Antes de que amanezca del todo, Julián Valcárcel Risoto ya está en pie. A sus 82 años sigue viviendo donde nació, en El Acebuchar, una pequeña aldea de Carboneros donde el silencio pesa más que el ruido y donde el paso de un tractor todavía marca el ritmo de los días. En invierno es el único vecino que permanece de forma permanente. Cuando cae la tarde y las luces se apagan, apenas queda alguien más.
Durante años, llegar hasta su casa fue casi una prueba de resistencia. El acceso que une Carboneros con El Acebuchar acumulaba un deterioro que el paso del tiempo había convertido en parte del paisaje. Baches, grietas y un firme castigado obligaban a conducir con extrema prudencia. Para cualquiera suponía una molestia. Para un hombre de su edad significaba algo mucho más importante: saber que cualquier desplazamiento, especialmente una urgencia médica, podía hacerse eterno.
Hoy el trayecto es diferente. La calzada ha sido completamente renovada, la señalización se ha modernizado y la seguridad ha mejorado de forma notable. Son apenas 2,6 kilómetros entre olivares, pero aquí esa distancia nunca se ha medido solo en metros. Se mide en tranquilidad, en tiempo y en calidad de vida.
Julián no habla de presupuestos. Habla de sensaciones. «Ahora está mucho mejor. Se va más tranquilo», dice un hombre curtido en la dureza del campo. Y cuando se le pregunta qué ocurriría si algún día necesitara asistencia médica urgente, responde sin darle demasiadas vueltas. «Antes llego, claro». No hace falta añadir nada más. Esa frase resume el sentido de una inversión que trasciende el asfalto.





La Diputación Provincial de Jaén ha destinado más de 234.000 euros a la mejora integral de la carretera JA-6102, que conecta Carboneros con El Acebuchar. La intervención forma parte del esfuerzo que la institución provincial realiza para conservar y modernizar la red viaria que comunica pequeños municipios y aldeas, lugares donde una infraestructura puede marcar la diferencia entre el aislamiento y la conexión con los servicios esenciales.
Pero esta historia no termina en Julián. Él es solo la primera voz de un relato compartido por otros vecinos que conocen bien lo que significa vivir en un entorno rural.
Pascual Risoto, que vive en La Fernandina, pedanía de La Carolina, observa esta actuación desde otra perspectiva. Como agente forestal, recorre estos caminos prácticamente a diario. Para él, disponer de un acceso en buenas condiciones no solo facilita el trabajo agrícola o los desplazamientos vecinales. También supone una garantía cuando hay que intervenir en una emergencia o cuando los servicios públicos necesitan llegar con rapidez a una zona del Jaén más profundo.
José Antonio conoce mejor que nadie las dos carreteras provinciales sobre las que ha intervenido la Diputación. Mantiene su vivienda en La Mesa y conserva la casa familiar en El Acebuchar, de modo que recorre con frecuencia ambos accesos.
La mejora de la JA-6102 ha devuelto la seguridad a la carretera que conduce hasta El Acebuchar. Pero no ha sido la única actuación. La institución provincial también ha renovado la JA-6101, la vía de 1,92 kilómetros que enlaza la autovía A-4 con la aldea de La Mesa, una conexión fundamental para los vecinos de este núcleo y para quienes utilizan diariamente esta salida hacia la red principal de carreteras.
Para José Antonio, ambas obras responden a una misma necesidad. «Las dos hacían falta. Ahora los desplazamientos son mucho más cómodos y seguros», afirma.




