«Desde el aire te das cuenta de lo pequeños que somos y de lo importante que es vivir con humildad»

Por:Javier Esturillo
Carlos Cámara Pérez, teniente del Ejército del Aire y del Espacio, en la Plaza Colón de Linares.

A primera hora de la mañana, la cafetería Lemans, en la linarense calle Julio Burell, suena a cucharillas y a conversaciones de lo divino y de lo humano. Carlos Cámara Pérez (Linares, 1999) pide un Cola Cao. La escena es doméstica, casi anodina, y sin embargo ahí se sienta un teniente del Ejército del Aire y del Espacio que acaba de regresar del flanco este de Europa con una medalla de la Unión Europea en el uniforme.

Su gesto en la mesa es sereno, casi tímido, y una educación que no necesita exhibirse para imponerse. Tiene cara de buena persona y lo confirma en cuanto empieza a hablar. Mide las palabras, rehúye el protagonismo y coloca siempre el acento en los demás. Viste de civil, pero en su manera de sentarse, de escuchar y de responder, hay algo que delata la disciplina de quien ha aprendido pronto a cargar con responsabilidades.

Hijo de Juan Cámara, veterinario, y de Marta Pérez, economista, creció entre Salesianos-San Agustín y La Presentación, donde terminó el Bachillerato antes de dar el salto a la academia militar. Allí se formó como ingeniero y oficial mientras, en paralelo, estudiaba Geografía e Historia en la UNED. De adolescente fue portero en las categorías inferiores de la AD Santana, el Real Jaén y el Linares; hoy cambia los guantes por el pádel y el tenis. En casa, dice, aprendió los valores; en las Fuerzas Armadas, los afianzó.

A sus 26 años, Cámara es ya el primer piloto linarense en alcanzar un reconocimiento de este calibre. Ha sido reconocido por su participación en la misión EUMAM Ukraine, donde trabajó en tareas de coordinación y apoyo logístico para canalizar la ayuda militar española. Lo cuenta como si hablara de otro: «Es una distinción que da visibilidad al trabajo de las Fuerzas Armadas y, como linarense, un orgullo”. No hay épica en el relato, pero sí una convicción tranquila.

Mientras su pareja, de la que se prendó en La Presentación. encadena jornadas maratonianas preparandooposiciones a inspectora de Hacienda —»me siento muy orgulloso de ella», asegura—, él vuelve a Linares con la misma naturalidad con la que se marchó. La conversación con El Nuevo Observador fluye entre preguntas y silencios cómodos.

Habla de vocación, de esfuerzo, de la dureza de la formación y de la necesidad de mantener la cabeza fría incluso cuando la guerra deja de ser una palabra lejana. Pero también habla de humildad, de familia y de una forma de entender la vida donde el servicio no es un eslogan, sino una práctica diaria. En tiempos de ruido, Carlos Cámara responde bajando el tono. Y quizá por eso resulta más fácil escucharle.

¿Viene de estirpe militar o lo suyo es pura vocación?

—Es puramente vocacional. No sabría señalar un momento exacto en el que nace, pero sí puedo decir que está muy ligado a mi interés por la historia. A medida que leía, que me informaba y que iba conociendo a personas que habían contribuido a construir una España mejor, me daba cuenta de que muchas de ellas estaban vinculadas al Ejército. Y no solo por la profesión en sí, sino por los valores que representa.

Para mí no es simplemente un trabajo, es una forma de vida, una manera de entender el mundo. Además, en mi caso también influye mi fe cristiana, porque hay una coincidencia clara en la idea de servicio a los demás. Esa combinación de vocación, valores y sentido de servicio fue lo que me llevó a tomar ese camino. No vengo de familia militar ni tuve una influencia directa en casa, fue algo que surgió de manera bastante natural.

Usted de pequeño no quería ser bombero, médico, policía, veterinario o economista…

—(Risas) Es curioso porque, echando la vista atrás, veo que lo tenía bastante claro desde muy pequeño. Recuerdo que en primero de la ESO nos hicieron escribir en un papel en el que nos preguntaban a qué nos dedicarnos en el futuro. Años después, ya en Bachillerato, nos pidieron repetir ese ejercicio para ver si había cambiado nuestra respuesta. Yo no recordaba qué había puesto la primera vez, pero cuando comparé los papeles vi que había escrito lo mismo: «Teniente del Ejército». Eso significa que al menos desde los 10 u 11 años ya tenía esa vocación muy asentada. De pequeño también jugaba con soldaditos, pintaba figuras, hablaba mucho de historia con mi hermano y con mi tío… todo eso, sin darme cuenta, iba reforzando esa inclinación.

Cuando decide dar el paso, ¿cómo reaccionan en casa?

—Fue una reacción bastante distinta entre mis padres. Mi padre lo vio desde una perspectiva más racional. Entendía que la carrera militar había evolucionado mucho, que no era lo que había sido décadas atrás, y valoraba que yo entrara en una institución de prestigio, con una formación muy exigente y con una carrera universitaria como Ingeniería de Organización Industrial. Lo interpretó como una gran oportunidad.

