Se la conoce como el ‘Relieve de los mineros’. Muestra algo que apenas se conserva en ningún otro rincón del antiguo Imperio: una cuadrilla de mineros caminando hacia el trabajo, en formación, con el capataz al frente, portando una lucerna para alumbrar las galerías. Detrás van los demás, cargados con picos, ganchos y capachos para transportar el mineral. Una escena cotidiana, si se quiere, pero de las que casi nunca llegaron a esculpirse en piedra. Por eso los especialistas la consideran una de las poquísimas representaciones gráficas directas que quedan del trabajo obrero en las minas romanas.
La pieza salió a la luz a finales del siglo XIX, cerca de la mina de Palazuelos, en las proximidades de la antigua Cástulo, en pleno corazón de Sierra Morena oriental, donde los romanos explotaron durante siglos los yacimientos de plomo argentífero. La documentaron dos nombres que cualquiera que se haya asomado a la arqueología de la Bética reconocerá: Rodríguez de Berlanga y el británico Horace Sandars.
Lo que pasó después es la parte que más rabia da. El relieve salió de España y acabó en Alemania. Marcelo Castro, director del Museo Arqueológico de Cástulo, explica que fueron los propios alemanes que explotaban entonces las minas de Linares quienes se llevaron piezas como esta, y que no es la única. Según Castro, hay restos y piezas de Cástulo repartidos por colecciones privadas de todo el mundo, una dispersión difícil de rastrear y de cuantificar.




Hoy el relieve se custodia en el Deutsches Bergbau-Museum, fundado en 1930 y considerado uno de los museos de minería más grandes del planeta. Tiene su lógica que acabara allí: es una institución que colecciona y estudia precisamente el patrimonio material de la minería, así que una pieza que retrata a mineros romanos encaja en su misión mejor que en la de cualquier museo de arte generalista. Pero Bochum no es el único lugar fuera de Linares donde queda memoria de Cástulo.
En el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid, se guarda la estela del llamado «niño minero», otra pieza que ha viajado lejos de su tierra de origen. Y no está sola. Un estudio publicado en 1983 por el investigador Luis Baena del Alcázar documentó una colección de relieves romanos de Cástulo, en piedra caliza y arenisca, que llevaba más de un siglo casi olvidada en los fondos del museo, apartada de las salas por su tamaño y por la falta de espacio.
Es, en el fondo, la misma historia que cuenta Marcelo Castro sobre las colecciones privadas: la de un yacimiento cuya memoria material se fue esparciendo, pieza a pieza, por medio mundo, y que hoy resulta difícil reunir en un solo inventario.
Fotos: Deutsches Bergbau-Museum