El arte urbano ha dejado de ser una disciplina de márgenes para ocupar el centro del debate cultural, y en ese nuevo escenario, el apellido Murfin resuena hoy con una autoridad incontestable. Manuel Delgado Díaz (Linares, 1993) no solo pinta paredes; construye hitos visuales. Su última intervención en la calle Tesillo de Fuenlabrada ha logrado algo histórico: colocar a Linares en el podio mundial.
La obra, titulada ‘Niños Perdidos I’, ha sido encumbrada como el tercer mejor mural del mundo de 2025 por la plataforma Street Art Cities. Este reconocimiento no es un premio menor; es el veredicto del portal que monitoriza el pulso del arte público a nivel global, y sitúa al linarense en la estratosfera de la creación contemporánea.
De Belin a Murfin
Hablar de muralismo en Linares es hablar de una cantera inagotable. Si el nombre de Belin ya situó a la ciudad en el mapa internacional con su técnica hiperrealista, Murfin llega para demostrar que el talento local no es un caso aislado, sino un ecosistema. Ambos artistas comparten esa capacidad de transformar el hormigón en poesía, aunque Manuel Delgado lo hace desde una narrativa donde la infancia y la memoria se funden con la arquitectura del edificio.
En ‘Niños Perdidos I’, una niña abraza a un cocodrilo de juguete mientras su mirada, intensa y cargada de simbolismo, parece custodiar la inocencia frente a un entorno hostil. Lo que hace «top» esta pieza no es solo la ejecución técnica, sino cómo Murfin utiliza los balcones y las aristas del bloque de viviendas para que la pintura no sea un parche, sino una prolongación de la propia estructura.

La forja de un estilo propio
La trayectoria de Murfin es la de una evolución constante. Sus primeros trazos nacieron entre el ruido del hip-hop y el spray clandestino en los muros de Linares. Sin embargo, lo que empezó como un juego de adolescencia se convirtió en una carrera profesional que le ha llevado a intervenir fachadas en media Europa y Asia.
A diferencia de otros artistas que se pierden en la abstracción, el linarense mantiene los pies en la tierra. Su vínculo con su ciudad natal sigue siendo el motor de su obra. El ejemplo más claro es su intervención monumental en el Silo del Cereal, un gigante de hormigón que Manuel ha convertido en un símbolo de orgullo local. Para él, pintar en casa no es un trámite, es el retorno al lugar donde empezó a soñar con el gran formato.
La sofisticación del trazo
Lo que distingue a Murfin de otros muralistas es su sofisticada comprensión del espacio. No se limita a proyectar una imagen sobre un muro; su estilo se define por un diálogo íntimo con la arquitectura. En ‘Niños Perdidos I’, Manuel despliega una metáfora visual sobre la protección de la inocencia, donde la volumetría del edificio —balcones, ventanas y salientes— se integra en la anatomía de los personajes.
Su técnica se caracteriza por una dualidad cromática vibrante y un uso del realismo que roza lo onírico. Al igual que Belin revolucionó el post-neocubismo, Murfin ha desarrollado un lenguaje propio que algunos críticos ya definen como «realismo narrativo contemporáneo». Si Belin aportó la rotura de la forma, Murfin aporta la profundidad de la historia, convirtiendo cada fachada en un lienzo donde la psicología del personaje pesa tanto como el color.


Un triunfo para la cultura local
El éxito de Murfin es, en realidad, el éxito de una forma de entender la ciudad. Su obra ha ganado el premio mensual de Street Art Cities y se ha coronado como el mejor mural de España este año, superando a miles de propuestas.
Para Linares, contar con figuras de este calibre es un lujo que trasciende lo artístico. Manuel Delgado ha demostrado que no hace falta nacer en una capital para hablarle de tú a tú al mundo. En su caso, la pintura ha sido el puente perfecto para que su ciudad sea, de rebote, la capital mundial del color este 2025.
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