Las tres noches que pasó durmiendo en la calle siguen ahí. No como una herida que reclame compasión, sino como el recordatorio de todo lo que fue capaz de soportar para seguir viviendo.
Deynna Nikol Rodríguez, de 40 años, no habla desde el victimismo. Al contrario. Repite varias veces que hay personas que han atravesado situaciones mucho más duras que la suya. Pero también sabe que muy pocas cosas preparan a alguien para abandonar una vida estable y empezar desde cero en un país desconocido.
Este domingo, con motivo del Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+, su historia reúne dos realidades que con frecuencia se entrecruzan: la de ser una mujer trans y la de verse obligada a emigrar para proteger su vida y la de su familia.
Nunca soñó con marcharse de Colombia. No fue una decisión fruto del deseo de buscar nuevas oportunidades, sino una huida. Trabajaba como tanatóloga cuando ella, su esposo y su hijo comenzaron a estar amenazados por la presión de grupos armados. Permanecer allí dejó de ser una posibilidad. «No fue porque yo quisiera», resume con serenidad.
España, un refugio
España apareció como refugio. Primero Madrid. Después Linares. Pero antes de encontrar estabilidad hubo días en los que todo desapareció de golpe. Llegaron sin conocer absolutamente a nadie. Dejaban atrás una vida con estabilidad económica, social y cultural para enfrentarse a la incertidumbre más absoluta. Tres noches durmiendo en la calle bastaron para comprender que emigrar nunca es sencillo.
Aun así, se niega a convertir ese recuerdo en un discurso de derrota. «Hay que asumir con valentía todo lo que viene», explica. Aquella experiencia le enseñó a valorar las pequeñas cosas, las que antes parecían invisibles, y a descubrir una fortaleza que desconocía.
Si abandonar su país fue una prueba, convivir con su identidad lo había sido mucho antes. Recuerda que el primer gran obstáculo llegó siendo apenas un niño, cuando empezó a darse cuenta de que sus preferencias eran diferentes a las de los demás. Entonces aparecieron las preguntas, las dudas y la necesidad de aceptarse a sí misma.
Pero aquella lucha íntima pronto encontró un reflejo en el exterior. Muchas familias siguen sin aceptar la diversidad y, en los colegios, las diferencias suelen convertirse en motivo de burlas. Ella también conoció esa realidad. Fue señalada, ridiculizada y convertida en el blanco de comentarios que todavía hoy recuerda.

Los procesos
Con el tiempo comprendió que todas las personas del colectivo atraviesan, de una manera u otra, tres procesos muy difíciles. El primero consiste en aceptarse a uno mismo. El segundo pasa por intentar encontrar un lugar en una sociedad que muchas veces sigue señalando lo diferente. El tercero, quizá el más importante, consiste en aprender a vivir con orgullo sin permitir que la mirada de los demás determine quién eres.
Aquellas burlas no terminaron rompiéndola. Levantaron una coraza que hoy le permite hablar de su historia sin rencor. «Me hicieron sentir más orgullosa de lo que soy», asegura.
Si hay algo que cambió al llegar a España fue la sensación de seguridad. Deynna afirma que aquí puede vivir con tranquilidad. Y cuando habla de Linares lo hace con un cariño especial. Aquí encontró mucho más que un lugar donde residir. Encontró personas que le hicieron sentirse en casa cuando todo era desconocido.
Recuerda especialmente a Ana Verona y a quienes forman parte de la Asociación Solidari@s Sport, además de otras personas que la acogieron desde el primer momento. Ellos terminaron convirtiéndose en la familia que necesitaba para no sentirse sola y para seguir creyendo en sus sueños. «Al final del arcoíris siempre hay algo hermoso», dice con una sonrisa.
Colombia sigue muy presente en su vida
Aunque ha construido una nueva vida en España, Colombia continúa muy presente en su día a día. Conserva intacto su acento, su gastronomía y las costumbres con las que creció. «Nací con ellas y morirán conmigo», afirma con fuente sentimiento de arraigo.
Al mismo tiempo reconoce que España también forma ya parte de su identidad. Ha incorporado expresiones, formas de vivir y costumbres que siente igualmente suyas. No entiende ambas culturas como una renuncia, sino como dos piezas que hoy conviven dentro de ella.
Nunca ha sentido que viva entre dos mundos ni que pertenezca a ninguno. Al contrario. Se define como una mujer completamente segura de sí misma. Esa seguridad no depende del país en el que se encuentre, sino del camino recorrido para aceptarse y defender quién es.

Para ella, el Día del Orgullo sigue siendo mucho más que una celebración. Es una jornada para recordar la lucha de quienes abrieron camino, para reivindicar derechos y para insistir en una idea sencilla: nadie tiene por qué compartir su forma de vivir, pero todo el mundo debería respetarla. «Lo más importante es que nos respeten como seres humanos», sostiene.
También cree que muchos prejuicios nacen de las etiquetas que las personas se imponen unas a otras. Por eso le gustaría que la sociedad comprendiera mejor la realidad de quienes, como ella, son migrantes y pertenecen al colectivo LGTBIQ+. «Que se entienda que no somos malas personas. Somos personas valientes que salimos adelante y que queremos trabajar, aportar y ayudar a que el país que nos recibe también progrese».
Hoy Deynna Nikol Rodríguez ejerce como tanatóloga y docente. Ha reconstruido su vida lejos del lugar donde nació, sin olvidar nunca de dónde viene. Después del miedo, de las amenazas, de la incertidumbre y de aquellas tres noches en la calle, encontró en Linares un hogar. Y sigue convencida de que, incluso cuando el camino parece oscurecerse por completo, siempre merece la pena seguir avanzando. Porque, como ella misma repite, al final del arcoíris siempre hay algo hermoso.