Hay un instante, apenas unos minutos antes de las ocho de la mañana, en el que Pamplona contiene la respiración. La calle Santo Domingo deja de ser una calle cualquiera y se transforma en un escenario donde el tiempo parece detenerse. No se escucha el bullicio habitual de las fiestas. Solo quedan el murmullo de los corredores, alguna mirada de complicidad y ese silencio que precede a todo aquello que nadie puede controlar.
Entre los mozos vuelve a estar Juan Carlos Torres. Tiene 28 años y este verano ha corrido su cuarto encierro en los Sanfermines. Cuatro veces ha regresado al mismo punto de partida sabiendo que, cuando suene el cohete, no habrá espacio para la improvisación ni para los arrepentimientos.
Y hay un detalle que nunca cambia: lo hace vistiendo la camiseta del Linares, el equipo de su vida, el mismo que lleva tatuado en el corazón. Es una forma de llevar a su club y a su ciudad consigo en cada carrera, incluso cuando el miedo ocupa todo el espacio
Nervios y amistad
Quien nunca ha estado allí podría pensar que el miedo termina domesticándose. Que la experiencia acaba imponiéndose a los nervios. Él lo desmiente con una frase tan sencilla como reveladora: «Los nervios siguen siendo los mismos pasen los años que pasen y sea la ganadería que sea».
Lo dice sin dramatismo, con la serenidad de quien conoce perfectamente el lugar que ocupa. Porque correr un encierro no consiste únicamente en echar a correr delante de un toro. También implica aceptar que cualquier error puede cambiarlo todo. «Tienes que tener muy claro dónde te estás poniendo», resume.


En sus cuatro participaciones ha corrido los encierros de José Escolar, La Palmosilla, Jandilla y Miura. Cuatro ganaderías con personalidades muy distintas que le han enseñado que ningún encierro se parece al anterior. Cada una exige una lectura diferente del recorrido y deja un recuerdo propio, aunque todas comparten el mismo respeto con el que afronta cada mañana de San Fermín.
Cuando se le pregunta por qué vuelve, no habla de valentía ni de esa búsqueda de adrenalina que muchos atribuyen a los corredores. Su respuesta toma otro camino. Habla de las personas. De la forma en que Pamplona acoge a quienes llegan desde fuera. De las amistades que ha ido forjando con vecinos de la ciudad y con corredores llegados de distintos rincones de España. De esos encuentros que solo existen durante unos días de julio, pero que terminan formando parte del calendario emocional de todo un año.
Respeto
Elegir un único recuerdo le resulta imposible. «Son tantos momentos que no te podría decir solamente uno», admite. Quizá porque cada edición acaba escribiendo un capítulo nuevo. A veces es una carrera brillante. Otras, una salvada que deja el corazón acelerado durante horas. En el encierro, la memoria suele quedarse con aquello que estuvo a punto de salir mal.
Lo que el público apenas ve comienza muchos meses antes. La preparación, explica, es sobre todo mental. «Unos meses antes de saber que voy a correr me lo tomo con calma, con la certeza de dar lo mejor de mí y de mis posibilidades para hacer la mejor carrera».
No describe entrenamientos imposibles ni rutinas espectaculares. Habla de llegar con la cabeza en su sitio. De respetar el recorrido antes incluso de pisarlo.
Ese respeto también nace de la experiencia. En 2023 cayó al suelo durante el encierro de Jandilla y sintió cómo la manada pasaba sobre él. No necesita recrearse en el episodio para transmitir lo que supuso. Basta la naturalidad con la que lo recuerda para comprender que el miedo nunca desaparece del todo.


Herido en el encierro de Miura
Este mismo año volvió a llevarse un recuerdo del recorrido. Durante el encierro de Miura recibió un golpe fortuito de otro corredor que le provocó una herida en el labio superior. Nada grave. Solo una cicatriz más de esas que el tiempo termina convirtiendo en anécdotas. Mientras termina de recuperarse, ya piensa en volver. «Bien, esperando un nuevo año y con ello un nuevo comienzo de las fiestas».
Si alguien le preguntara hoy qué necesita saber antes de correr un encierro, no hablaría de heroicidades. Insistiría en prepararse física y psicológicamente, conocer bien el tramo elegido y mantener siempre el respeto por el toro, por la fiesta y por la ciudad. Y terminaría con una recomendación que pronuncia despacio, casi como si quisiera asegurarse de que nadie la olvida: «Si alguna vez caes al suelo, jamás levantarte hasta que haya pasado todo».
La tensa espera de Sandra
Pero la historia de Juan Carlos no acaba cuando termina el recorrido. Continúa unos metros más adelante, dentro de la plaza de toros. Allí está Sandra. Ella vive los Sanfermines de otra manera. Mientras él corre, ella espera. No sabe si ha habido una caída, un golpe o un susto. Tampoco puede preguntar. Durante esos minutos solo le queda mirar hacia la puerta por la que empiezan a entrar los corredores. Hasta que aparece. Con la camiseta del Linares empapada por el sudor, después de haber dejado atrás el peligro y de completar un nuevo encierro. Entonces respira.
Ese instante dura apenas unos segundos y se repite cada mes de julio. No hay abrazos grandilocuentes ni celebraciones exageradas. Solo la tranquilidad de comprobar que todo ha salido bien una vez más. Quizá esa escena, silenciosa y casi invisible entre el bullicio de la plaza, explique mejor que cualquier carrera qué significan realmente los Sanfermines para quienes los viven desde dentro. Porque delante de los toros corre una persona.
Pero detrás de cada corredor siempre hay alguien esperando que vuelva. Y, en el caso de Juan Carlos Torres, también viaja con él un pedazo de Linares, representado en esa camiseta que nunca falta y que convierte cada encierro en una forma de llevar el nombre de su ciudad hasta las calles de Pamplona.
Fotos: Cedidas