Miguel Ángel Lorenzo Navalón puede decir que ha pasado toda una vida entre helados porque, en realidad, fue así. No es una forma de hablar. Nació en 1974 y creció encima del negocio familiar, en la vivienda que sus padres tenían sobre la heladería de la Corredera de San Marcos.
Allí, antes incluso de aprender los secretos del oficio, ya formaba parte de un mundo construido alrededor de los aromas del turrón, el sonido de las máquinas y el ir y venir de clientes que buscaban un sabor convertido con los años en una pequeña tradición de Linares.
Cuando Miguel Ángel llegó al mundo, Los Valencianos llevaba tres años abierto en la ciudad. Pero la historia de la heladería había comenzado mucho antes y a cientos de kilómetros de distancia.
Su padre, Prudencio Lorenzo, nació en Albacete, aunque fue en Jijona donde aprendió un oficio que acabaría marcando la vida de toda la familia. En la localidad alicantina, cuna del turrón, se formó como maestro turronero durante los meses de invierno y como heladero cuando llegaba el verano.
Era una época en la que el aprendizaje se hacía a pie de obra. Prudencio conoció una profesión exigente, de jornadas interminables y mucho sacrificio. En verano comenzaba a trabajar cuando todavía no había amanecido: a las cuatro de la madrugada ya estaba preparando helado y después continuaba atendiendo la terraza durante todo el día. Aquella combinación de paciencia, conocimiento y esfuerzo fue la base sobre la que años después levantaría su propio negocio.

Llegada a Linares
En 1971 decidió emprender una nueva etapa lejos de la Comunidad Valenciana. Como hicieron otros muchos artesanos de la zona durante aquellos años, salió de su tierra para buscar una oportunidad en otro punto de España. Junto a su mujer, Ana Navalón, también natural de Albacete, llegó a Linares y se hizo cargo de una heladería que ya existía, aunque todavía estaba lejos de convertirse en el establecimiento que hoy conocen varias generaciones de linarenses.
El comienzo no fue sencillo. El local necesitaba una profunda transformación y la familia tuvo que trabajar para cambiar la imagen del negocio y, sobre todo, recuperar la confianza de los clientes. El gran cambio llegó en 1984, cuando derribaron el edificio original y levantaron el actual, un espacio que con el paso del tiempo ha renovado maquinaria e instalaciones, pero que mantiene la misma esencia con la que nació. La de hacer las cosas bien.
Un local que forma parte de la memoria de Linares
Entrar hoy en Los Valencianos de la Corredera de San Marcos es también entrar en una parte de la historia cotidiana de la ciudad. El local conserva elementos que han acompañado durante décadas a quienes han pasado por su puerta: las vitrinas metálicas, la barra de acero inoxidable, los vasos de cartón azul colocados sobre el mostrador, las sillas de colores y los carteles retroiluminados de las copas clásicas de la casa.
No es una recreación buscada para recuperar una estética antigua. Es la continuidad de un espacio que ha permanecido ligado a la vida de Linares mientras alrededor cambiaban las calles, los comercios y las costumbres.
Los ventanales, la gráfica tradicional y esos detalles que forman parte del paisaje de la heladería cuentan también una manera de entender el comercio. Una donde el cliente no es únicamente alguien que compra un producto, sino alguien que vuelve porque reconoce un lugar.




La sonrisa detrás del mostrador
Detrás del mostrador está una de las caras más conocidas del establecimiento. Loli Quesada lleva buena parte de la atención al público de la heladería de la Corredera de San Marcos y representa ese trato cercano que ha acompañado siempre a Los Valencianos.
Su simpatía, su profesionalidad y su capacidad para atender a cada cliente con naturalidad forman parte de la experiencia de entrar en el local. Loli conoce la importancia de recomendar un sabor, recordar a quienes acuden cada verano o recibir con la misma atención a quien pisa la heladería por primera vez.
Su perfil aporta, además, una mirada singular al negocio. Es bióloga de formación, una circunstancia que encaja de manera especial en un establecimiento donde las materias primas, los procesos de elaboración y el conocimiento del producto tienen un papel fundamental. Ciencia y tradición se dan la mano en una profesión donde cada detalle cuenta.
Manos artesanas
Si la sala es la parte más visible de Los Valencianos, el obrador es el lugar donde se conserva el verdadero corazón del negocio.
Detrás de la zona de atención al público se encuentra un espacio donde el ritmo cambia. Allí, entre maquinaria de acero inoxidable, mantecadoras e instrumentos que requieren precisión, se transforma la materia prima en uno de los productos más reconocibles de la casa.
El trabajo artesanal no se limita a seguir una receta. Implica conocer los tiempos, controlar las texturas y respetar unos procesos aprendidos durante décadas. La modernización ha llegado a las instalaciones, pero no ha sustituido el conocimiento transmitido de padres a hijos.
Ese equilibrio entre la cercanía del salón y la precisión del taller explica buena parte de la permanencia de Los Valencianos.

