Primero lucharon por su pan. Ahora luchan por el de su hijo

Casi medio siglo después de su primera protesta en Santana, Rafael regresa, junto con su mujer Juani, a la puerta de la fábrica para defender el empleo de su hijo, soldador de Aemsa

Por:Javier Esturillo
Rafael Zamora flanqueado por sus padres Rafael y Juani. Foto: Javier Esturillo

Cuando Rafael Zamora Reyes empezó a luchar por el pan de su familia, su hijo Rafael todavía no había nacido. Era octubre de 1977 y Rafael, junto a otros cientos de compañeros de Santana Motor, inició un paro indefinido para reclamar mejoras salariales ante el deterioro del poder adquisitivo. La empresa respondió con un cierre patronal que clausuró la factoría y extendió la crisis por toda la comarca.

Fue el primero de una larga lista de conflictos laborales que marcaron la historia de Santana: 1984, 1994, 2001, 2005 y, finalmente, 2011, el año en que la fábrica dejó de producir coches para siempre.

De todos ellos, el de 1994 fue el más duro. Meses de huelgas y manifestaciones bajo un grito que todavía forma parte de la memoria colectiva de Linares: «2.400, ni uno menos».

Juani Jiménez estaba allí. Megáfono en mano, era una de las voces que más fuerte repetía aquella consigna. No era una espectadora de las protestas. Era parte de ellas. Mientras Rafael defendía el futuro de su puesto de trabajo, ella compartía en primera persona la incertidumbre de una familia cuyo sustento dependía de aquella fábrica.

Juani, con el megáfono, en una de las muchas protestas durante la crisis de Santana de 1994. Foto: Cedida

Los dos han vuelto a la misma puerta, pero ahora para defender el pan y el futuro de su hijo, Rafael. Es uno de los 69 trabajadores afectados por el Expediente de Regulación de Empleo (ERE) planteado por Aemsa Santanta, empresa de estructuras metálicas y torres eólicas integrada en el grupo Windar Renovables, que se ubica en el recinto. Es soldador de la planta desde hace veinte años.

Padre e hijo llegaron a coincidir en la fábrica cuando Santana puso en marcha el plan de diversificación industrial y Rafael pasó a trabajar en las torres eólicas.

Juani conoce bien esas instalaciones y a muchos de quienes trabajan allí. Por eso, ella y su marino, no están dispuestos a rendirse. «Vamos a seguir luchando, no nos cansaremos», cuenta Rafael padre, quien entró en Santana con apenas veinte años y fue uno de los dos últimos en marcharse, en 2012. Cinco años después pasó a Aemsa, donde llegaron a trabajar juntos alrededor de treinta antiguos empleados de la factoría automovilística.

Lo que más le duele a los padres y al hijo es la sensación de estar solos. Recuerda las marchas del 94 y cuando la Plaza del Ayuntamiento se llenó de gente para arropar a los trabajadores. Lo compara con lo que ve ahora y se le cae el alma al sueño: solo los empleados de Aemsa en la puerta de la fábrica, sin la ciudad detrás. «Parece que a nadie de Linares le duele esto», lamenta. «Hay 69 familias pendientes de un hilo», recuerda.

Juani escucha y asiente. Ella sabe lo que significa ver cómo una familia pone en juego su futuro cuando desaparece el trabajo. Lo vivió entonces y lo vuelve a vivir estos días, aunque esta vez sea su hijo quien está en el centro de la incertidumbre.

No falta a las concentraciones cuando puede. Habla con los trabajadores, acompaña a Rafael y permanece junto a él en la puerta de la fábrica durante la pausa del bocadillo. La misma puerta en la que, décadas atrás, también levantó la voz.

La propuesta de la empresa de recolocar a la plantilla fuera de Linares tampoco convence a las familias. Rafael calcula que, de los 69 afectados, no llegarían a diez los que aceptarían marcharse. La plantilla es mayor, tiene hijos escolarizados en la ciudad y una vida hecha aquí.

Pero hay algo que le duele todavía más que el cierre. En México, Brasil o la India, donde llegaron a trabajar y hasta recibieron un homenaje, asegura que nunca les faltaron al respeto. Aquí, en su propia tierra, sienten que sobran.

Juani sigue al lado de su hijo. Como estuvo al lado de su marido hace décadas. Entonces peleaba por el pan de su familia. Ahora pelea por el de la siguiente generación. Es la misma historia contada dos veces, con los mismos gritos y la misma gente, treinta años después.

Fotos: Javier Esturillo

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