A lo largo de esta legislatura «trágica», los españoles nos hemos acercado a la actualidad desde la más absoluta perplejidad, impactados por la gravedad de unas noticias que, por su propia naturaleza, han removido entrañas y despertado conciencias. Cada una de esas noticias ha venido invariablemente acompañada de un relato. A veces, con «alarmante» sincronía y unidad de mensaje entre el poder y los medios de comunicación.
Cuando el relato no ha cuajado suficientemente, la reacción habitual de estos perfiles «válidos para nada» que nos gobiernan ha sido emprender una huida hacia delante, activar cortafuegos, señalar cabezas de turco y generar otras noticias para desviar rápidamente el foco del asunto. Han tratado de ganar así el tiempo y el espacio necesarios para crear nuevas circunstancias, reformular el relato y volver a empezar o, simplemente, para que la gente se olvide.
Es una burla «insoportable». Además, el impacto acumulado de las trampas, traiciones y tragedias sobre el ánimo de los españoles nos ha obligado ya a levantar un escudo frente al «infame» condicionamiento de los relatos y a blandir una espada frente a esos hilos de la indignidad con los que pretenden dirigir nuestra atención hacia las cuestiones que mejor interesan a quien los mueve.
A los efectos del condicionamiento y la manipulación cabe añadir esa inquietante percepción de que la actualidad es, no ya inabarcable, sino paradójica y convenientemente indescifrable, oculta entre los datos abiertos y descubiertos, la información pública y publicada y los relatos construidos y desmentidos. En efecto, vivimos tiempos confusos. De cuanto acontece se desprende una certeza, que es la falta de correspondencia entre la realidad aparente que se nos presenta, el relato que la acompaña y la realidad misma.
La realidad aparente es siempre un rompecabezas incompleto, mientras que el relato que la acompaña es la envolvente tendenciosa con la que se busca desviar la atención de las piezas que faltan por colocar y justificar, disimular u ocultar esos huecos tan inconvenientes que todavía faltan para la completa resolución del caso. Es de primero de sanchismo y, si no, que le pregunten a Óscar Puente.
La realidad plena, en cambio, es ese rompecabezas ya resuelto al que todavía no hemos llegado y que el tremendo caos que los de siempre han organizado con las piezas pretende elevar a la categoría de un ideal inalcanzable.
En el relato que acompaña a la tragedia de Urda, se ha señalado inmediatamente a un controlador de Adif, atribuyéndole un error «inexplicable», y luego se han deslizado a un medio afín unos audios, con la intención de acreditar el error y desviar así la atención de la opinión pública sobre causas anteriores en el tiempo, sin las cuales no habría podido darse, no ya ese error concreto, sino la tragedia misma, porque estas señalan responsabilidades que no convienen al poder.
Por ejemplo, la falta de mantenimiento en las infraestructuras críticas del Estado. Aunque también está de fondo ese incómodo elefante en la habitación que es la inclinación de ciertos políticos a dar muestras públicas de su poder y construir al mismo tiempo su propia red clientelar, colocando su cuota parte de incompetentes declarados en puestos de responsabilidad, donde bien valen parejas, familiares, compañeros de farra o compañías de pago; un vicio, el nepotismo, como tantos otros, de los que dan signos tempranos en la vida orgánica de sus partidos, sin que intervenga nadie con mando en plaza. Y, cuando no interviene nadie, estas conductas se legitiman, consolidan y perpetúan.
La actualidad política trata, fundamentalmente, de la relación de hechos conocidos en torno al ejercicio del poder y su periferia, incluyendo las cloacas. Es decir, trata de la actividad de esa inmensa cohorte de los que ya participan activamente en los asuntos públicos y la todavía más numerosa de aspirantes. Pero también de quienes intervienen en tales asuntos facilitando que aquellos hechos u otros relacionados tengan lugar. Por tanto, la actualidad política trata de los hechos de interés general que han sido primero averiguados y luego difundidos, sobre la naturaleza y relación de esos hechos entre sí y con otros no necesariamente políticos.
La política propiamente dicha pierde todo su valor y la posibilidad de ser comprendida si no hay conocimiento pleno de ella, es decir, si no hay averiguación y difusión de la completa relación de hechos que la conforman, que es otra forma de decir que se debe evitar que únicamente sus protagonistas tengan pleno conocimiento de ellos.
Y, siendo esto así y vista la desactivación de los contrapoderes del Estado —porque cada nueva muerte es una tragedia que evoca muertes y tragedias anteriores, en las que esos frenos y contrapesos, de alguna forma, nos han fallado a todos—, la primera obligación hoy de quienes no ejercemos el poder, pero estamos sujetos a él, es vigilarlo de cerca y fiscalizarlo, sin importar su mayor o menor sintonía con las propias convicciones, filiaciones o intereses.
Conocer es un trance necesario, para desactivar el efecto tóxico de los relatos y con carácter previo a la toma de decisiones sobre aquello de lo que se tiene conocimiento. Y la decisión más importante que tenemos hoy delante es la de las urnas.
La fase terminal del sanchismo es ya una ciénaga de crimen, ruina y muerte, pero esto que hemos dejado colectivamente que suceda en España es solo un anticipo de lo que está por venir, de no reaccionar los españoles a tiempo con la contundencia necesaria. Y ese tiempo es ahora. Pero el próximo 29-N no solo vamos a elegir qué nueva mayoría rige el destino de los españoles, sino qué capacidad le otorgamos de reparar el daño, recuperar las instituciones, los servicios públicos y la seguridad para los españoles y restituir la dignidad de la nación.