A las once de la mañana ya no queda ni una mesa libre. En la terraza de la Cervecería Cafetería Viena, tres amigos alargan el desayuno mientras tratan de «arreglar el mundo», sostiene con ironía uno de ellos. Dentro, una pareja comparte una tostada; un hombre hojea el periódico junto al café; otro cliente entra, saluda por su nombre al camarero y ni siquiera necesita pedir. «Necesito media de tomate para Julián», encomienda el trabajador a la cocina.
Al fondo, detrás de la barra, Agustín Moreno observa la escena con esa mezcla de satisfacción y responsabilidad que solo da el tiempo. «Fue un sueño quedarme con el Viena», reconoce pasado el tiempo. Lo pronuncia sin grandilocuencia, como quien todavía se sorprende de haber acabado al frente del lugar donde pasó buena parte de su vida.
En la calle La Virgen, el Viena no es solo una cafetería. Es un reloj que marca el ritmo cotidiano de Linares desde hace más de seis décadas. Aquí empieza el día con el olor del café recién molido y el pan tostado; continúa con el trasiego del aperitivo, el menú del día y las conversaciones interminables de la sobremesa; vuelve a llenarse por la tarde alrededor de una merienda y termina con el llamado tardeo, cuando las copas sustituyen a las tazas y la barra recupera otra velocidad. Los viernes y sábados, además, mantiene una de esas promociones que parecen resistirse al paso del tiempo: copa de cerveza con tapa por dos euros.
El local, abierto en 1962, conserva ese raro equilibrio entre la renovación y la memoria. En las paredes, las fotografías en blanco y negro de la ciudad recuerdan que el Viena ha sido testigo de varias generaciones de linarenses. La barra bulle de actividad. El jamón recién cortado convive con las tostadas, los platos del día y el tintineo constante de las cucharillas golpeando la porcelana.

Pelando patatas a los doce años
Para Agustín, sin embargo, esta historia empezó mucho antes. Tenía apenas doce años cuando entró a trabajar en la marisquería Montblanc, frente a la piscina cubierta. Su cometido era tan humilde como imprescindible: pelar patatas y preparar tomates para la ensaladilla rusa y la ensalada de pulpo. Después llegaron las primeras cervezas servidas tras la barra y las bandejas de gambas para los clientes habituales.
«Antonio Gámez Plaza fue quien me metió en este mundo», recuerda con gratitud hacia aquel amigo, ya fallecido, que le abrió la puerta de un oficio que acabaría siendo su vida.
El siguiente destino fue la Piscina Los Olivos. Allí le ofrecieron casi triplicar el sueldo: de 6.000 a 15.000 pesetas mensuales. El dinero compensaba unas jornadas que hoy resultarían difíciles de imaginar. Entraba a las diez de la mañana y muchas noches no regresaba a casa hasta las tres o las cuatro de la madrugada, cuando cerraba la terraza de verano. «Ahí eché el resto de los dientes», resume.
El 14 de enero de 1985 cruzó por primera vez la puerta del Viena como trabajador. Entonces el establecimiento ya gozaba de un prestigio especial. Era uno de esos locales donde coincidían comerciantes, políticos, escritores, músicos, toreros y buena parte de la vida social de Linares. «Era mucho caché el Viena», asegura con un nudo en la garganta.
Permaneció allí hasta 2003. Más tarde llegaron otras etapas profesionales: la Cafetería La Vía y el Grupo Abades. Pero el destino tenía reservada una última vuelta. En 2015 supo casi por casualidad que el establecimiento se traspasaba. Habló con Pedro Díaz, entonces gerente, y cerró la operación. Era, en cierto modo, regresar a casa.




Un sueño hecho realidad
La reapertura exigió una inversión importante para modernizar unas instalaciones que necesitaban una profunda actualización. Seis años después acometió una segunda gran reforma que permitió incorporar los dos locales contiguos y ampliar considerablemente el negocio. Lo único que nunca quiso modificar fue el nombre. «No sé por qué los fundadores eligieron llamarlo Viena, pero eso había que respetarlo», señala pasados los años.
Sí cambió el concepto. Donde antes predominaba la cafetería tradicional, ahora conviven desayunos, tapas, raciones, cocina, menú diario y un ambiente que acompaña prácticamente durante toda la jornada.
Los números explican una parte del éxito. Cuando tomó las riendas del negocio apenas se vendían entre ocho y diez bollos de pan al día. Hoy salen de cocina entre 120 y 130, además de molletes, tostadas y cruasanes. Cada jornada se sirven alrededor de 300 desayunos y se consumen tres kilos y medio de café.
Pero Agustín mide el balance con otra escala. El Viena da empleo a diez trabajadores, además del propio propietario. Lo dice con orgullo porque sabe bien lo que significan unas condiciones laborales dignas. Durante años conoció la otra cara del oficio y decidió que, cuando llegara su momento, haría las cosas de otra manera. «Yo no quiero que a mis empleados les hagan lo que a mí me han hecho. Y como no quiero que se lo hagan a nadie, tampoco lo quiero para mí», afirma.
Esa forma de entender la hostelería la heredó de su padre, Francisco Moreno, quien le decía: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».




Legado
Entre quienes mantienen vivo el negocio está también Laura, su hija. Tiene 25 años, estudió Magisterio y prepara oposiciones mientras ayuda desde hace cuatro años en la cafetería. Los clientes ya la sienten como una cara más del Viena. «Es igual que yo», dice su padre entre risas. «Muchos me dicen que si estoy descansando no pasa nada, que está ella».
Aunque la emoción le juega una pequeña contradicción. Como padre desea que encuentre estabilidad en la profesión para la que estudió y disfrute de algo que él apenas ha conocido: vacaciones, horarios y fines de semana. Pero enseguida aparece el hostelero. «Egoístamente, me haría mucha ilusión que se quedara con el negocio».
Después de cuarenta y cuatro años detrás de una barra, el cuerpo empieza a pasar factura. Las rodillas ya no responden igual. «Ando como una perdiz», bromea.
Aun así, sigue recorriendo el local con la misma naturalidad con la que un director de orquesta controla cada movimiento de sus músicos. Saluda, pregunta por las familias, sirve cafés, revisa comandas y encuentra tiempo para conversar con quien cruza la puerta.




Porque el Viena siempre ha vivido de eso: de las personas. Agustín reconoce que los tiempos han cambiado. Cree que antes existía más paciencia y más respeto hacia quienes trabajan de cara al público. «Por pagarte un café, algunos se creen con derecho a todo», apostilla. No hay resentimiento en sus palabras, solo la serenidad de quien ha visto cambiar varias generaciones de clientes desde el mismo lado de la barra.
Quizá por eso insiste en una idea que resume toda una vida de trabajo. «Si no te gusta tu profesión, no eres tú. Pero si te gusta, ni miras la hora, ni miras el local. Te la haces tuya».
Fuera continúa el ir y venir de la calle La Virgen. Una terraza se vacía mientras otra vuelve a llenarse. En el interior siguen sonando las tazas, los saludos, las conversaciones cruzadas y las cucharillas chocando contra el café.
Hay bares donde uno entra para tomar algo. Y luego está el Viena, donde muchos siguen entrando, simplemente, porque saben que siempre habrá alguien esperando al otro lado de la barra que sabrá escucharlo.
Fotos: Javier Esturillo