Mi madre, en cambio, lo vivió desde el plano emocional. Tenía miedo, como es lógico, por los riesgos asociados a la profesión. Con el tiempo, esa visión ha cambiado completamente. Ahora está muy orgullosa, sobre todo por la formación en valores que he recibido. Ella misma dice que entré siendo un buen chico y que el ejército terminó de formarme como hombre.

¿Cómo fue ese primer contacto con el Ejército del Aire y del Espacio?

—Es un proceso muy exigente. Tienes que superar pruebas psicológicas, médicas, físicas y, además, acceder con una nota de selectividad muy alta. Una vez dentro, haces un primer mes de formación en Los Alcázares que funciona como una criba. Ahí se pone a prueba tu resistencia física y mental.

Es un periodo muy duro, con mucha presión, donde se busca ver quién realmente está preparado para asumir ese ritmo de vida. De los que entramos, una parte importante se quedó por el camino.

Pero también es una experiencia que te marca, porque muchas de las mejores amistades y recuerdos surgen precisamente en esos momentos difíciles.

Además de la formación militar, cursa una ingeniería. ¿Cómo se integra eso en su carrera?

—Es una parte fundamental. No es opcional, es una exigencia del propio sistema formativo. Estudiamos Ingeniería de Organización Industrial, impartida por la Universidad Politécnica de Cartagena en el Centro Universitario de la Defensa. El contenido es equivalente al ámbito civil, aunque adaptado en algunos aspectos a la realidad militar. Por ejemplo, en mi caso, al orientarme hacia la aviación, incluimos asignaturas como aerodinámica. Eso permite que la formación sea muy completa y también válida fuera del entorno militar.

¿Qué papel cree que tienen hoy las Fuerzas Armadas?

—Creo que cumplen una función esencial, aunque a veces se simplifique su papel. Es cierto que cada vez se valora más su contribución en situaciones de emergencia, como hace la Unidad Militar de Emergencias (UME), que tiene un reconocimiento social enorme. Pero no debemos olvidar que la función principal de las Fuerzas Armadas es la defensa de la soberanía nacional. El servicio público está ahí, por supuesto, pero es complementario. En cualquier caso, siempre que un militar pueda ser útil a la sociedad, debe estar dispuesto a hacerlo.

¿Ese sentido de servicio a la sociedad es lo que le mueve personalmente?

—Sin duda. Más allá de ser militar en sí, lo que me motiva es sentirme útil. A día de hoy lo hago dentro del Ejército del Aire, pero si en el futuro ese servicio tuviera que desarrollarse en otro ámbito, no tendría problema en hacerlo. Lo importante es el propósito, no tanto el lugar.

¿Por qué la aviación? ¿Qué le atrae de volar?

—En parte fue una decisión pragmática. Entrar en el Ejército del Aire te abre muchas posibilidades. Si superas la formación, puedes ser piloto, que es algo muy exigente y muy valorado. Pero si no, tienes muchas otras opciones dentro de la estructura militar. Era una forma de ampliar horizontes. Evidentemente, volar tiene un componente especial. Las vistas, la sensación de libertad, la responsabilidad… todo eso es único. Pero siempre he tenido claro que mi vocación principal es ser militar; ser piloto es una faceta más.

La formación como piloto es especialmente dura. ¿Cómo se vive esa exigencia?

—Es una formación muy exigente porque cada fase es eliminatoria. Tienes que alcanzar unos mínimos en cada etapa: aterrizajes, maniobras, control del avión… Si no llegas, te quedas fuera. A diferencia del ámbito civil, donde puedes repetir pagando, aquí el nivel es innegociable. Eso genera mucha presión, pero también te forma muchísimo en la gestión de la responsabilidad y del estrés. Aprendes a tomar decisiones en situaciones complejas y eso te marca para toda la vida.

¿Qué aviones suele pilotar?

—Comencé con el Enaer T-35C Pillán, más conocido como Tamiz, que era el avión de enseñanza inicial del curso básico de vuelo, aunque ya no sigue en servicio. Ese fue el primer año de formación, en un avión monomotor, donde se aprenden los fundamentos. Después, en cuarto curso, volé el C-101, un avión de construcción española que utilizaba la Patrulla Águila y que también ha sido dado de baja recientemente. Y ya en quinto curso, en la fase de especialización, pasé al C-235, que es muy similar al C-295 que piloto actualmente, básicamente una versión anterior, algo más pequeña, pero dentro de la misma familia de aviones de transporte.

¿Cómo se ve la vida desde ahí arriba?

