En la noche en la que la memoria y el presente se dieron la mano, la Estación Linares-Baeza volvió a mirarse a sí misma con orgullo. Cuarenta años después de su constitución como Entidad Local Autónoma, el Ayuntamiento, con nuevo escudo y bandera, celebró una segunda edición de los Premios Cigüeña que trascendió lo protocolario para convertirse en un relato compartido de identidad, arraigo y futuro.
El Complejo Vega del Barco acogió el pasado jueves una gala de tono íntimo y a la vez solemne, en la que no faltaron autoridades —como la delegada de Empleo, Empresa y Trabajo Autónomo, Ana Mata, o los concejales linarenses Michel Rentero y Mamen Muñoz—, ni tampoco una nutrida representación del tejido social, cultural y empresarial de la ciudad. Fue, en esencia, una cita de comunidad.
Presentada con cercanía por Jesús Pareja y arropada por la colaboración de Pilar Fábrega, Mariola Fernández, Victoria Romero, Luis Carlos Valero, Ana Belén Germán y Pepa Cózar, la ceremonia avanzó entre reconocimientos y emociones contenidas, con momentos especialmente significativos como los homenajes al comisario de la Policía Nacional en Linares, Javier Cazorla, y a distintos agentes de la Policía Local.

El alcalde, Melchor Villalba, puso voz institucional a la velada con un discurso que apeló tanto a la historia como al sentimiento colectivo. Sus palabras, cargadas de emoción, no solo felicitaron a los premiados, sino que reivindicaron el camino recorrido por la Estación en estas cuatro décadas de autogobierno.
Sobre el escenario, el galardón —una estilizada escultura de líneas suaves y elegantes— condensaba todo el sentido de la noche. La cigüeña no es un motivo elegido al azar. Se ha convertido, con el paso del tiempo, en uno de los iconos más reconocibles de la Estación Linares-Baeza: cada año, su silueta corona la torre más alta de la entidad, dibujando una estampa inconfundible que forma parte del paisaje cotidiano y de la memoria emocional de sus vecinos.
Convertida en símbolo de arraigo, de regreso y de continuidad, la cigüeña resume en su vuelo la esencia de estos premios: reconocer a quienes, desde distintos ámbitos, sostienen y proyectan la vida de la comunidad.
Un mosaico de historias que construyen pueblo
El Premio Cigüeña a la Empresa reconoció a Casa Torres, un negocio que resume casi un siglo de vida cotidiana. Fundado por Juan Torres López tras su jubilación del tranvía, el establecimiento ha sobrevivido al paso del tiempo gracias a la continuidad familiar y a una forma de entender el comercio basada en la cercanía. Hoy, bajo la dirección de su hija Juana Torres, sigue siendo un punto de referencia que habla de constancia y arraigo.
En la categoría de Proyección de la Entidad, la distinción recayó en Cantina La Estación, un proyecto que ha sabido convertir la memoria ferroviaria en experiencia gastronómica. Desde Úbeda, Montse de la Torre y Antonio J. Cristofani han construido un relato culinario que conecta pasado y presente, avalado por reconocimientos como el Sol Repsol o su presencia en la Guía Michelin.
La cultura encontró su homenaje en Manuel Galera Torralbo, cuya vida ha estado ligada a la enseñanza y a la formación de generaciones enteras. Su academia, durante años, fue mucho más que un centro educativo: un espacio de oportunidades y esfuerzo que dejó huella en la comunidad.






El deporte tuvo en Samuel Villalba un ejemplo de evolución y perseverancia. De sus inicios en el fútbol a su incursión en el culturismo y su regreso al balón, su trayectoria refleja una constante búsqueda de superación que lo ha llevado a competir a nivel internacional.
En el ámbito de los Valores Humanos, Miguel de la Torre fue reconocido por una solidaridad silenciosa y constante. Su vida, vinculada a la hostelería, se convirtió también en refugio para quienes más lo necesitaban, demostrando que la verdadera dimensión de una comunidad se mide en los gestos cotidianos.
El momento más simbólico llegó con la Cigüeña de Honor, otorgada a Pascual García Martínez. Maestro durante más de tres décadas, su figura representa la vocación, el compromiso y el legado que permanece en quienes fueron sus alumnos. Su historia es, en cierto modo, la historia de la propia Estación: trabajo, cercanía y amor por lo propio.
Más que premios, un relato compartido
La gala no fue solo una sucesión de nombres y trayectorias. Fue, sobre todo, una reafirmación colectiva. Cada galardón dibujó una parte del mapa emocional de la Estación Linares-Baeza, un lugar donde la memoria no es pasado, sino impulso.
En tiempos de cambios acelerados, los Premios Cigüeña se consolidan como un espacio de pausa y reconocimiento. Un recordatorio de que las comunidades se construyen desde lo cercano, desde las historias que no siempre ocupan titulares, pero que sostienen la vida cotidiana.
Y en esa noche, entre aplausos y recuerdos, la Estación volvió a encontrarse consigo misma. Con lo que fue, con lo que es y, sobre todo, con lo que está por venir.