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Inma Espinilla

Deconstrucción, Ucrania y nuestra guerra personal

Suenan tambores de guerra en Europa del Este. La cosa está que arde. Armas, tanques y personas se convierten en el paisaje de la frontera ucraniana. La diplomacia quema sus naves, quiere, por una vez, ser útil y parar el conflicto. Tengo miedo. Tiramos y tiramos y, al parecer, todo está a punto de estallar, tanto que es necesaria la disuasión que amedrenta. En los informativos no dejan de salir comparativas con las diferencias numéricas entre el armamento ruso y el de la OTAN, también vemos a los países discutir sobre cuál es la mejor opción.

Es entonces cuando me viene a la cabeza la palabra deconstrucción. Dice la RAE: “Desmontaje de un concepto o de una construcción intelectual por medio de su análisis”. Y a eso me dispongo: ¿de dónde viene el conflicto? ¿Tan difícil es marcarle los límites a Rusia? ¿Por qué EE UU no se atreve a intervenir? Eso sí, envía armas, pero que se maten otros. ¿Y la OTAN? Al final de toda esta espiral se encuentran las personas, como siempre, los seres humanos en la raíz de caos.

Todos, absolutamente todos y todas, nos armamos para la vida. Buscamos nuestra defensa, porque eso de ir a corazón abierto ya no se lleva. Mejor protegernos tras una armadura. Qué triste o, mejor dicho, qué artificial.

Pienso en la población ucraniana, temiendo por su vida, indefensa, a expensas de lo que decidan los demás y no puedo evitar llevarme, en mi proceso de deconstrucción, ese conflicto a cada hogar. Desde pequeños, hemos visto luchas fratricidas, padres que asesinan a madres, amigos que discuten, y esa es nuestra sociedad. Pero sigo desmontando o analizando y no hace falta llegar a las manos para darnos cuenta de que la tensión es inherente al ser humano. Nos destrozamos sin la necesidad de que la sangre llegue al río.

¿Qué podemos esperar si somos capaces de insultar o abroncar por una estupidez?
Puede ser utópico o ingenuo o simple, pero, ¿qué tal si cada vez que oímos una voz más alta que otra nos cerramos en banda? ¿Qué tal si apostamos por la sonrisa en vez de por la discusión sin límites? ¿Qué tal si dejamos que la razón se imponga al impulso ruin? Poquito a poco, sin prisas, apuntalando una nueva forma de relacionarnos.

Y si en vez de deconstruir, ahora construimos, y vamos extrapolando la amabilidad y la honestidad a mayor escala. De nuestra pareja a nuestros amigos, a nuestro trabajo, a nuestro entorno… Seguimos subiendo peldaños, y tal vez, quizá este tipo de conflictos internacionales terminarían de otra manera. Es lo que quiero pensar. ¿O no?

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