Eugenio Rodríguez

Retórica de supervivencia

En 1960, se publicó una novela divulgativa, satírica y alegórica del periodista y escritor inglés Roy Lewis, titulada ‘The Evolution Man, or How I Ate My Father [El hombre de la evolución, o cómo me comí a mi padre]’, que narra un momento clave de la evolución humana.

El autor convierte a un grupo humano esencial, o sea, a una familia prehistórica, en protagonista de algunos de los avances más relevantes para la supervivencia de nuestra especie. Lewis hace que sus personajes discutan, reflexionen y analicen su realidad como si fueran becarios de los Leaky, la célebre familia de antropólogos. Pero también logra que se diluya la importancia de aquellos avances, asociándolos a esfuerzos concretos de unos personajes con estereotipos muy reconocibles.

Lewis interpreta así la evolución desde el humor, para provocar una reflexión en torno a la realidad y sus eternos fundamentos. Porque lo único que importa siempre es la victoria, es decir, sobrevivir. Y cada uno entiende la supervivencia a su manera, con arreglo a sus intereses y necesidades, principios y valores, capacidades y experiencia. Esto no solo se observa en clave evolutiva; en política, también.

El problema surge, como tantas veces hemos visto ya, cuando son egoístas los intereses y apremiantes o ficticias las necesidades, cuando son intercambiables los principios y equivocados o corrompidos los valores, cuando son limitadas las capacidades y escasa o nula la experiencia. Es decir, cuando la supervivencia es para uno la suya propia y pretende alcanzarla a toda costa, poniendo en riesgo la continuidad de su propia comunidad y la vida de sus miembros más vulnerables.

Tenemos ya a la vuelta de la esquina las elecciones al Parlamento de Andalucía. Pero ni Moreno Bonilla (PP) ni María Jesús Montero (PSOE) están interesados en cambiar una sola coma de las políticas concretas que tanto afectan a los andaluces, como no lo están Pedro Sánchez ni Núñez Feijóo sobre las que atañen al conjunto de los españoles, porque están de acuerdo en lo esencial.

Por eso tanto interés en destruir la alternativa por todos los medios y dificultar, en la medida de lo posible, que los barones regionales del pepé puedan llegar a acuerdos de gobierno con VOX en Extremadura, Aragón o Castilla y León, no vaya a ser que empiecen a cambiar las políticas y los españoles lo vean.

Ni el PP ni el PSOE están aquí para debatir con nadie sobre qué políticas son buenas o malas para los españoles, porque hace ya mucho tiempo que solo están para asegurar su propia supervivencia. Es decir, para sostener el secuestro indefinido de la democracia por el bipartidismo político y sus consensos, mediante el fingimiento de la discrepancia y la imperdonable traición a sus administrados.

Prefieren invisibilizar a la alternativa, tergiversar sus mensajes, demonizar a sus líderes, señalar a sus afiliados y simpatizantes, insultar a sus votantes y destruir, en definitiva, a las personas, para no tener que refutar sus argumentos, que son muchos.

Moreno Bonilla ha planteado esta convocatoria electoral como una encrucijada entre la presunta «estabilidad» que vendría de reeditar su mayoría absoluta, frente a la «inestabilidad» que supondría tener que sentarse a negociar con VOX (o con el PSOE).

Pero, ¿a qué estabilidad se refiere?

¿La estabilidad de un modelo heredado y no revertido de gasto político, administración paralela de entes públicos donde colocar a los afines, corrupción, subvenciones y redes clientelares?

¿La estabilidad de un modelo sanitario, ahora temerariamente universal, pero ya sobrecargado, con falta de personal y trabajo precario, que paga a los contribuyentes con la saturación de las urgencias sanitarias y listas de espera inaceptables?

¿La estabilidad de un sistema de atención a la dependencia que ha visto morir a miles de personas esperando una valoración, el reconocimiento del grado de dependencia o la concesión de una prestación?

¿La estabilidad de los más vulnerables y humildes, que tienen miedo y sufren de extrañamiento en sus propios barrios, degradados por la inseguridad y la violencia asociadas a los procesos de inmigración ilegal, masiva y descontrolada?

¿La estabilidad que da el desplazamiento de los españoles de todas las regiones al último lugar en el acceso a las viviendas sociales y a las ayudas económicas y su violenta expulsión de las clases medias, para priorizar a todos los que puedan ayudar en la sustitución demográfica y la construcción de un censo a medida?

¿La estabilidad de un sector primario que soporta la transformación criminal de los terrenos productivos en desiertos fotovoltaicos y requisitos de todo tipo que no se les exigen a los países del Mercosur o a Marruecos?

¿La estabilidad en el mantenimiento deficiente y la dotación insuficiente de las infraestructuras duras, blandas y críticas más elementales?

¿La estabilidad de la despoblación, por las dificultades para emanciparse, adquirir una vivienda, formar una familia, tener hijos y desarrollar un proyecto de vida pleno cerca de los tuyos?

¿La estabilidad de la rendición cultural, para no ofender al que entra y permanece ilegalmente en España y mantener la ficción de que aquí no pasa nada?

Pues no. No hay estabilidad ni la habrá con Moreno Bonilla, como no la hay ni la habrá con Pedro Sánchez. Cuando el bipartidismo habla de estabilidad y plantea una disyuntiva en términos de «o nosotros o el caos» es solo retórica de supervivencia.