La noche del jueves llegó fresca, casi de camisa de manga larga y rebeca. Algo raro para finales de agosto, pero de agradecer. Las calles del centro empezaron a llenarse cuando todavía quedaba luz. Primero despacio. Después, a buen ritmo. Familias enteras, abuelos con sus nietos de la mano, niños agarrados a sus padres, cochecitos sorteando gente y grupos de amigos que se reencontraban después de meses. Linares empezaba a cambiar de ritmo.
A las 20:45, la Plaza del Ayuntamiento fue el punto de partida oficial de la Feria. Allí, Álvaro Patón Cuevas, docente y creador de contenido, se encargó de pronunciar el pregón. Un pregón que miró a la infancia, a los recuerdos y también al futuro, antes de que la fiesta saliera definitivamente a la calle.
Después llegó la Gran Cabalgata. Gigantes y cabezudos, pasacalles, charangas y colectivos de animación fueron abriendo camino por el centro de Linares. Los niños se acercaban para verlos pasar. Los mayores buscaban un buen sitio. Los móviles empezaron a levantarse. Y la ciudad, poco a poco, se dejó llevar.
Eran las diez de la noche pasadas y apenas quedaba espacio libre en la Plaza de la Constitución y en los Jardines de Santa Margarita. La gente se apretaba alrededor de la plaza, mirando hacia el cielo y hacia el arco de luces del Paseo de Linarejos. Muchos tenían el teléfono preparado. Otros, simplemente, esperaban.



Y entonces se encendió la Feria. El alumbrado extraordinario iluminó de golpe la noche y los fuegos artificiales pusieron el broche al momento más esperado. Hubo gritos, aplausos y ese «oooh» colectivo que aparece casi sin pensarlo cuando el cielo se llena de luz. Durante unos minutos, las miradas estuvieron arriba y todo lo demás quedó en segundo plano.
La portada del Paseo de Linarejos, con sus tonos dorados y azules, volvió a convertirse en uno de los grandes escenarios de estas noches de agosto. Fotos, vídeos, familias posando y grupos de amigos buscando el mejor encuadre. La Feria ya estaba encendida.
Pero lo importante no estaba solo en las luces. Estaba en las caras. En los niños que miraban todo como si fuera la primera vez. En los abuelos que acompañaban a sus nietos. En quienes se encontraban después de mucho tiempo y se quedaban charlando en mitad de la calle. En los grupos de amigos que ya tenían decidido dónde empezar la noche. En esa mezcla de generaciones que hace que la Feria sea, durante unos días, una de las pocas cosas capaces de reunir a toda la ciudad alrededor de una misma celebración.
Porque la Feria también sirve para eso. Para aparcar durante un rato las preocupaciones. Para dejar a un lado las discusiones, los problemas y las prisas. Para cambiar las rutinas por música, luces, paseos, casetas, atracciones y conversaciones que se alargan más de lo previsto. Para reencontrarse. Para salir de casa sin mirar demasiado el reloj.
Linares tiene sus problemas, como cualquier ciudad. Pero anoche no estaban en la Plaza de la Constitución. Allí mandaban la música, las luces, los abrazos, las risas y las ganas de pasarlo bien. La Real Feria y Fiestas de San Agustín, que alcanza este año su sexagésima edición, ha echado a andar. Lo hizo con una noche agradable, con las calles llenas y con una ciudad dispuesta a entregarse a unos días distintos. Todavía queda mucha Feria por delante. Y anoche, por unas horas, Linares simplemente salió a disfrutar.