José Manuel Montesinos Romero (Los Alcázares, Murcia, 1993) es un tipo tranquilo. No alza la voz, habla de manera pausada y escucha a su interlocutor sin interrumpir. «Está bien criado», diría un lugareño de manos curtidas. En el mundo del fútbol lo conocen como Monty.
Llegó este verano a la disciplina del Linares procedente del Torrent. Su trayectoria le ha llevado por numerosos destinos. Pasó por las canteras del Real Madrid y del Real Murcia, ha visto las camisetas de una docena de equipos, ha competido en Tercera División y en Segunda B y ha vivido un año en Gibraltar y otro en Estados Unidos, adonde viajó becado por su rendimiento deportivo. «Me dieron una beca y la aproveché», resume.
Pese a tanto viaje, su vida tiene raíces en esta tierra. Su pareja, Lorena, es de Jaén y ambos residen en Linares, una ciudad en la que se encuentran a gusto. Cuando surgió la oportunidad de fichar por el club, que siempre le había llamado la atención, no se lo pensó demasiado. Llevaban años lejos de la familia de ella y la posibilidad de estar más cerca también pesó en la decisión. «Es una ciudad muy tranquila. Tienes de todo sin prisas», reconoce. «Somos de estar en casa y de tomar algo por el bar. Y tenemos Jaén cerca», añade.
Monty es central. Comenzó la temporada como titular, aunque en las últimas jornadas ha tenido que esperar su oportunidad desde el banquillo. Lo lleva con naturalidad. La experiencia le ha enseñado a tomarse las cosas con mesura y conoce bien los códigos de un vestuario. «Mi objetivo es trabajar duro en cada entrenamiento y estar preparado para salir al campo, sea de titular o de reserva», señala.

Una segunda carrera ya en marcha
El fútbol ocupa buena parte de la vida de Monty, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Además de futbolista, es nutricionista deportivo. Tiene su propia empresa, Monty Nutrición, desde la que ofrece asesoramiento y divulga contenidos para ayudar a los jugadores a mejorar su rendimiento. Trabaja con futbolistas de distintas categorías, desde las bases —a partir de los 14 años— hasta profesionales. Por ahora, su actividad se centra exclusivamente en este colectivo, entre cuyos clientes figuran compañeros y antiguos compañeros de vestuario.
También comparte inquietudes profesionales con Lorena, psicóloga y neuropsicóloga. Ambos trabajan de manera complementaria cuando sus clientes necesitan combinar el asesoramiento nutricional con el psicológico: él se ocupa de la primera parte y ella de la segunda.
La decisión de abrirse camino en este ámbito no fue improvisada. A sus 33 años, es consciente de que la carrera deportiva tiene fecha de caducidad. Esta profesión le ha permitido encontrar una vía para seguir vinculado a un mundo que, en sus propias palabras, «ha sido mi vida y lo va a ser siempre». Por eso continúa formándose, no solo en su especialidad, sino también en gestión empresarial y ventas. «Es un bloque que tienes que tener muy compactado», explica.
Más sentido común
Observador, serio, de carácter reservado y poco amigo de las estridencias, Monty tiene muy presente la importancia de una buena dieta en la carrera de un futbolista. Habla con criterio y defiende que todavía hay jugadores que no son plenamente conscientes de lo que comen y de cómo influye en su rendimiento.
Su propia mesa responde a una pauta sencilla. Después de entrenar suele comer boniota para reponer energía, acompañado de alguna fuente de proteína —carne, pollo o pescado—, algo de grasa y verduras. Los hidratos de carbono, presentes en alimentos como la pasta, el arroz o el pan, son la «gasolina» del futbolista y, por eso, insiste en que no hay que demonizarlos. Los martes, día de descanso y todavía lejos del siguiente partido, también hay sitio para un potaje.
Lo que más le interesa, sin embargo, es desmontar la idea de que cuidarse significa vivir pendiente de cada alimento. «Yo he sido de los que lo hacían todo perfecto y un día me reventaba», cuenta. «Si te apetece un KitKat, te lo comes, y no pasa nada, porque el resto de la semana lo has hecho bien». Para él, la clave está en la constancia. «Mucha gente empieza muy motivada y poco a poco se descuida», lamenta.

Sus recomendaciones tienen bastante de sentido común. Para reducir el consumo de ultraprocesados, aconseja algo tan sencillo como no tenerlos en casa: «Si no los tienes en casa, no vas a ir a la tienda a por ellos». En su nevera hay verduras, pollo, algún yogur, fruta y chocolate negro al 85%.
Nunca ha bebido alcohol, aunque considera que una copa de vino ocasional no tiene por qué ser un problema si no se convierte en una costumbre diaria. También matiza el papel de los batidos de proteínas, tan habituales en los gimnasios: solo los recomienda cuando el deportista no consigue cubrir con la comida las cantidades que necesita.
Otra de sus reivindicaciones tiene que ver con la formación desde edades tempranas. Defiende que los clubes incorporen nociones básicas de nutrición en sus canteras y que los padres también conozcan esos principios. «Cuanto antes adquieras hábitos saludables, más normales los vas a tener en tu vida», dice. Eso sí, sin imponer exigencias desmedidas a los más pequeños: «Necesitan un proceso».
Una forma de entender el deporte
Su discurso también refleja su manera de entender el deporte. Cree en los valores que transmite y en el respeto como una parte esencial de la convivencia dentro de un equipo, incluso en un entorno tan competitivo como el fútbol. Los años le han enseñado que los enfados y las malas caras no conducen a nada. «Al revés, te hacen entrenar peor», afirma.
También percibe una evolución en la preparación física de los futbolistas. Hoy, sostiene, hay jugadores de 35, 36 y 37 años que mantienen un estado físico comparable al de otros de 21 o 22. Una longevidad deportiva que, en su opinión, tiene mucho que ver con los cuidados y los hábitos que acompañan al jugador durante su carrera.
Cuando habla de cuidarse, Monty tampoco lo relaciona con la imagen. «Mucha gente quiere perder peso para que la vean bien, no por salud», lamenta. Su planteamiento es otro: llevar una vida equilibrada no significa renunciar a disfrutar de una cena con amigos, una boda o un cumpleaños. «No pasa absolutamente nada», asegura. Al final, no se trata de hacerlo todo perfecto, sino de encontrar un equilibrio que se pueda mantener. Una filosofía que aplica a la mesa y que también parece acompañarle en su manera de entender el fútbol.
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