En 1915, el artista ucraniano Kazimir Malévich presentó en la antigua Petrogrado —hoy San Petersburgo— una colección de obras con las que daba a conocer al mundo un nuevo movimiento artístico: el suprematismo. De todas ellas, interesa aquí el «Cuadrado negro [sobre fondo blanco]», una forma elemental que causó un impacto profundo en el arte, porque negaba a la pintura la representación de la realidad.
Esa reducción extrema trasladaba una idea-fuerza que era propia de su tiempo: el final del arte conocido y el comienzo de otro que se percibe nuevo. Se cruzaba así el umbral, un punto crítico de no retorno. Con ese recurso, Malévich reiniciaba su arte al mismo tiempo que la Gran Guerra hacía lo propio con el mundo.
España nunca ha sido una presa fácil para sus enemigos. Pero hay entre nosotros un puñado de cainitas bien arracimados en determinadas siglas, que han buscado durante mucho tiempo la forma de reiniciar España. No para rehacerla mejor o peor y a su medida, sino para acabar con ella y rapiñar en el proceso sus despojos.
La encontraron con Pedro Sánchez, un presidente adjetivable hasta la náusea que está causando un daño irreparable a la nación en todos los sentidos posibles.
Desde su ciénaga particular, está poniendo a España contra las cuerdas, arrastrándonos a todos poco a poco hacia el abismo que se oculta al otro lado de la democracia —porque es esa la última parada de esta senda tan reconocible—, mientras su Gobierno anda haciendo estupideces con la ropa.
Resulta inquietante la posible alteración quirúrgica del censo por esa «Ley de Nietos», cuyo desarrollo parece concebido para el obsceno torcimiento de la voluntad electoral de los españoles, como si fuera una versión sofisticada de aquella urna escondida de Ferraz.
Pedro Sánchez puede intentar hacerse un electorado a su medida, si esa es su voluntad, y camuflar en la avalancha a lo peor de cada casa, que España ya sabrá reconocer a los suyos y remigrar a todos los demás.
El presidente ha alcanzado hace ya tiempo ese punto de no retorno que le obliga a huir hacia delante. Sus atrevimientos y cortinas de humo se ajustan al compás que marcan las investigaciones periodísticas, las actuaciones policiales y la agenda judicial.
Se trata de evitar que hablemos de las penas impuestas a Álvaro García o a José Luis Ábalos y Koldo García. Pero también la de David Sánchez, que ha sido condenado junto a Miguel Ángel Gallardo y otros «cooperadores necesarios», estimulando un ruidoso, pero inocuo, trompeteo a propósito del «lawfare», con el que la charanga socialista pretendía trasladar las culpas a sujetos distintos de los condenados y sembrar la duda sobre la acción de la justicia.
La próxima maniobra que veremos será, posiblemente, a cuento de Begoña Gómez. Entretanto tenemos la investigación abierta sobre las cloacas de Leire Díez, que tiene desfilando nada menos que a Mercedes González y Manuel Llamas y que ya apunta a algo más grande.
Tocaba pues la entretenida performance de la verja, es decir, la traición que supone el acuerdo sobre Gibraltar. Eso y que el TJUE nos recordara, a propósito de la amnistía, que la defensa de España corresponde a los españoles.
La corrupción es sistémica y profunda, tanto que parece cuestión de tiempo ver donde corresponde a quien presuntamente lleva la batuta, que no es precisamente el condenado que le ha plagiado el aparato fonador. Esperaremos sentados, por si acaso.
Hay siglas que destacan en la distribución estadística de los corruptos, qué duda cabe, pero el único punto de no retorno que importa aquí es el de España, porque es ese el lugar adonde vamos de la mano de los arracimados.
Es la continuidad en el poder la condición necesaria para que todos ellos puedan llevar a término sus maquinaciones individuales y colectivas, porque el sistema está diseñado para el abuso continuado de todos ellos y se ha colonizado con fertilidad parasitaria.
Malévich terminó abandonando el suprematismo y volviendo a la figuración, pero Sánchez no tiene ninguna intención de abandonar el poder como el PSOE no va a abandonar sus pulsiones consuetudinarias. «Hasta el 2027 y más allá», dijo el oráculo.
Conviene recordar que hemos llegado hasta aquí con el concurso de no pocos facilitadores, el primero de ellos, Rodríguez Zapatero, que nada estos días en su piscina con el inconveniente lastre de las imputaciones familiares, incluyendo la suya propia.
También han salido a la palestra estos días el censurado titular del sillón que ocupó el bolso de Soraya Sáenz y el bluf que lidera la oposición presunta, empeñado en asumir el detritus de Sánchez, es decir, en heredar la senda que le han puesto delante, para luego quejarse sin molestar mucho cuando le han cruzado a España ya la cara a navajazos.
La desgracia es tener estos representantes y su triste colección de colocados. Mientras tanto, en el gran circo del fútbol, han encontrado los españoles un motivo de orgullo, distracción y consuelo.
Qué lúcido estuvo ahí Juvenal.