Una familia ligada al helado
De aquel matrimonio formado por Prudencio y Ana nacieron tres hijos. Dos de ellos continuaron el camino iniciado por sus padres. Miguel Ángel asumió la gestión de la heladería de la Corredera de San Marcos y la de la Avenida de Andalucía, mientras su hermano Juan Carlos mantiene abierta la del Paseo de Linarejos, en la Plaza de la Constitución. Tres establecimientos y una misma historia familiar.
El legado de Prudencio no se quedó únicamente en haber levantado un negocio. Su manera de entender el oficio dejó también huella en el mundo del helado artesanal. Miguel Ángel recuerda con orgullo cómo la fórmula del helado de turrón que su padre presentó en Alicante, elaborado con auténticos trozos de turrón de Jijona, terminó convirtiéndose en una referencia dentro del sector.
Un sabor que conserva algo más que una receta
La conexión con Alicante nunca desapareció. Miguel Ángel y sus hermanos mantienen el vínculo con Helados Alacant, una cooperativa creada por heladeros valencianos que, como su padre, tuvieron que salir de su tierra para desarrollar su actividad.
La relación de Prudencio Lorenzo con Helados Alacant va más allá de un simple vínculo profesional. Fue uno de sus socios fundadores, dentro de un proyecto que reunió a varios maestros heladeros valencianos asentados fuera de su tierra. Aquella iniciativa permitió compartir conocimientos, mejorar procesos y mantener viva una forma de entender el helado artesanal basada en la calidad y en la tradición de los antiguos obradores.
Durante años, Miguel Ángel acudió a cursos de formación sobre fabricación, frío industrial o gestión empresarial, conocimientos que completan una profesión que hoy exige mucho más que saber preparar una buena mezcla.
De los clásicos de siempre al pistacho de Dubái
El mundo del helado también ha cambiado. Miguel Ángel lo explica sin nostalgia, consciente de que cada generación tiene sus propios gustos.
Algunas costumbres desaparecieron con la llegada del helado industrial y los cambios en los hábitos de consumo. Ya casi nadie pide aquella tradicional porción de corte que durante años se vendía por raciones. A cambio, aparecieron nuevos productos y sabores.
El café granizado, el yogur helado o las nuevas tendencias internacionales han ampliado la oferta. El pistacho vive ahora un momento de especial popularidad, incluso con versiones inspiradas en productos llegados desde Dubái.
Pero los clásicos siguen teniendo su espacio. El turrón y el tutti frutti continúan entre los favoritos de muchos clientes veteranos, mientras que los más jóvenes suelen decantarse por sabores como Oreo y sus distintas combinaciones.

La carta supera actualmente los 60 sabores, aunque la filosofía permanece intacta: calidad, producto y elaboración cuidada.
Esa fidelidad ha generado historias que explican la relación especial entre una heladería y sus clientes. Miguel Ángel recuerda a una mujer que decidió viajar en tren hasta Barcelona con varios litros de tutti frutti porque no encontraba un sabor parecido en Cataluña. El trayecto no fue sencillo y el helado llegó afectado por el calor, pero cumplió su misión.
También recuerda la sorpresa de algunos visitantes valencianos que aseguran encontrar en Linares una horchata elaborada con chufa de Alboraya que incluso les sorprende frente a la de su propia tierra.
La ironía de la situación no se le escapa: llevar una tradición valenciana hasta Jaén y conseguir que algunos valencianos la valoren allí.
Medio siglo de una historia compartida
Entre los tres establecimientos familiares, Los Valencianos llegó a generar empleo para unas veinticinco personas durante la temporada alta, sumando atención al público, fabricación y reparto. Ahora, esa cifra ha bajado, pero muchas familias siguen viviendo gracias al esfuerzos de estos heladeros artesanos.
Miguel Ángel ha vivido distintas etapas del negocio. Recuerda los años en los que la empresa contó también con cafetería propia o cuando gestionaron una fábrica de hielo. Ahora observa con preocupación las dificultades que atraviesa el pequeño comercio y cómo los cambios en las zonas comerciales de la ciudad han modificado los hábitos de compra. Aun así, mantiene la confianza en un modelo basado en la cercanía.
Desde el mostrador ha visto pasar ya a tres generaciones de clientes. Niños que acudían con sus padres y que hoy regresan con sus propios hijos para repetir una costumbre que empezó hace más de cincuenta años.
Miguel Ángel tiene ahora 52 años. Lleva décadas detrás del mostrador y sigue defendiendo la misma enseñanza que recibió en casa: la calidad de la materia prima siempre termina marcando la diferencia.
Porque detrás del turrón de Jijona, de los más de 60 sabores y de cada helado servido en la Corredera de San Marcos hay una historia mucho más grande. La de una familia que llegó a Linares en 1971 con un oficio aprendido en Jijona y que consiguió convertir una heladería en parte de la memoria de toda una ciudad.
Fotos: Javier Esturillo