Ambas forman parte de una misma estrategia: garantizar que las pequeñas aldeas no queden aisladas y que sus habitantes disfruten de unas comunicaciones acordes a las necesidades actuales.
Su hermana Mari Carmen Risoto opina de la misma manera. Aunque ya no reside de manera permanente en la aldea, continúa regresando siempre que puede. Conserva allí buena parte de sus recuerdos y sigue sintiendo El Acebuchar como su hogar. «Ahora da gusto subir», comenta satisfecha al comprobar que el acceso ya no representa el problema de hace unos años.
Las conversaciones cambian de matiz, pero todas terminan conduciendo al mismo lugar. Nadie habla de cifras ni de estadísticas. Hablan de llegar antes al médico, de transportar la cosecha con mayor seguridad, de recibir la visita de familiares sin preocupación o, simplemente, de no sentir que viven en un rincón olvidado.
Porque la lucha contra la despoblación no empieza únicamente cuando llega una empresa o se inaugura una gran infraestructura. Comienza, de igual modo, cuando quienes ya viven en un territorio sienten que pueden seguir haciéndolo con dignidad.
Medidas contra la despoblación
Eso lo tiene claro el alcalde de Carboneros, Domingo Bonillo. Después de casi tres décadas al frente del Ayuntamiento, resume su hoja de ruta en tres palabras: vivienda, trabajo y repoblación. No son conceptos abstractos.
El Consistorio lleva tiempo adquiriendo viviendas antiguas para rehabilitarlas y ofrecerlas en alquiler con opción a compra por precios asequibles. El objetivo es facilitar que familias jóvenes, tanto del municipio como de fuera, puedan establecerse en Carboneros y desarrollar aquí su proyecto de vida.
La estrategia empieza a ofrecer resultados. En el último año el municipio ha ganado 54 habitantes, principalmente personas de origen extranjero que han encontrado empleo y una oportunidad para comenzar una nueva etapa. «Lo importante es que todos están trabajando y la acogida ha sido espectacular», destaca Bonillo.
La creación de empleo constituye el segundo gran eje de esa estrategia. El polígono industrial tiene prácticamente todo su suelo comprometido y el Ayuntamiento mantiene conversaciones con nuevas firmas interesadas en instalarse en el municipio. Entre los proyectos previstos figura un área de servicio preparada para el suministro de hidrógeno como combustible alternativo, una apuesta ligada a la movilidad del futuro y al potencial logístico de Carboneros gracias a su proximidad con la A-4.

Más infraestructuras
El tercer pilar mira directamente a la calidad de vida. En los próximos meses comenzarán actuaciones tan significativas como la remodelación del campo de fútbol, que contará con césped artificial, o la creación del futuro Museo Álvaro del Bosque. Dos proyectos distintos, pero unidos por un mismo desafío, ofrecer servicios, generar actividad y reforzar el sentimiento de pertenencia de quienes viven en el municipio.
Porque un pueblo necesita empleo para crecer, vivienda para atraer nuevos vecinos y espacios donde convivir para construir comunidad. Bonillo resume también el papel que desempeña la Diputación con una frase tan espontánea como reveladora. «Para los pequeños y medianos ayuntamientos es nuestro padre y nuestra madre«, dice convencido.
No es una expresión grandilocuente. Es la constatación de una realidad diaria. Municipios con recursos limitados encuentran en la institución provincial el apoyo técnico necesario para redactar proyectos, ejecutar obras, disponer de asesoramiento especializado y sacar adelante actuaciones que, de otra manera, serían muy difíciles de asumir.
A ese respaldo institucional se suma el esfuerzo del propio Ayuntamiento, que pone un vehículo municipal a disposición de las personas mayores cuando necesitan acudir al médico, realizar compras o resolver cualquier gestión si no disponen de medios para desplazarse. Son pequeños gestos que apenas ocupan titulares, pero que explican mejor que cualquier discurso cómo se sostiene la vida cotidiana en los pueblos con el dinero de todos los jiennenses.
Valor añadido a la inversión pública
Cuando cae la tarde sobre El Acebuchar, el silencio vuelve a adueñarse de las calles. Julián regresa a casa después de otra jornada. Pascual continúa pendiente del monte. José Antonio emprende el camino hacia La Mesa. Mari Carmen piensa en la próxima vez que volverá a abrir la puerta de la vivienda familiar. Todos recorrerán el mismo camino. Son apenas unos kilómetros entre olivares.
Sin embargo, unen mucho más que dos puntos sobre un mapa. Acercan a un hombre de 82 años al centro de salud, facilitan el trabajo de quienes viven del campo, permiten que una familia siga regresando al lugar donde están sus raíces y ayudan a que un municipio continúe mirando al futuro con esperanza.
Quizá esa sea la mejor forma de medir el valor de una inversión pública. No por los kilómetros asfaltados ni por la cuantía del presupuesto, sino por las vidas que ayuda a mejorar. Porque mientras Julián siga abriendo cada mañana la puerta de su casa en El Acebuchar, mientras Pascual, José Antonio y Mari Carmen continúen sintiendo estas aldeas como parte de su vida, esta carretera habrá cumplido una misión que no aparece en ningún proyecto de obra: ayudar a que un pueblo siga teniendo futuro.
Fotos: Javier Esturillo
Contenido elaborado con la colaboración de la Diputación Provincial de Jaén