Crítica | Se acabó el huir

Escribir, dirigir y después juzgar el resultado. El difícil ejercicio de mirar desde fuera una obra que lleva un año formando parte de la propia vida

Por:Jusepe Cruz
Representación de 'Efectos secundarios' en el Teatro Cervantes. Foto: Cedida

Qué difícil es escribir estas palabras. Esta sección nace con la idea de hacer una crítica de las jornadas culturales que se celebren en nuestro municipio. Lo que no vi venir es que la primera crítica de las Jornadas Culturales Vicente del Moral me tocaría hacérmela a mí mismo. Un ejercicio complicado, porque tengo todo el contexto y conozco lo que hay detrás de cada decisión, de cada acción y de cada error que pudiera apreciarse en esta representación. Por eso, hoy me voy a permitir saltarme algunas reglas.

Empezaré por mi propia figura como guionista. Creo que podría haber hecho más. Me habría gustado incorporar más comedia, jugar con determinadas situaciones y explorar otras posibilidades para algunos momentos. También hay detalles de la puesta en escena y ciertas posturas que revisaría después de ver la grabación. Sin embargo, no considero que estos aspectos empañen el resultado general. Al contrario, son parte del proceso de aprendizaje que supone llevar un texto propio al escenario.

Después de ver la representación, me encontré con la obra que llevábamos ensayando durante un año. Con alguno pequeños detalles por pulir, pero fiel al trabajo realizado durante todos esos meses. La obra ha llegado al escenario tal y como la habíamos construido, y eso me parece una razón suficiente para valorar positivamente este estreno.

Por supuesto, la última palabra la tiene el espectador. Será quien decida si la historia le interesa, si conecta con sus personajes o si encuentra en ella algo que merezca la pena. Mi posición como autor y director me impide ofrecer una valoración completamente ajena a mis propias expectativas, pero sí puedo reconocer qué cambiaría y qué mantendría después de ver el resultado.

La historia de ‘Efectos secundarios de huir precipitadamente’ comenzó mucho antes de que existiera como novela o como obra de teatro. Su origen fue una idea para un cortometraje, inspirada por la noticia de que una amiga del instituto, a la que hacía años que no veía, había atravesado una enfermedad grave. Pensé en lo triste que habría sido perder a alguien que había formado parte de mi vida y, de aquella reflexión, nació el germen de esta historia.

Aquel guion terminó guardado en un cajón. Años después, volví a encontrarme con él y decidí transformarlo en una novela corta. Más tarde llegó el teatro, y con él la posibilidad de que una historia que había permanecido durante tanto tiempo en el ámbito personal se convirtiera en una experiencia compartida. El paso de la página al escenario ha supuesto descubrir nuevas posibilidades para el texto, pero también aceptar que una obra cambia cuando otras personas comienzan a interpretarla y a darle forma.

No sé si he sido un buen director. Sí sé que este proyecto me ha permitido comprobar lo que implica sostener una historia durante un año de ensayos y ponerla en manos de un equipo. Una cosa es imaginar cómo debería funcionar una escena y otra muy distinta verla cobrar vida sobre el escenario. En ese tránsito aparecen las limitaciones del texto, las decisiones que funcionan mejor de lo esperado y aquellas que convendría revisar. El estreno no cierra ese proceso: simplemente permite observarlo desde otra perspectiva.

Quizá por eso el título de la obra encierra algo más que una referencia a sus personajes. Huir precipitadamente puede parecer, en un primer momento, una forma de resolver un problema, de escapar de una situación incómoda o de dejar atrás aquello que nos hace daño. Pero marcharse no siempre significa solucionar las cosas. A veces, lo que dejamos atrás sigue acompañándonos; otras veces, las decisiones que tomamos para protegernos terminan afectando a quienes nos rodean. Hablaba con un amigo sobre la obra y la importancia de los impactos.

Los efectos secundarios no siempre aparecen inmediatamente. Pueden manifestarse años después, en una conversación pendiente, en una relación que ya no es la misma o en la dificultad de reconciliarnos con quienes fuimos. También pueden convertirse en una oportunidad para revisar nuestras decisiones y entender que el pasado, por mucho que intentemos dejarlo atrás, forma parte de lo que somos.

Llevar esta historia al teatro ha sido, en cierto modo, otra forma de enfrentarse a esos efectos secundarios, que yo en cierta medida pase. Huir precipitadamente puede ser inevitable en algún momento de nuestras vidas. Lo que nunca podemos garantizar es que salgamos indemnes. Siempre queda algo por resolver, algo por comprender o alguna consecuencia que aprender a asumir. Yo voy a seguir montado en este viaje, que acaba de empezar y al que espero que le queden muchas paradas.

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