Un linarense, una Lambretta y seis países en una aventura inolvidable

José Mañas atraviesa Europa en catorce días y más de 2.000 kilómetros a bordo de una Lambretta de 1968, en un sueño hecho realidad

Por:Javier Esturillo
José Mañas durante el viaje.

El rugido contenido de 125 centímetros cúbicos no debería, en teoría, tener nada de épico. Y sin embargo, cuando ese sonido nace de una Lambretta de 1968 abriéndose paso entre puertos alpinos, lluvia horizontal y carreteras que parecen dibujadas a cuchillo sobre la roca, el viaje adquiere otra dimensión: la de las gestas mínimas que desafían al tiempo.

El linarense José Mañas acaba de completar una aventura que devuelve al motociclismo su condición primigenia de desafío humano. Durante catorce días recorrió más de 2.000 kilómetros a través de seis países europeos, consumiendo cerca de siete litros de aceite para mantener vivo el corazón mecánico de su veterana montura y realizando una veintena de repostajes. Cifras que, más allá de los números, explican la magnitud de una travesía concebida desde la pasión y ejecutada desde la perseverancia.

No hubo navegación asistida por sofisticados sistemas electrónicos ni comodidades propias de las grandes rutas contemporáneas. Solo una motocicleta nacida hace casi seis décadas, una carretera abierta ante el horizonte y la determinación de alcanzar el trigésimo quinto Eurolambretta, celebrado este año en la localidad austríaca de Ort im Innkreis.

La aventura comenzó a tomar forma el pasado 28 de mayo. Desde Montpellier, en el sur de Francia, la ruta se encaminó hacia el corazón de los Alpes. Allí, donde la montaña impone sus reglas y la naturaleza marca el ritmo del viajero, la Lambretta empezó a demostrar por qué sigue siendo un símbolo para varias generaciones de motoristas.

José Mañas, en una de las paradas.

Entre lagos, roca y altura

La primera gran prueba llegó en el trayecto entre Chaley y Leysin. A medida que el asfalto ganaba altura, la pequeña mecánica italiana respondió con una solvencia que desafía cualquier lógica moderna. Sin prisas, pero sin pausas, fue devorando kilómetros entre curvas y desniveles.

Después llegaron algunos de los paisajes más espectaculares del continente. Interlaken, rodeada de montañas y lagos de origen glaciar, abrió las puertas al valle de Lauterbrunnen, uno de los rincones más impresionantes de Suiza. Allí, las paredes verticales de roca y las cascadas que caen desde cientos de metros de altura ofrecieron una imagen difícil de olvidar para cualquier viajero.

La llegada a Lucerna permitió un breve descanso antes de reanudar la marcha hacia Liechtenstein y posteriormente Austria. Fue entonces cuando el viaje dejó atrás cualquier apariencia de excursión turística para convertirse en una auténtica prueba de resistencia.

El tiempo convertido en adversario

El ascenso al Flexenpass, cercano a los 2.000 metros de altitud, marcó uno de los momentos más exigentes de toda la expedición. Una tormenta intensa descargó sobre la carretera justo cuando la pendiente comenzaba a endurecerse.

La lluvia redujo la visibilidad al mínimo, el frío se hizo constante y el agua transformó el asfalto en una superficie traicionera. En esas condiciones, la conducción deja de ser una cuestión técnica para convertirse en una cuestión de concentración y temple. Mañas mantuvo el rumbo mientras la Lambretta seguía avanzando metro a metro entre las nubes bajas y la niebla alpina.

La jornada concluyó en Füssen, ya en Alemania, bajo la silueta inconfundible del castillo de Neuschwanstein. Allí, el cansancio acumulado encontró refugio en la satisfacción íntima de quien sabe que ha superado uno de los grandes desafíos del viaje.

La avería bajo la lluvia

Las dificultades no terminaron ahí. Durante la etapa hacia Salzburgo, la meteorología volvió a convertirse en protagonista. A la lluvia persistente se unió una avería mecánica en mitad de la ruta.

Lo que para muchos habría significado el final del viaje se resolvió gracias al conocimiento de la mecánica clásica y a la experiencia acumulada durante años de afición. A pie de carretera y bajo el aguacero, la Lambretta fue reparada y volvió a arrancar.

El sonido del motor recuperando su compás habitual tuvo algo de victoria silenciosa. No era solo una máquina funcionando de nuevo; era la posibilidad de continuar una aventura que había sido soñada durante meses.

Finalmente, el jueves 4 de junio, José Mañas alcanzó Ort im Innkreis, destino final de una travesía que lo había llevado a cruzar Francia, Suiza, Liechtenstein, Austria, Alemania y España en una experiencia difícil de comparar con cualquier otro viaje contemporáneo.

Una ruta compartida

La expedición formó parte de la iniciativa impulsada por el Club Lambretta España y tampoco fue una aventura solitaria. Durante buena parte del recorrido, Mañas compartió carretera con amigos y compañeros unidos por la misma pasión por las motocicletas clásicas.

Igu, desde Vitoria; Javi, desde Salamanca; Félix y Sito, desde Asturias; Richard, llegado desde Inglaterra; además de otros participantes como Aitor y Óscar, que optaron por una ruta alternativa a través de Stuttgart, conformaron una auténtica hermandad de viajeros sobre ruedas.

Juntos afrontaron puertos de montaña, tormentas, averías y largas jornadas de carretera, demostrando que el espíritu del motociclismo clásico sigue encontrando en la amistad uno de sus motores fundamentales.

Mucho más que kilómetros

Los números ayudan a comprender la dimensión del reto: catorce días de viaje, más de 2.000 kilómetros recorridos, seis países atravesados, veinte repostajes y siete litros de aceite consumidos por una motocicleta fabricada en 1968.

Pero la verdadera medida de esta aventura no aparece en ninguna estadística. Está en las conversaciones al final de cada etapa, en las manos manchadas de grasa junto al arcén, en la lluvia golpeando el casco a casi dos mil metros de altitud y en la satisfacción de comprobar que una máquina nacida en otra época sigue siendo capaz de escribir historias extraordinarias.

En tiempos dominados por la inmediatez, José Mañas ha reivindicado una forma diferente de viajar. Más lenta, más exigente y también más auténtica. Una forma de entender la carretera en la que el camino importa tanto como la meta.

Apoyos y colaboradores

La expedición contó con el respaldo de diversas entidades y empresas vinculadas a la provincia de Jaén. Como colaborador no patrocinador participó Caja Rural de Jaén.

Asimismo, echaron una mano en esta maravillosa experiencia Garca, Moto Mecánica Hernández y Garaje Bar Elviris, cuyo apoyo contribuyó a facilitar la logística y el desarrollo de una travesía que ha llevado el nombre de Linares hasta algunas de las carreteras más emblemáticas de Europa.

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