La naturaleza posee una memoria obstinada que el asfalto no siempre logra silenciar. En el paraje de La Garza, justo donde hoy se asienta la urbanización Llanos del Arenal, el paisaje ha decidido estos días recuperar su fisonomía original.
Bajo un manto de bruma y lluvia, las tierras bajas de esta zona de Linares han vuelto a convertirse en esa laguna estacional que los antiguos del lugar siempre recordaron. No se trata de un simple encharcamiento, sino del despertar de un ecosistema que, históricamente, definía el carácter de estos llanos antes de que el urbanismo alterara sus drenajes naturales.
Este espejo de agua efímero ha traído consigo a unos visitantes que parecen conocer bien el camino de regreso. Entre la vegetación anegada y el reflejo del cielo plomizo, destacan las elegantes figuras de varias cigüeñuelas comunes (Himantopus himantopus).
Estas aves, inconfundibles por sus larguísimas patas rosadas y su estilizado plumaje blanco y negro, caminan con parsimonia sobre el lodo buscando alimento, ajenas al trasiego del residencial.
La presencia de estas aves confirma la importancia de los Llanos del Arenal como zona húmeda estacional, fundamental para la biodiversidad del entorno de Linares. Cuando el agua llega, La Garza revive y se convierte, una vez más, en un pequeño santuario natural a las puertas de la ciudad.
Mientras las cigüeñuelas patrullan las orillas temporales y la niebla se enreda en las torres de alta tensión, el paraje reclama su nombre y su pasado. Es la crónica de una laguna que nunca llegó a irse del todo y que, a la menor oportunidad, vuelve para reclamar su sitio en el mapa sentimental de la ciudad.