Redacción

Editorial | Modelo Eibar

El llamado ‘Modelo Eibar’ ha terminado por convertirse en algo más que una referencia deportiva. En el fútbol español representa la prueba de que todavía es posible competir sin hipotecar el futuro, crecer sin delirios de grandeza y sostener un proyecto profesional desde la coherencia económica y la identidad colectiva. Mientras otros clubes confundían ambición con endeudamiento y espectáculo con ruina, la SD Eibar construyó una cultura de estabilidad basada en la prudencia financiera, la inteligencia deportiva y el respeto a su propia dimensión.

La clave nunca estuvo únicamente en los resultados. El mérito del Eibar consiste en entender que la supervivencia de una institución deportiva depende antes de la salud de sus cuentas que de la euforia pasajera de una temporada. “Endeudamiento cero” no era un eslogan publicitario, sino una forma de gobernar. El club armero asumió que crecer despacio siempre resulta preferible a caer deprisa. Y desde esa lógica consiguió consolidarse en el fútbol profesional sin traicionar su identidad ni convertir cada verano en una huida hacia adelante.

Precisamente por eso resulta tan obsceno el uso que Jesús Medina hizo de aquel paradigma para justificar la conversión del Linares en Sociedad Anónima Deportiva. Medina presentó el ‘Modelo Eibar’ como una especie de salvoconducto moral para convencer a los socios de que no existía otra salida posible a la situación económica del club.

Lo hizo, además, ocultando que buena parte de los problemas financieros que pretendía resolver llevaban su propia firma. Más que una propuesta de regeneración, aquello fue un sofisticado ejercicio de propaganda destinado a reinterpretar la realidad y cubrir las vergüenzas de una gestión profundamente deficiente.

El tiempo ha desmontado el relato. Años después de aquella promesa de modernización y estabilidad, el Linares no solo no ha replicado el modelo vasco, sino que ha transitado exactamente por el camino contrario. La deuda se ha multiplicado, las pérdidas se han normalizado y la sensación de provisionalidad permanente se ha instalado en el entorno azulillo. Cada decisión parecía legitimarse automáticamente bajo la coartada del contexto, como si el deterioro económico fuera una consecuencia inevitable y no el resultado directo de una cadena de malas decisiones en los despachos.

La paradoja es devastadora: se invocó la sostenibilidad para justificar un modelo que ha terminado comprometiendo la propia viabilidad de la institución. Hoy, el club se encuentra atrapado en un proceso judicial que amenaza tanto su estabilidad económica como deportiva y que ha desembocado en un estallido social entre la afición. El desencanto no nace únicamente de los resultados, sino de algo mucho más profundo: la sensación de haber sido engañados.

Jesús Medina accedió al poder con una determinación casi cesarista, envuelto en una narrativa de salvación que apelaba constantemente al sentimentalismo local y al supuesto compromiso de “empresarios de la tierra”. Pero también ahí la realidad ha terminado imponiéndose al discurso. Porque si algo caracterizó su mandato fue precisamente el intento sistemático de concentrar el poder en un círculo reducido de sociedades afines procedentes de Córdoba y Madrid, alejadas por completo de la vida cotidiana del club y de la ciudad. La marginación del empresario linarense Miguel Hoyo Nájera no fue un accidente ni una discrepancia puntual, sino una decisión política encaminada a evitar cualquier contrapoder interno.

El resultado es un consejo de administración desconectado de Linarejos y de Linares, compuesto por dirigentes cuya ausencia física y emocional se ha convertido en símbolo del deterioro institucional. Consejeros invisibles para la ciudad, incapaces de generar arraigo y cuya presencia pasaría inadvertida incluso atravesando las Ocho Puertas. La distancia entre el club y su gente nunca había sido tan grande.

El verdadero ‘Modelo Eibar’ nunca consistió en vender un club a toda costa ni en blindar estructuras de poder bajo discursos grandilocuentes. Consistía, precisamente, en lo contrario: en gestionar con honestidad, respetar los límites y entender que una entidad deportiva pertenece antes a su comunidad que a quienes la administran temporalmente.

Y esa es quizá la mayor derrota del linaresismo en estos años: no solo haber sufrido una mala gestión, sino haber visto cómo se utilizaban palabras como estabilidad, identidad o futuro para justificar exactamente lo contrario.

Ahora el horizonte del Linares se abre en tres direcciones distintas, y ninguna está exenta de desgaste. La primera conduce a un largo pasillo judicial. El recurso presentado prolongará previsiblemente el conflicto durante meses, quizá años, mientras la vida cotidiana del club continúa suspendida en una extraña normalidad.

En lo institucional, nada cambiaría de inmediato: quienes hoy gobiernan seguirían haciéndolo mientras los tribunales deciden. Pero el tiempo, en el fútbol, rara vez es inocuo. Cada minuto perdido entre incertidumbres acaba dejando cicatrices en la planificación, en el vestuario y también en una grada agotada de vivir permanentemente en vilo.

Existe una segunda posibilidad: que Miguel Hoyo solicite la ejecución provisional de la sentencia. El fallo estimó íntegramente su demanda y eso abriría la puerta a un relevo inmediato en la dirección del club, con el equipo de Pop Hellanes SL asumiendo el control. Sería un cambio lógico, pero no exento de riesgos.

Y queda, finalmente, la única salida verdaderamente sensata para una entidad que ya ha soportado demasiadas fracturas: el acuerdo. Un traspaso de poderes pactado, ordenado y sin más incendios públicos. La solución menos ruidosa y probablemente la única capaz de proteger al club de un deterioro todavía mayor. Porque mientras los despachos continúan librando su batalla, hay una nueva temporada esperando a las puertas de Linarejos. Y el fútbol, como la propia ciudad, termina pagando siempre el precio de las guerras interminables.