En una escuela de Ghana, el día empieza antes de que amanezca del todo. El patio aún está húmedo y, en el pequeño centro de salud contiguo, una enfermera revisa el refrigerador donde se guardan vacunas. No hay cortes de luz. Esta vez no.
La electricidad llega desde una instalación que no parece gran cosa a primera vista: módulos, depósitos, tuberías. Pero ahí dentro ocurre algo poco habitual en estas zonas rurales. Los restos de cosechas —cáscaras, podas, desechos agrícolas— se transforman en energía, agua potable y fertilizante.
La tecnología forma parte de REFFECT AFRICA, un proyecto coordinado por la Universidad de Jaén, a través de la Escuela Politécnica Superior de Linares, (EPSL) y financiado por la Comisión Europea con unos siete millones de euros. La iniciativa reúne a 32 socios de 16 países y se despliega en Marruecos, Ghana y Sudáfrica.

Universidades, centros de investigación, empresas tecnológicas, organizaciones no gubernamentales y administraciones públicas dan forma a una tupida red que cruza dos continentes con un objetivo compartido, el de transformar los residuos agrícolas locales en energía renovable, fertilizantes y sistemas de potabilización de agua en comunidades rurales donde estos recursos siguen siendo escasos o inestables.
En cifras globales, más de 600 millones de personas en África no tienen acceso a electricidad. En muchas zonas rurales, el agua potable tampoco está garantizada de forma continua. En ese contexto se sitúan las plantas piloto ya en funcionamiento, que utilizan gasificación de biomasa y energía solar fotovoltaica para alimentar todo el sistema.
Origen
La iniciativa, que se desarrolla desde 2022 y hasta 2027, no surgió de la nada. Tiene su origen en la experiencia previa del proyecto OLIVEN, centrado en el aprovechamiento de subproductos del olivar andaluz. Aquella investigación demostró que restos agrícolas aparentemente inútiles podían convertirse en electricidad, calor y biocarbón útil para mejorar suelos.
Desde ahí, el salto a África fue casi lógico: si la tecnología funciona con residuos del olivar, puede adaptarse a otros entornos agrícolas donde la biomasa también abunda.
El investigador David Vera Candeas, responsable del proyecto, lo resume en una idea sencilla: no se trata de llevar combustibles a lugares remotos, sino de aprovechar lo que ya existe en ellos.

Está acompañado por un grupo de investigación de la EPSL formado por el doctor Francisco Jurado Melguizo, junto con Manuel Valverde Ibáñez, Manuel Gómez González, Manuel Ortega Armenteros y Marcos Tostado Véliz, además del alumno jiennense Francisco Javier Rodríguez, quien desempeña sus funciones en la actualidad gracias a una beca de colaboración activa. Para él, la experiencia ha sido sencillamente maravillosa y enriquecedora.
En declaraciones a este periódico, Francisco Javier Rodríguez destaca: «Gracias a este proyecto, he podido aprender y concienciarme sobre la aplicación de las energías renovables para mejorar la vida de muchas personas, que se encuentran en situaciones difíciles y no podrían tener acceso a determinados recursos básicos de no ser por proyectos como REFFECT AFRICA», señala.
El equipo que ha ido creciendo al ritmo del propio proyecto y que ha convertido la investigación en una experiencia compartida entre docencia, laboratorio y terreno. Diez trabajos fin de grado y tres tesis doctorales ya han pasado por el marco de esta imponente iniciativa.
Impacto local
En Ghana, una de las instalaciones abastece a una escuela y a un centro médico. Allí la energía no solo enciende luces: permite conservar medicamentos, mantener equipos básicos en funcionamiento y asegurar condiciones mínimas de estudio.
Pero el impacto no se mide solo en kilovatios. En torno a estas plantas aparece también otro efecto menos visible: formación técnica, empleo local y nuevas oportunidades en comunidades donde la agricultura es prácticamente la única actividad económica.
Los residuos dejan de ser un problema para convertirse en recurso. Y en ese cambio se abre una lógica distinta: la de la economía circular aplicada a la vida cotidiana.
Cuando cae la tarde en estas zonas rurales, el sistema sigue en marcha. Lo que antes se quemaba o se abandonaba ahora alimenta una red pequeña pero constante de energía, agua y fertilidad.




No es una solución definitiva a todos los males de estos pueblos, pero sí una pieza que cambia el orden habitual de las cosas: aquello que sobraba empieza a sostener lo que faltaba. La tecnología, por tanto, no violenta ni desplaza las dinámicas del territorio, sino que lo dota de nuevas herramientas para su propia reorganización interna.
Contemplado desde Linares, este proyecto internacional se percibe como un auténtico laboratorio avanzado a escala planetaria. Esta consideración no deriva únicamente de su volumen financiero o del respaldo de las autoridades europeas, sino de la densa trama de solidaridad y transferencia de conocimiento que ha logrado tejer de forma efectiva entre los continentes europeo y africano.
Fotos cedidas por David Vera, de la Escuela Politécnica Superior de Linares