El Centenillo encuentra historias donde antes había llamadas

La Entidad Local Autónoma recupera la antigua cabina telefónica para crear una biblioteca callejera de intercambio libre bautizada como 'El Rincón de Luis', un homenaje a un vecino que dejó huella en el pueblo

Por:Javier Esturillo
Una mujer retira un libro de la cabina telefónica transformada en biblioteca callejera. Foto: Ayuntamiento de El Centenillo

En El Centenillo hay una cabina telefónica que ha vuelto a tener sentido. Durante años permaneció en silencio, convertida en uno de esos objetos que sobreviven al paso del tiempo por pura inercia, testigo de una tecnología que cambió el mundo y después desapareció casi sin hacer ruido. Hoy, sin embargo, vuelve a cumplir una función pública. Ya no comunica voces. Ahora conecta lectores.

El Ayuntamiento ha transformado la antigua cabina de teléfono del pueblo en una biblioteca callejera de libre acceso, una iniciativa que recupera un espacio en desuso para convertirlo en un pequeño refugio de cultura abierto a cualquier vecino o visitante.

Un paisaje inesperado

Basta con acercarse al locutorio para descubrir un paisaje inesperado. Donde antes había un teléfono cuelgan ahora decenas de títulos cuidadosamente ordenados sobre estanterías blancas.

Conviven clásicos universales con novelas contemporáneas, literatura infantil, poesía, colecciones ilustradas y enciclopedias. Desde ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, hasta ‘La colmena‘, de Camilo José Cela, pasando por ‘La sombra del viento’, de Carlos Ruiz Zafón, o varios volúmenes de literatura clásica española. Un pequeño mapa de lecturas que cualquiera puede recorrer sin horarios, sin carnés y sin trámites.

Porque esa es precisamente la filosofía del proyecto: coger un libro, leerlo con calma, devolverlo cuando termine su viaje y, si es posible, dejar otro para que continúe circulando.

La alcaldesa de la Entidad Local Autónoma, Ana Ventura Berbell (PP), resume así el espíritu de la iniciativa. «La cabina estaba en desuso desde hacía tiempo y desde el Ayuntamiento pensamos darle una nueva vida y convertirla en una biblioteca callejera, donde se pueden dejar libros y cogerlos sin ninguna condición, más allá de cuidarlos y devolverlos una vez se han leído», explica a El Nuevo Observador.

Compromiso colectivo

La propuesta nace, además, del compromiso colectivo del propio pueblo. Son los vecinos quienes han donado los ejemplares que llenan las estanterías, mientras que el Ayuntamiento conserva un pequeño fondo de reserva para sustituir los libros deteriorados y garantizar una renovación constante del catálogo.

Ese detalle convierte la cabina en algo más que un simple mueble urbano. Es una obra compartida. Un proyecto construido página a página entre la Administración más cercana y quienes habitan El Centenillo. Un homenaje escondido entre los libros. No es casual tampoco el nombre elegido. La biblioteca callejera se llama ‘El Rincón de Luis’, una denominación cargada de afecto y memoria.

Luis fue durante muchos años una presencia habitual en ese mismo rincón del pueblo. Pasaba allí buena parte de sus días y terminó convirtiéndose en una figura entrañable para los vecinos. Hoy ya no vive en El Centenillo y ha emprendido una nueva etapa, pero el Ayuntamiento quiso que aquel espacio siguiera llevando, de alguna forma, su nombre.

«No está ya en El Centenillo y tiene otra vida mucho mejor, pero queríamos tener un gesto de recuerdo hacia él, ya que siempre fue una persona muy querida en el pueblo», destallan desde ELA.

El reconocimiento resulta especialmente simbólico porque une dos formas distintas de permanecer. Antes era Luis quien daba vida al rincón. Ahora son los libros los que mantienen vivo ese lugar.

Del cobre a las palabras

Pocas transformaciones resumen tan bien el cambio de una época como la de esta cabina. Hubo un tiempo en que representaba la modernidad. Desde allí se anunciaban nacimientos, se avisaba de retrasos, se cerraban negocios, se escuchaban despedidas o se tranquilizaba a una familia después de un largo viaje. Cada llamada ocupaba apenas unos minutos, pero muchas permanecían para siempre en la memoria de quienes las hicieron.

La revolución digital fue apagando lentamente aquellas cabinas hasta convertirlas en piezas casi arqueológicas del paisaje urbano. Mientras muchas desaparecieron sin dejar rastro, El Centenillo ha preferido conservar la suya cambiando únicamente su lenguaje.

Donde antes sonaban monedas cayendo sobre un monedero metálico, ahora descansan novelas. Donde antes se marcaban números, ahora se abren páginas. La conversación ya no dura unos minutos. Puede prolongarse durante semanas, el tiempo que cada lector necesite para terminar una historia.

Cultura a escala humana

En una pequeña localidad minera como El Centenillo, donde el ritmo cotidiano aún permite detenerse a conversar con un vecino, una iniciativa de estas características adquiere un significado especial.

No pretende competir con las grandes bibliotecas ni sustituir los servicios culturales tradicionales. Su valor reside precisamente en la sencillez. En confiar en la responsabilidad de las personas. En demostrar que la cultura también puede sostenerse sobre un gesto ordinario: dejar un libro para que otro lo encuentre.

Hay proyectos cuya rentabilidad no se mide en cifras, sino en conversaciones, descubrimientos y lecturas compartidas. Quizá por eso esta antigua cabina sigue cumpliendo la función para la que fue instalada hace décadas. Continúa acercando personas. Solo que ahora lo hace de una manera mucho más silenciosa. Y probablemente también más duradera.

Fotos: Ayuntamiento de El Centenillo y Javier Esturillo

5 2 votos
Calificación de la noticia
Subscribe
Notificar
0 Comentarios
Últimos
Primeros Más votada