Antes de hablar de tierras raras, de China o de la autonomía industrial de Europa, Sebastián García Galán y Francisco Antonio Corpas Iglesias hablan de fútbol. Están en la cafetería del Campus Científico-Tecnológico de Linares y las últimas victorias del Real Madrid ocupan los primeros minutos de la conversación. Sebastián es hincha declarado y no lo disimula. Francisco Antonio escucha, algo más reservado. La ciencia puede esperar unos minutos.
Son catedráticos de la Universidad de Jaén y reciben a El Nuevo Observador como quien juega en casa. Su territorio queda a pocos metros, al final de un largo pasillo. Allí, en sus despachos, toman forma proyectos, experiencias e hipótesis que aspiran a encontrar una aplicación más allá de la universidad. En este caso, con una ambición que supera ampliamente las paredes del campus.
Francisco Antonio es linarense y lo subraya. De la Vega de Santa María, donde su familia se asentó hace muchos años procedente de la provincia de Granada. Catedrático y profesor de Ciencia de Materiales e Ingeniería Metalúrgica en la Escuela Politécnica Superior (EPS), lleva ligado a ella buena parte de su trayectoria profesional. Estudió Ingeniería de Minas, es licenciado en Ciencias Químicas, en la especialidad de Química Industrial, y se doctoró en la Universidad Politécnica de Madrid a principios de los noventa. Tiene un carácter tranquilo, de esos que no necesitan levantar la voz para hacerse escuchar.
A su lado, Sebastián García Galán es catedrático de Ingeniería Telemática. Ha dirigido la EPS y coordina distintos proyectos financiados por la Unión Europea. La Escuela también ocupa un lugar importante en su vida académica. Ahora, buena parte de sus esfuerzos están puestos en una iniciativa que tiene en Linares su centro de coordinación y en Europa su verdadero campo de actuación.

Del laboratorio al mercado
Lo primero que aclaran es una diferencia que ayuda a entender todo lo que viene después. Sicaperma no pretende desarrollar una investigación desde cero. Es un proyecto de innovación: la tecnología ya existe y ha sido investigada. El reto consiste en dar el paso que muchas veces se queda pendiente en el ámbito científico, trasladar ese conocimiento a la industria y demostrar que puede funcionar a escala comercial.
Detrás de esa tarea hay una cuestión que trasciende lo tecnológico. Los imanes permanentes de neodimio, hierro y boro son componentes de elevadas prestaciones que resultan esenciales para fabricar aerogeneradores, motores eléctricos y otros dispositivos. Están presentes en sectores fundamentales para la transición energética y el desarrollo industrial. Sin embargo, Europa depende en gran medida de China para disponer de estos materiales y productos. Una concentración del suministro que, según explican los investigadores, ronda el 98 %.
La dependencia no es una abstracción. Las restricciones a las exportaciones pueden comprometer el abastecimiento y dejar líneas de producción sin material. En un escenario internacional cada vez más condicionado por el acceso a las materias primas estratégicas, disponer de capacidad propia para recuperar y fabricar estos componentes se ha convertido en una cuestión de autonomía industrial. Europa necesita alternativas. Y una de ellas puede estar en los aparatos que cada día terminan su vida útil.

