La diáspora venezolana pone voz en Linares a la lucha por la libertad y la democracia

Relatos de quienes cruzaron fronteras y continentes para rehacer su vida y ahora observan desde la distancia la posibilidad de regresar. "Tengo la maleta lista"

Por:Javier Esturillo
Osvaldo Antonio de los Santos, Ariamny Rangel y Ángel Ramones. Foto: Javier Esturillo

El que se marcha de Venezuela carga con una pena a cuestas. El exilio supone abandonar la vida conocida —la familia, los amigos, el hogar, la cultura— para iniciar un camino incierto hacia un futuro que rara vez ofrece certezas. Es una experiencia marcada por la pérdida y la adaptación forzada.

La prolongada crisis política, social y económica del país ha empujado a casi ocho millones de venezolanos a buscar refugio fuera de sus fronteras. Algunos de ellos han recalado en Linares, donde reside en torno a un centenar de personas procedentes de Venezuela. Entre ellas están Osvaldo, Ariamny y Ángel, de generaciones distintas, pero unidos por un mismo relato de represión, censura y salida forzada de un país gobernado, según describen, por el miedo y la ausencia de libertades.

Las recientes movilizaciones de la comunidad venezolana en distintos puntos de España, motivadas por la esperanza de un cambio político en su país, han reavivado un anhelo común: el regreso. Un sueño latente desde que el chavismo accedió al poder hace más de dos décadas. «Ahí empezó la pesadilla», resume uno de los protagonistas.

Osvaldo Antonio de los Santos.

“Tengo la maleta lista para regresar”

Osvaldo Antonio de los Santos llegó a Linares hace apenas mes y medio. Procede de Estados Unidos, donde había logrado establecerse tras casi ocho años de huida continua. Antes pasó por Colombia, Ecuador, Perú y Chile, hasta alcanzar Norteamérica cruzando la selva del Darién, el peligroso corredor entre Colombia y Panamá convertido en una de las principales rutas migratorias para miles de venezolanos.

Técnico electricista de profesión, acude a la Plaza de la Constitución, punto habitual de encuentro de la comunidad venezolana en la ciudad minera y en municipios cercanos. Lo hace para participar en una concentración simbólica de apoyo al cambio político en su país. Lleva el rostro pintado con los colores de la bandera venezolana y no oculta la emoción. “Siento mucha alegría, entusiasmo y esperanza. He llorado mucho”, relata.

Para Osvaldo, el futuro vuelve a situarse en Venezuela. «Estamos esperando a que se den las condiciones para regresar. Tengo la maleta preparada. Quiero volver para abrazar a mi gente, a mi hijo. Me pide que espere un poco más, pero yo ya quiero estar allí», afirma.

Sus palabras se endurecen al hablar del pasado reciente. Atribuye a los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro la situación que le obligó a marcharse. “El daño que le han hecho al pueblo venezolano es enorme. Vivíamos en la miseria, mientras ellos se enriquecían. Nos dejaron sin nada”, denuncia.

Ariamny Rangel Méndez junto con dos compatriotas.

«He presenciado muchas injusticias»

Ariamny Rangel Méndez pertenece a otra generación. Abogada de formación, apenas conoció una Venezuela distinta al actual régimen. En Linares, donde reside desde hace dos años, ha trabajado en distintos sectores, desde el cuidado de personas mayores hasta la hostelería. Es natural de los Valles del Tuy y siguió los pasos de su madre, Nadine Méndez, presidenta de la Asociación Venezolana de Solidaridad e Integración Social (Avenis).

Sus recuerdos del país están marcados por la inseguridad, la escasez y la angustia cotidiana. “En sanidad no hay prácticamente de nada”, explica. Pensó en marcharse en varias ocasiones, pero tras graduarse nació su hijo y decidió quedarse, con la esperanza de que la situación mejorara. No ocurrió. “La realidad iba a peor, sobre todo para quienes no compartíamos las consignas del chavismo”, afirma. «No entiendo cómo todavía hay gente que defiende a Maduro, aunque vivan en la pobreza. Creen que pensar distinto es traicionar a la patria”, lamenta.

Durante su etapa profesional como abogada, presenció «muchas injusticias», algunas que le tocaron de cerca, con familiares directos que padecieron la mano dura del régimen. «No les importaba nada, solo pensaban en ellos», apunta.

Desde la distancia, observa con optimismo la nueva etapa que afronta Venezuela, si bien su confianza está puesta en la vuelta de Edmundo González y María Corina Machado, vencederos de las últimas elecciones. Ahora, solo espera que la Administración americana para que su nación recupere la normalidad democrática y ella y su familia puedan reencontrarse en libertad.

Ángel Ramones y su familia en la concentración celebrada este domingo en el Paseo de Linarejos.

«Se ha dado el primer gran paso»

Ángel Ramones es natural de Barquisimeto, capital del estado Lara. Salió de su país, en 2016, forzado por las lamentables condiciones en las que estaba su país, sin comida, sin medicamentos, sin trabajo. Es médico del centro de salud Virgen de Linarejos desde hace un par de años.

Antes de aterrizar en Linares, pasó por Estados Unidos seis meses, donde trabajó de camarero, para después regresar de nuevo a Venezuela en busca de su mujer e hijas, con las que buscó refugio en Ecuador, en el que pasó seis años y medio.

Su testimonio, como el del resto de sus compatriotas congregados alrededor de la fuente de la Paloma, se fundamenta en una huida constante de la «dictadura impuesta por el chavismo».

La detención de Maduro representa, en su opinión, el «primer gran paso» hacia la estabilidad política y social de su país. «Es el inicio de la liberación del pueblo venezolano y de todos los poderes que tenían secuestrados esta gente. Lo importante es saber que vamos hacia adelante y a triunfar como pueblo y como país», confía.

A diferencia de otras concentraciones previas en contra de Maduro, la de este domingo estaba cargada de emoción, de alegría, de lágrimas, de abrazos. «Por fin, por fin llegó el momento«, celebraban. «Toca esperar para que todo se aclare. Nosotros vamos a seguir apoyando para lo más pronto posible podamos ver una Venezuela libre», remata Nadine Méndez en medio de la algarabía que hay montada en el Paseo de Linarejos, donde todavía se respira el espíritu navideño.


Fotos: Javier Esturillo
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