La primera edición de Santana Festival deja un sensacional sabor de boca. Son muchas las razones para que la organización se sienta contenta, la calidad de los artistas, la respuesta del público, pero, sobre todo, por catapultar a Linares a un espacio reservado a un selecto grupo de lugares que pueden presumir de una cita de tanto nivel.
Durante el fin de semana, la Estación de Madrid se transformó en un punto de encuentro donde la música convivió con el patrimonio, la gastronomía y una puesta en escena cuidada al detalle. Más de un millar de personas pasaron por el espacio en una propuesta que aspiraba a algo más que a encadenar conciertos: construir una experiencia.
Promovido por el Área de Festejos del Ayuntamiento de Linares, con el patrocinio principal de Santana Motors y la colaboración del Conservatorio Profesional de Música Andrés Segovia y ArtMusic, el festival nace con una intención clara de anclarse en la identidad de la ciudad.
No es una particularidad menor el nombre elegido ni las referencias constantes a la memoria industrial de Linares, que en esta primera edición se han convertido en parte del relato del evento. Lemas como “Donde el metal es historia, hoy suena la música” o “Un lugar. Un sonido. Una identidad” han atravesado la programación como una declaración de intenciones.


Una programación cuidada
La primera jornada abrió el telón con una mezcla de estilos que fue ganando cuerpo a medida que avanzaba la noche. El trío de la linarense Amara Carés marcó el inicio con una propuesta de jazz íntimo y cercano, seguido por la energía del blues de Richard Ray Farrell. La Assejazz Big Band, acompañada de Cristina Sarasa, aportó el punto de amplitud sonora y complejidad instrumental a una velada que se cerró con el pulso electrónico de Sr. Lobezno DJ, encargado de prolongar el ambiente más allá del escenario principal.
El sábado mantuvo la línea ascendente. La voz de Sara Dowling y el piano de Ignasi Terraza Trío dibujaron uno de los momentos más contenidos y elegantes del festival, antes de dar paso a la vitalidad escénica de Banda Magda. El ambiente se tornó más festivo con Potato Head Jazz Band, que conectó con un público ya plenamente entregado, mientras que el cierre volvió a recaer en Sr. Lobezno DJ, que consolidó el carácter híbrido de la propuesta entre lo acústico y lo contemporáneo.
Transformación del espacio
Más allá de los conciertos, uno de los elementos más destacados ha sido la transformación del espacio. La Estación de Madrid, con su carga histórica y su arquitectura industrial, ha funcionado como un contenedor cultural que ha permitido integrar zona gourmet, áreas de descanso y escenarios sin perder su carácter original. Esa convivencia entre patrimonio y uso contemporáneo ha sido uno de los puntos más valorados por el público.
El festival se presenta así como un intento de ampliar el relato cultural de Linares, vinculándolo a su pasado industrial pero proyectándolo hacia nuevas formas de consumo cultural. La conexión con Santana, emblema de la memoria automovilística de la ciudad y símbolo de su proceso de reindustrialización, refuerza esa narrativa que busca unir pasado y futuro en un mismo espacio simbólico.



Ya trabajan en una segunda edición
Con el cierre de esta primera edición, la sensación es de continuidad en construcción. La organización ya trabaja con la mirada puesta en el próximo año, consciente de que el reto no será solo mantener el nivel, sino consolidar una identidad propia dentro del circuito de festivales. Por ahora, la respuesta del público y la implicación de colaboradores parecen haber marcado un punto de partida sólido.
Linares despide así un fin de semana en el que la música ha servido de hilo conductor, pero también de excusa para repensar un espacio y una ciudad que buscan nuevos escenarios para contarse a sí mismas.
Fotos: Ayuntamiento de Linares