—Enlazándolo con lo que habías dicho de la humildad, creo que se ve con mucha humildad. Porque desde ahí arriba lo ves todo tan pequeño… Desde el cielo puedes ver, por ejemplo, desde Granada hasta Murcia, y te das cuenta de la dimensión real de las cosas. Es verdad que las vistas son impresionantes, que hay momentos muy bonitos volando, pero al mismo tiempo te hace reflexionar. La humanidad, desde esa perspectiva, se ve como algo muy pequeño dentro del mundo, casi insignificante en el conjunto general. Y eso te lleva a una conclusión bastante clara: la vida tienes que vivirla en función de lo que a ti te haga feliz, porque al final no eres nadie en comparación con la inmensidad de lo que te rodea.

¿Esa experiencia le ha hecho madurar antes que a otros jóvenes de su edad?

—Creo que sí. No solo por la responsabilidad, sino por las vivencias. Hay momentos muy duros, como ese primer mes sin apenas comodidades, donde valoras cosas tan simples como comer en casa con tu familia. Esas experiencias te enseñan humildad y te hacen ver la vida de otra manera. Y la humildad es clave, especialmente para un oficial que tiene que liderar y servir al mismo tiempo.

Ha participado en una misión internacional en Ucrania, en la que ha sido condecorado. ¿Cómo fue esa experiencia?

—Fue una experiencia muy intensa y muy enriquecedora. Estuvimos más de seis meses desplegados, en cooperación con Ucrania y con otros países. El simple hecho de ser seleccionado ya es un reconocimiento, porque son misiones muy específicas y con poco personal.

No estaba allí como piloto, sino desempeñando otras funciones, pero siempre con la conciencia de la responsabilidad que implica estar en un escenario de conflicto. Lo viví con un fuerte sentido de servicio, tratando a los ucranianos como trataría a españoles, desde la humanidad. No diría que fue una misión humanitaria en sí, pero sí la viví con humanidad.

¿Se siente miedo en una situación así?

—No lo definiría como miedo. Hay adrenalina, sin duda, sobre todo cuando sabes que hay amenazas reales como drones o ataques cercanos. Pero estamos entrenados para que esa adrenalina no interfiera en nuestras decisiones. Lo importante es mantener el control, seguir los protocolos y actuar con profesionalidad. Mientras tienes ese control, no te sientes vulnerable.

¿Cómo ve el futuro de los conflictos armados con la irrupción de la tecnología y la inteligencia artificial?

—La guerra está cambiando, eso es evidente. Cada vez hay más sistemas autónomos y tecnología avanzada, pero el factor humano sigue siendo clave. Detrás de cada decisión hay una persona, y esa persona debe ser consciente de las consecuencias. Por eso la formación ética y profesional del militar sigue siendo fundamental. Aunque no tengas al enemigo delante, tus decisiones siguen teniendo un impacto real. La responsabilidad no desaparece, al contrario, se vuelve incluso más compleja.

Le pregunto como ciudadano, ¿cree que debería volver el servicio militar obligatorio?

—Es un tema complejo. Tiene aspectos positivos claros, sobre todo en la formación en valores, disciplina y cohesión social. Pero también hay que considerar el coste y otras implicaciones. No me atrevería a dar una respuesta categórica. Sí puedo decir que esa formación en valores que aportaba la mili es real y valiosa.

Dicen los mayores que debería volver la mili para disciplinar a los jóvenes, a los que ven algo perdidos. ¿Opina lo mismo de su generación?

—Creo que es una generación diferente, ni mejor ni peor. Hay una tendencia a criticar mucho a los jóvenes actuales y no estoy de acuerdo. Somos parte del progreso. Es cierto que también somos más vulnerables en algunos aspectos, como la situación económica o el acceso a la vivienda. Pero también hay cosas positivas, como una mayor apertura emocional o la normalización de la salud mental. Eso nos hace más humanos.

¿Cuál es su techo profesional?

—No me lo he puesto. Mi objetivo es hacer lo que me haga feliz y ver hasta dónde me lleva eso. Podría aspirar a lo máximo dentro del Ejército del Aire, pero no es una obsesión. Si encuentro mi lugar antes, donde me sienta realizado, eso será suficiente.

¿Cómo nace tu vocación militar?

—No me lo he puesto. Mi objetivo es hacer lo que me haga feliz y ver hasta dónde me lleva eso. Podría aspirar a lo máximo dentro del Ejército del Aire, pero no es una obsesión. Si encuentro mi lugar antes, donde me sienta realizado, eso será suficiente.

¿Se ve toda la vida en el Ejército?

—A día de hoy, sí. Mi vocación es ser militar. Volar me gusta, pero no es lo que define mi carrera. De hecho, ya he tomado decisiones que priorizan mi faceta militar sobre la de piloto. No descarto que mi visión cambie con los años, pero ahora mismo lo tengo claro.

¿Quiénes son sus referente?

—A nivel personal, mis padres, sin duda. A nivel profesional, tuve un instructor argentino, Pedro Antonio Colla, que me marcó mucho. Representaba perfectamente lo que significa ser militar: disciplina, humanidad, exigencia y vocación. Es el tipo de profesional al que aspiras a parecerte.

Fotos: Javier Esturillo y cedidas

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