En un momento en el que la salud mental ha dejado de ser un susurro para convertirse en una conversación urgente, la voz de Juana María Acuña Cueva emerge con una claridad poco común: directa, emocional y profundamente humana. Profesora en el IES El Valle de Jaén, con casi tres décadas de experiencia docente, Acuña no escribe desde la teoría distante, sino desde la observación diaria del aula y desde una convicción personal: entender y gestionar las emociones no es un lujo, sino una necesidad vital.
Nacida en Linares en 1973, y formada con un máster en el funcionamiento de las emociones por el Instituto Pensamiento Positivo de Madrid, ha encontrado en la escritura una extensión natural de su vocación pedagógica. «Gestionar emociones y ayudar a otros es el camino más fácil hacia el éxito», sostiene. Una idea que ha vertebrado su trayectoria literaria, iniciada con una trilogía centrada en el desarrollo personal —‘Profe, enséñame a quererme, Vales oro’; ‘Deja tu huella: deja tu legado’ y ‘Me quiero. Me inspiro. Me admiro’— y que ahora alcanza una dimensión más profunda y delicada con su cuarto libro: ‘Elijo vivir. Ayúdame’.
La obra, cuya portada muestra a una joven abrazando un corazón luminoso conectado a un cerebro —una metáfora visual de la batalla entre emoción y pensamiento—, aborda uno de los temas más complejos de nuestro tiempo: el suicidio juvenil. Lo hace a través de la historia de una adolescente de 16 años que intenta quitarse la vida, pero también, y sobre todo, a través de los vínculos que pueden salvarla.
«En este libro muestro la importancia de las conexiones intergeneracionales, especialmente entre nietos y abuelos», explica la autora a este periódico. La figura de la abuela adquiere un protagonismo esencial, no como solución mágica, sino como espejo emocional. «Gracias a ella, la niña redescubre que es valiosa, que tiene cualidades. Y así, paso a paso, muy poco a poco, vuelve a tener ganas de vivir».
Acuña no edulcora el problema. Lo nombra con precisión: «El suicidio es mental. No es un brazo que se rompe. Es algo que no se ve». En esa invisibilidad reside parte de su peligrosidad. No hay tiempos claros de recuperación, ni soluciones inmediatas. Sin embargo, su libro no se queda en el diagnóstico; propone herramientas concretas para quienes rodean a quienes sufren: cómo iniciar conversaciones difíciles, cómo sostener el silencio del otro, cómo estar presente sin invadir.
Entre esas herramientas, destaca un recurso todavía desconocido para muchos: el teléfono 024, la línea de atención a la conducta suicida en España. «Cuando estás en una ola muy alta, cuando lo que quieres es dejar de sufrir —no dejar de vivir—, hay expertos al otro lado que pueden ayudarte a bajar ese estado mental», subraya. La precisión de sus palabras no es casual; revela una comprensión profunda de los matices del sufrimiento.
Proceso emocional
La escritura de ‘Elijo vivir. Ayúdame’ ha sido, en sí misma, un proceso emocional intenso. “He llorado mucho escribiéndolo”, confiesa. Parte de esa emoción está ligada a un homenaje íntimo: sus padres, que cumplen 80 años, y cuya presencia inspira algunas de las escenas más conmovedoras del libro, incluida una conversación nocturna entre abuela y nieta que actúa como punto de inflexión narrativo y emocional.
Más allá del libro, Acuña también reflexiona sobre el contexto en el que crecen los jóvenes actuales. Su diagnóstico es claro: “Están desenfocados. Hay mucho ruido fuera. No saben lo que quieren hacer”. En un entorno saturado de estímulos y carente, en ocasiones, de referentes sólidos, los valores “se tambalean”. Frente a ello, propone una receta que parece sencilla pero encierra una profunda transformación: ayudar. “Mirar cuáles son las necesidades de la sociedad y dónde puedes aportar”.
En esa idea —ayudar como brújula— se condensa toda su propuesta. No se trata solo de evitar el sufrimiento, sino de construir sentido. Y en ese camino, la educación emocional deja de ser un complemento para convertirse en un pilar.
Con ‘Elijo vivir. Ayúdame’, Juana María Acuña Cueva no solo amplía su obra; también ensancha el espacio de conversación sobre uno de los temas más urgentes y silenciados. Lo hace desde la empatía, desde la experiencia y, sobre todo, desde una convicción firme: incluso en los momentos más oscuros, una conexión humana puede ser suficiente para volver a elegir la vida.
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