El viaje de un disco duro
Sicaperma nació precisamente con ese propósito: recuperar los imanes de equipos eléctricos y electrónicos usados para devolverlos a la cadena de fabricación. El proyecto cuenta con un presupuesto aproximado de 6,25 millones de euros, de los que 4,37 millones proceden de la Unión Europea. Se desarrolla durante tres años, hasta septiembre de 2027, y reúne a 14 entidades de siete países: España, Francia, Austria, Eslovenia, Eslovaquia, Rumanía y Croacia. La Universidad de Jaén ejerce la coordinación general desde el Campus Científico-Tecnológico de Linares.
El recorrido de los materiales tiene algo de viaje industrial por Europa. Todo comienza con aparatos eléctricos y electrónicos al final de su vida útil, especialmente discos duros antiguos, de los que se extraen los imanes. El material recuperado pasa por distintas fases de tratamiento hasta llegar a Grenoble, en Francia, donde se prepara y se transforma en polvo. A partir de ahí, empresas francesas y austriacas fabrican nuevos imanes que después se incorporan a aplicaciones industriales reales.
El proceso no termina en la fabricación. También hay que comprobar que esos componentes responden a las exigencias de los equipos en los que se instalan. Entre las aplicaciones contempladas figuran las pinzas de brazos robóticos, los motores de ascensor y los motores de tracción. Es la manera de demostrar que un material recuperado puede regresar a la industria sin perder las prestaciones que justifican su utilización.
A las empresas les corresponde buena parte del trabajo de transformación y fabricación. El equipo de la Universidad de Jaén, por su parte, coordina el proyecto y se ocupa de evaluar dos cuestiones fundamentales: el impacto ambiental de todo el proceso y sus costes. No basta con conseguir un imán nuevo a partir de uno usado. Hay que demostrar que hacerlo resulta también sostenible y económicamente viable, hasta el punto de que otras empresas europeas puedan instalar sus propias líneas de producción.
La diferencia con otros procesos de reciclaje es importante. No se trata de transformar un residuo en un producto de prestaciones inferiores, como puede ocurrir cuando una botella de plástico acaba convertida en un banco. Aquí el objetivo es recuperar un material de alto valor añadido y fabricar nuevos imanes con las mismas características que los originales. Es lo que se conoce como supraciclaje.
Lo que queda por resolver
Los investigadores no presentan el proyecto como una tarea terminada ni ocultan las dificultades. Sicaperma se encuentra ejecutado aproximadamente entre un 66 y un 70 %, pero todavía quedan obstáculos que resolver. Uno de los más evidentes está en el principio de la cadena: el desmontaje de los aparatos se realiza manualmente. Una operación que exige tiempo y trabajo y que termina penalizando los costes.
La respuesta pasa por mejorar esa fase. Ya trabajan en una segunda versión, Sicaperma 2, que incorporaría inteligencia artificial y técnicas de procesamiento de imagen para identificar y clasificar automáticamente los dispositivos y sus componentes. También tienen que reducir las pérdidas de material que se producen durante el tratamiento. Han conseguido avances en este terreno, aunque todavía queda margen de mejora.
El horizonte que manejan va más allá de la duración del proyecto. La previsión que plantean para 2050 es reducir en un 30% la dependencia europea mediante el desarrollo de nuevas instalaciones industriales. Sus cálculos apuntan a la necesidad de unas 21 plantas y alrededor de 6.000 empleos directos, distribuidos entre regiones con distintos niveles de desarrollo económico. No hablan de alcanzar una independencia absoluta ni de prescindir de las importaciones. El propósito es disminuir una vulnerabilidad que condiciona el futuro industrial europeo.




El siguiente paso dependerá también de las decisiones que se tomen en Bruselas. Sebastián García Galán participó allí, entre finales de septiembre y principios de octubre, en una mesa redonda vinculada a las inversiones europeas en innovación interregional. Los responsables del proyecto explican que la iniciativa ha recibido valoraciones positivas por su claridad, su impacto y su modelo de coordinación. De ahí que contemplen con moderado optimismo la posibilidad de obtener financiación para una segunda fase.
La conversación regresa entonces a una cuestión que parece sencilla, pero que encierra buena parte del debate sobre el futuro de las materias primas. ¿Basta con reciclar? Los dos investigadores coinciden en que no. La recuperación de materiales es necesaria, pero no puede resolver por sí sola todas las necesidades de suministro. Extracción y reciclaje deben avanzar de manera complementaria.
La tecnología, al fin y al cabo, también necesita ideas que se atrevan a salir de los esquemas habituales. Y Sicaperma pretende demostrar que la recuperación de materiales estratégicos puede convertirse en una oportunidad industrial, económica y medioambiental para Europa. Que los residuos electrónicos no tienen por qué ser el final de una cadena productiva, sino el comienzo de otra.
Cuando termina la conversación, el fútbol ha quedado bastante atrás. En la cafetería del campus siguen pasando estudiantes y profesores, ajenos a que a unos metros se trabaja en una de esas cuestiones que condicionarán el desarrollo industrial de los próximos años. En un pasillo de Linares se coordina un proyecto europeo que busca dar una segunda vida a unos imanes de los que depende buena parte de la tecnología que nos rodea. La distancia entre un disco duro desechado y un motor eléctrico nuevo es mucho menor de lo que parece.

Entidades que integran el consorcio
- Universidad de Jaén (UJA) (España)
- Ingeniería Magnética Aplicada (IMA) (España)
- OnProjects (España)
- MagREEsource (Francia)
- Institute of Physics of the Slovak Academy of Sciences (IPSAS) (Eslovaquia)
- National Institute for Materials Physics (NIMP) (Rumanía)
- METALPINE GmbH (Austria)
- ETRA d.o.o (Eslovenia)
- TECOS (Eslovenia)
- Kolektor KFH (Eslovenia)
- Greentronics (Rumania)
- Primum d.o.o (Eslovenia)
- RASCO (Croacia)
- MP Lifts (España)
Equipo investigador de la UJA
- Dr. Sebastián García Galán. Coordinador del proyecto
- Dr. Francisco Antonio Corpas Iglesias. Investigador.
- Jorge Contreras Ubric. Gestor del Proyecto
- Dr. Francisco Javier Iglesias Godino, Segundo coordinador
- Dr. José Enrique Muñoz Expósito. Gestor de datos
Fotos: Cedidas y Universidad de Jaén