Crítica | Mi primer Don Juan Tenorio

El magnetismo de Álvaro Vega, la sensibilidad de Cristina Mediero y la dirección de Carlos Aceituno protagonizan una representación que deja huella

Por:Jusepe Cruz
Representación de Don Juan Tenorio en iglesia de Santa Catalina Mártir de Jaén. Foto: Loklaro Entertainment

Andaba yo por las calles de Jaén aquel 31 de octubre, durante un descanso del trabajo, cuando recordé que esa misma noche, en la recién restaurada iglesia de Santa Catalina Mártir, tendría lugar una representación de Don Juan Tenorio, una de esas grandes tradiciones teatrales españolas que cada año regresan coincidiendo con la festividad de Todos los Santos.

Una obra cumbre del Romanticismo español a la que, curiosamente, todavía no había tenido el placer de acercarme. Vaya día para hacerlo.

La propuesta escénica de Loklaro Entertainment suponía todo un reto. Enfrentarse a un espacio tan amplio, con una acústica compleja y una disposición arquitectónica tan particular, era casi como intentar levantar un espectáculo teatral en un parque de atracciones. Sin embargo, Carlos Aceituno supo jugar con las cartas que tenía sobre la mesa y ofrecer una puesta en escena que aprovechaba las posibilidades del lugar, integrando su arquitectura y convirtiéndola en un elemento más al servicio del texto de José Zorrilla.

La primera gran virtud de la dirección de Aceituno fue comprender que no estaba ante un escenario convencional. El público permanecía sentado, pero eso no impedía que la representación se expandiera por toda la iglesia. La amplitud del espacio se convirtió en una suerte de escenario panorámico, donde diferentes zonas del templo adquirían vida propia según lo requería la acción.

Don Juan es un personaje carismático, de esos que, con solo verlo, te dejan prendado. El personaje exige un intérprete capaz de sostener su personalidad, su ingenio y, sobre todo, ese magnetismo que explica buena parte de su leyenda. Álvaro Vega supo dotarlo de carisma, dominando el arte de la palabra y construyendo un Don Juan convincente, seductor y atractivo, que encandiló a doña Ana y doña Inés.

Era imposible no advertir la química entre don Juan y doña Inés, interpretada por Cristina Mediero, desde el primer momento. Lo que sucedía entre ambos personajes trascendía el mero intercambio de palabras. Bastaba observar a doña Inés cuando miraba a Don Juan para comprender que el hechizo estaba surtiendo efecto. En sus ojos podían leerse la fascinación, la inocencia y el desconcierto de alguien que descubre un sentimiento para el que no estaba preparada y que ni siquiera desea experimentar. Había algo en la interpretación de Mediero que resultaba sencillamente extraordinario.

Sería injusto detenernos únicamente en la pareja protagonista. El conjunto del reparto mantuvo un nivel interpretativo sobresaliente. Quisiera destacar especialmente a Ana Galán y, de manera muy particular, a Pedro Jiménez Vallejo. Este último poseía una presencia escénica magnética, de esas que consiguen atraer la mirada incluso cuando no son el centro de la acción. Su sola presencia parecía cargar de electricidad el espacio.

La adaptación y el trabajo actoral permitían que el verso de Zorrilla fluyera con naturalidad, algo especialmente meritorio en un espacio cuyas condiciones acústicas no eran precisamente las más sencillas. Es cierto que, en determinados momentos, el eco de la iglesia hacía que algunas palabras se perdieran. Sin embargo, la intensidad de las interpretaciones conseguía devolverte rápidamente a la historia.

El último acto. Los fantasmas, las apariciones, la muerte, el amor y la redención. Todo aquello que convierte a Don Juan Tenorio en una de las grandes expresiones del Romanticismo español se desplegó ante los espectadores, llevando sus emociones hasta las últimas consecuencias. Romanticismo en estado puro, de ese que convierte el amor en una cuestión de vida o muerte.

Don Juan, acostumbrado a seducir, a conquistar y a convertir a los demás en víctimas de sus encantos, acaba siendo prisionero de su propio hechizo. El mismo amor que había despertado en doña Inés termina transformándolo a él. Cuando terminó la función, no salí simplemente satisfecho de haber visto una buena representación teatral. Salí emocionado, compungido, todavía intentando asimilar lo que acababa de presenciar. Salí flipando, si se me permite la expresión, porque hay espectáculos que uno disfruta y otros que, sin pedir permiso, se quedan contigo.

Nunca había visto Don Juan Tenorio. Aquella noche me acerqué por primera vez a una de las obras fundamentales de nuestra literatura dramática y terminé descubriendo por qué sigue representándose generación tras generación.

Quizá esa sea la mayor virtud de esta propuesta de Carlos Aceituno: conseguir que alguien que llega sin conocer la obra salga completamente encandilado por ella. Porque, al fin y al cabo, ¿qué mejor manera de representar a Don Juan que conseguir seducir también al público?

Aquella noche, en Santa Catalina Mártir, Don Juan no solo conquistó a doña Inés. También consiguió conquistarme a mí.

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