andrés Gala y Lola Cervilla en los papeles de los padres. La dirección de Tania Serrano consigue mantener a todo el elenco en un mismo nivel interpretativo, algo que no siempre resulta sencillo cuando se trabaja con un reparto coral.
La obra logra generar tensión y ese desasosiego que va creciendo conforme avanza la historia, aunque su naturaleza termina acercándose más al drama familiar con elementos sobrenaturales que al terror convencional.
En cuanto al desenlace, la propuesta incorpora un último giro que resulta interesante y aporta una nueva perspectiva a la historia. Quizá su desarrollo podría haber tenido algo más de recorrido para terminar de integrarse con la fuerza del resto de la función.
La obra deja con ganas de algo más. Quizá algún momento adicional habría permitido profundizar en determinados aspectos de la historia y disfrutar durante más tiempo de un universo que funciona especialmente bien gracias a sus personajes y a la atmósfera que consigue construir. Aunque eso, querido lector, es ponerme un poco pejiguero, como decimos por aquí.
En definitiva, La Butaca Trece nos presenta una adaptación que encuentra en el pasado minero de Linares el contexto perfecto para acercar un clásico del terror gótico al público local. Una propuesta sencilla en sus formas, pero con buenos momentos interpretativos y una atmósfera bien construida. A veces, basta con una casa humilde, una familia y una pata de mono para que lo extraordinario se convierta en una auténtica pesadilla.