Eugenio Rodríguez

Cuando antes era antes

Rodríguez Zapatero le habla a la cámara, que está algo baja, con gesto serio y ritmo pausado. No parece que esté para muchas bromas durante el minuto y medio que dura la grabación. Luce un conjunto de camisa blanca sin corbata y chaqueta azul de mar revuelto, que parece improvisado. Y hace mucho calor. Pero él está a lo suyo, porque lo que se avecina es una hoguera. Lleva el botón de la americana desabrochado, dejando al descubierto una franja amplia y cegadora de camisa que invita a apartar la vista. Como todo, desde aquel once de marzo de 2004.

Mide las palabras y controla los gestos, que no se alejan del lenguaje no verbal estándar de cualquier vendehúmos profesional o electo; solo que él sí que ha tenido la majestad del Estado a su disposición. Habla fiel a su estilo. Sinceridad y afectación parece, pero no; es supervivencia. El escenario es el jardín de la casa de otro, que tiene alquilada por un disparate. Las sombras de la cara desactivan su mirada. Definitivamente, no le favorece la luz vertical del mediodía, pero es lo que hay.

En él se centran dos relatos que son mundos en sí mismos: el que se ha construido el propio Zapatero y el que se desprende del auto del juez Calama Teixeira, que ahora tirará del hilo como Teseo, pero con la noción preliminar de que en ese laberinto aguarda más de un engendro. Hay nudos en esos relatos que habrá que ir deshaciendo.

Pero si algo domina el expresidente es el arte de la urdimbre. Y la madre de todas las marañas es la que —presuntamente— protagoniza. Tal vez por eso lleva siempre puesta una mueca en la cara, como si fuera un antifaz en un baile de máscaras. Aunque lo que tiene ahora es menos lúdico: la herida fresca de una imputación que le ha llegado al hueso. No hay enfermería satisfactoria para tamaño contratiempo. Gusta más cobrar, qué duda cabe.

Zapatero proclama —sin mucho éxito— su inocencia. La izquierda colapsa y recoge cable, como si pudiera. O como si los demás no tuviéramos memoria o acceso a una hemeroteca en la que refrescarla. Aunque libertad de expresión ya tenemos menos, gracias a Pedro Sánchez. Hasta la opinión sincronizada se ha puesto un aparatoso torniquete.

Qué cosas. En este punto es cuando todo escapa al control de los interesados, porque han salido a la palestra muchos nombres, incluyendo el de Sánchez que ya estará activando cortafuegos.

Tiene su gracia que sean los asuntos de Zapatero los que puedan hacer caer a Sánchez; aunque no parece que sean solo los asuntos de uno, sino más bien un entramado de intereses compartidos. La justicia dirá. Habrá que ver cómo se conducen ambos ahora que se les cae la cobertura y empiezan a relacionarse tantas cosas que los comprometen. Pero cada vez hay menos dudas de que, estando ellos de por medio, nunca han estado encima de la mesa más intereses que los propios, como no han estado nunca el bien y la verdad.

Y ahora que la distancia entre la moqueta y el drama se acorta para ellos, cabe preguntarse qué nos pasa. Hubo un tiempo, cuando antes era antes, en el que todo asunto conocido que manchara el nombre de una entidad cualquiera, pública o privada, se saldaba con la dimisión inmediata de quien estuviera implicado en el asunto. Pero claro, en aquella época, en el habla de nuestros mayores todavía se distinguía entre la opinión y el juicio; un término, este último, que aludía entonces —como ahora— no al acto procesal, sino a la valiosa, pero hoy menguante, capacidad de distinguir entre contrarios absolutos: el bien del mal y la verdad de la falsedad.

El bien y la verdad son un ideal al que aspirar, porque solo existen en plenitud. En cambio, el mal y la falsedad son un subproducto, en tanto que se definen por la distorsión, degradación, corrupción, disimulo o quebranto, en algún grado intermedio o en el grado máximo de privación, del bien y la verdad. En esencia, no hay grises buenos ni verdaderos.

Sin embargo, en nuestra delirante realidad, ya solo quedan grises que propenden cada vez con más violencia al negro, porque hemos dejado que quienes se conducen entre grises amplíen en su propio beneficio nuestra tolerancia cromática.

En la política hay todo un submundo de penumbras entre bambalinas. Pero, aun así, es posible distinguir entre los síntomas y los problemas. Los síntomas son como la broza, la superficie del conflicto, señales o manifestaciones en descomposición —pero bien visibles—, que ocultan, enmascaran o distraen de los problemas. Acuerdos clandestinos, agendas ocultas, traiciones compartidas, espacios de impunidad, crimen organizado, corrupción estructural, opinión sincronizada, cordones sanitarios, cortinas de humo, vapores de saunas… No queda en España un solo resquicio de sordidez que no se haya explorado con rigor germánico.

Detrás de esa broza mugrienta, corrupta y maloliente de los síntomas, se encuentra la corteza estructural, dura y resistente de los problemas cuya existencia se conoce, pero pocos —muy pocos— están dispuestos a combatir, porque sucede que nadie escapa ileso de esos lances. El gran problema aquí es quiénes se acercan y llegan al poder o permanecen en sus aledaños, por qué y para qué.

Estamos hartos de ver circular por la política y alrededores a personajes con una elevada plasticidad ética, cuyo único norte es la satisfacción de sus propios intereses. Y horrorizados de ver cómo el sistema los premia. Y claro, esto hace que se acerquen, con altas probabilidades de satisfacerlos, cada vez más perfiles de saldo con daga, antifaz y teleprompter, que ahora se conducen maquillados por la IA, desde lo que hayan sido capaces de entender de Sun Tzu, Maquiavelo o las galletas de la suerte. Ellos arrastran a España hacia el abismo, pero somos nosotros quienes se lo permitimos.