Crítica | ‘La bola negra’: el churreteo después de Lorca

Jusepe Cruz encuentra en la película de la que todo el mundo habla un vínculo entre la forma de contar de Lorca y la mirada de Los Javis sobre personajes convertidos en espectáculo

Por:Jusepe Cruz
Imagen del rodaje de 'La bola negra'. Foto: Movistar Plus+

Siempre he sentido a Lorca como un ente, mirando y observando cómo está el mundo desde que se fue y todo el efecto dominó que sus obras han ido causando. Un ente del que desconocía su personalidad. Por supuesto, algunas de sus obras habían llegado a mí, tanto en papel como en teatro o ficción. Hasta que este año pude ver la obra de Pedro Güido, Federico, y, sinceramente, todo lo que rodeaba a su figura y a su persona comenzó a obsesionarme. Por supuesto, el anuncio del estreno de ‘La bola negra’ no hizo más que avivar aquel fuego.

El segundo largometraje de Javier Ambrossi y Javier Calvo está contado en tres líneas temporales, con un guion escrito por Los Javis y Alberto Conejero —autor de La piedra oscura— y dialogando con las cuatro páginas conservadas de La bola negra, de Lorca.

Ya saben que en mis críticas no me gusta hablar demasiado de la película en sí. Creo que el contexto y todo lo que ha llevado a hacer una pieza audiovisual hacen que la misma se vea de una manera diferente. Por ello, me gustaría hablar del paralelismo entre Los Javis y Lorca.

Lorca era lo que se dice popularmente un churretero. Pensó que sería músico hasta que la escritura le sedujo lo suficiente. Su primer libro no vendió ni una sola copia. Conforme fue cosechando éxito, podemos encontrar una constante en su escritura: el churreteo, el salseo, las historias que todo el mundo sabía y que circulaban por todo el pueblo de Asquerosa —actualmente Valderrubio—. Aquí podemos encontrar un paralelismo evidente entre Lorca y Los Javis.

Los Javis han contado historias que estaban en la prensa rosa, historias de marginados de los que se hablaba mucho, pero sobre los que se contextualizaba poco. Han hecho algo muy parecido a lo que hacía Lorca: coger aquello de lo que hablaba todo el mundo y convertirlo en otra cosa.

Lorca llevó a sus obras una especie de prensa rosa más cañí. ‘Yerma’ estaba inspirada en la primera mujer de su padre, que no podía tener hijos. ‘Doña Rosita la soltera’ bebía de historias familiares, hasta el punto de que algunas de sus primas, después de la publicación de la obra, fingían no estar en casa para evitar que Lorca siguiera sacándoles información. ‘Bodas de sangre’ partía de un crimen que leyó en un periódico. ‘La casa de Bernarda Alba’ estaba relacionada con las vecinas de su tía, que compartían un pozo y sobre cuyas vidas Lorca ponía la oreja para enterarse de todo lo que sucedía en aquella casa. Un churretero profesional.

Lorca no se limitaba a contar el cotilleo. Lo que hacía era convertirlo en tragedia, en poesía y, sobre todo, en humanidad. Cogía aquello que aparentemente pertenecía al ámbito de lo privado y lo convertía en un espejo en el que podía reconocerse todo el mundo.

Los Javis también han construido buena parte de su obra alrededor de personas que ya eran personajes antes de que ellos llegaran. Veneno es quizá el ejemplo más evidente. Cristina Ortiz ya era un personaje público, pero su serie consiguió cambiar la mirada sobre ella y convertir una figura televisiva, muchas veces reducida al espectáculo, en una persona con una historia, unas heridas y una identidad que merecía ser comprendida. La Mesías funciona de una manera parecida: parte de una historia familiar que podría haber quedado reducida al titular, al morbo o al «¿te has enterado de lo de las Flos Mariae?», y decide mirar detrás de él.

Por eso, cuando Los Javis anunciaron que iban a enfrentarse a ‘La bola negra’, aquella conexión me pareció casi inevitable. No solamente porque estuvieran trabajando sobre Lorca, sino porque, de alguna manera, estaban utilizando una herramienta que él ya conocía perfectamente: recuperar una historia que estaba ahí fuera, una historia de la que se podía hablar, y convertirla en algo mucho más grande.

No estamos solamente ante una película sobre Lorca. Estamos ante una película hecha desde una sensibilidad que, en muchos sentidos, entiende perfectamente lo que Lorca hacía. Hablaba de lo oculto, de los marginados, de aquello que la sociedad intentaba esconder. De aquellas personas que vivían su vida en silencio.

Hay algo especialmente poderoso en que una obra inconclusa de Lorca haya terminado convirtiéndose, ochenta años después, en una película como esta. La bola negra no pudo terminarse, al igual que Lorca tampoco pudo terminar su vida. A pesar de eso, su obra siguió creciendo después de su muerte. Por eso La bola negra es una película especialmente importante dentro del cine español actual. Porque consigue coger una historia incompleta de Lorca y utilizarla para hablar de otras muchas historias que también quedaron incompletas.

Ahí es donde vuelvo a aquella imagen del principio. Ese ente observando. Ahora ese ente vaga por toda la película hasta materializarse unos minutos al final. Lorca murió hace casi un siglo, pero sigue apareciendo. En los escenarios, en los libros, en las películas, en quienes lo estudian, en quienes lo interpretan y, ahora, en Los Javis. Quizá ese sea el verdadero efecto dominó del que hablaba al principio. Lorca se fue, pero dejó caer una piedra. Todavía seguimos viendo las ondas que provoca.

Y yo, que hasta hace unos meses solamente conocía a Lorca como ese nombre enorme que aparecía en los libros de literatura, ahora no puedo dejar de preguntarme qué estaría pensando él mientras observa todo esto. Aunque, conociéndolo un poco mejor, probablemente estaría churreteando.

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