El presente artículo, como comprenderán y aprobarán los lectores, sólo puede comenzar de un modo: lamentando la pérdida de vidas en los accidentes de Andalucía y Cataluña. Mis condolencias a los familiares y desear desde aquí una pronta recuperación a los heridos.
Dicho esto, sí me gustaría trasladar al lector un par de reflexiones. Para ello fijemos primero nuestra atención en la cadena de sucesos: accidente en Adamuz, el primero que afecta a la alta velocidad; una investigación preliminar que señala la rotura de un riel como posible causa; al mismo tiempo vemos una recapitulación de quejas de usuarios en cuanto a vibraciones de los vagones, además de las incidencias y averías de los últimos meses y años; descenso de la velocidad en el tramo Madrid-Barcelona, rectificación de la decisión tomada por parte de Adif y rectificación de la rectificación; huelga convocada por los maquinistas, tras un tiempo alertando de las consabidas inestabilidades, causadas, al parecer, por un mantenimiento insuficiente de la red viaria; y horas después del titubeo en la limitación de velocidad, nuevo accidente, esta vez en Gelida, Barcelona.
Como vemos, aun sin una semejanza en las causas de ambas tragedias, la impresión general, se quiera o no, es de agravamiento, dejadez y desconfianza —es lo que transmite incluso Adif, la entidad pública ferroviaria, que acuciada por lo que se ha ido sabiendo ha decidido la reducción de velocidad en varios tramos; ¡no digamos ya el miedo entre los usuarios!—.
Pues bien, la situación que acabamos de describir, aun siendo un punto negro, no lo sería tanto si el país funcionase de forma aceptable como totalidad. Lejos de ser así, la percepción que llega hasta el ciudadano se asemeja a una serie de estratos conectados entre sí por un mismo hueco o fractura. Lo que hemos visto a través del roto no es una herida ni una enfermedad, sino el síntoma de una dolencia más amplia y general, y aquellos planos o estratos perforados no son otra cosa que la concreción política, social, económica e histórica que hemos dado en llamar el «Régimen del 78», cada vez más eso que otra cosa, un régimen.
Pero no todo va a ser malo. Lo que toca ahora, de hecho, es destacar la reacción de nuestros vecinos cordobeses de Adamuz frente a la catástrofe. Impecable, si es que es necesaria alguna calificación. Y esto es algo constante entre los españoles, lo cual pone de manifiesto no sólo valores propios como la generosidad y la solidaridad; se suman, también, al ingenio y la capacidad de improvisación. Una buena señal, sin duda, y algo de pulso en una sociedad generalmente apática y ensimismada.
Ojalá este pulso, este tono, tuviera su reflejo en la persistencia y la memoria. Será necesaria para exigir responsabilidades y para sostener a los supervivientes y familiares de las víctimas. Y es que a pesar de haber causado un gran impacto social, a día de hoy hay afectados por la DANA que aún no han recibido todas las ayudas que se prometieron. Igualmente, algunos afectados por el volcán de La Palma siguen viviendo en contenedores. Todo mientras el Gobierno destina créditos a través del FIEM (Fondo para la Internacionalización de la Empresa) para la modernización del sistema ferroviario de Marruecos. Seguramente esos 750 millones de euros hubieran sido más precisos en otra parte. Por decir algo.