Hace un par de años fui a First Dates buscando el amor. No lo encontré allí, pero sí pude levantar la ceja y hacerle un pequeño homenaje a Carlos Sobera haciendo «la pregunta del millón», que premiaría con mi amor a quien la acertase. Ni la muchacha acertó la pregunta, ni había tanto amor, ni a Sobera le hizo tanta gracia.
Años más tarde me lo encontraría sujetando una olla con cara de pocos amigos y representando ‘La comedia de la olla’. La obra me llamó genuinamente la atención y, gracias a mi querido primo, que ante todo es una Wikipedia andante en lo que a literatura se refiere, descubrí que aquello tenía más de dos mil años. La obra fue escrita entre el 197 y el 186 a. C. por Plauto. Si usted no es de curiosidad amplia como mi primo, dirá: «¿Quién es ese Plauto?». Uno que escribía cosas graciosas. No le dé usted más vueltas.
Si la historia les suena de algo, no es casualidad: dieciocho siglos después, Molière cogería esta misma premisa para construir El avaro, que no el Ábalos…
‘La comedia de la olla’ es una representación bastante simpática, divertida y musical que cumple exactamente lo que promete: es una comedia sobre una olla. Los actores se lo pasan bien durante la función y el público participa en algunos momentos, lo que ayuda a mantener el ritmo. En general, funciona y sus dos horas de duración no llegan a hacerse pesadas.
Uno de los elementos que más me llamó la atención fue la escenografía. Sin necesidad de grandes cambios, consiguen convertir el mismo espacio en diferentes casas o localizaciones simplemente girando un banco. Es un recurso sencillo, pero está bien utilizado y demuestra que no siempre hace falta construir medio teatro para que el escenario cambie.

Pero lo que más ganas tenía de ver era el final. Porque el final original no existe. Se perdió. ‘La comedia de la olla’ de Plauto ha llegado hasta nosotros incompleta y, precisamente cuando la historia debería encaminarse hacia su resolución, el texto desaparece. Así que tenía curiosidad por descubrir cómo había decidido esta adaptación solucionar el problema y, sobre todo, si iba a notarse demasiado.
¿Desentona? Pues un poco. Pero cuando llega ese momento quedan apenas diez minutos de función y, después de habernos reído bastante, tampoco era cuestión de ponerse tiquismiquis. Además, la adaptación ha cambiado suficientes elementos de la obra original como para que el problema del final sea casi lo de menos y, en este punto, es donde me resulta más interesante.
Los límites del humor cambian con los años. Lo que en otro momento podía representarse sin demasiados cuestionamientos puede resultarnos hoy incómodo, cuando no directamente inaceptable. Y creo que, por suerte, vamos aprendiendo.
En la obra original, buena parte de la diversión nace de personajes arquetípicos y de situaciones llevadas al extremo, muchos de los cuales siguen funcionando perfectamente aquí. Pero también hay elementos que hoy resultan bastante más difíciles de aceptar. El más evidente es la trama del embarazo de la hija del protagonista, consecuencia de una violación, y el posterior parto, que incluso formaba parte del tramo final de la obra.
Esta adaptación elimina completamente esa historia, por suerte. No porque tengamos que fingir que esas cosas nunca estuvieron en las obras que admiramos, sino precisamente porque podemos cogerlas, entender de dónde vienen y decidir qué queremos seguir contando, pero sin necesidad de hacer mofa de algo tan terrible.
Entonces me viene la pregunta que me hago cada vez más a menudo: ¿Las historias que nos gustan consiguen sobrevivir durante tanto tiempo porque nosotros terminamos haciéndolas nuestras?

Las heredamos, las representamos, las reinterpretamos. Conservamos lo que sigue funcionando, ignoramos lo que ya no nos hace gracia, podándolo, limándolo y cambiándolo hasta conseguir que una historia escrita hace más de dos mil años pueda seguir hablándonos hoy.
Quizá esa sea una de las cosas más interesantes del teatro: que una obra nunca termina de pertenecer a quien la escribió. Cada generación la recibe y decide qué hacer con ella.
Si dentro de otros tres mil años alguien encuentra nuestras historias, seguramente hará exactamente lo mismo con nosotros. Cambiará aquello que hoy nos parece normal, eliminará aquello que le resulte incomprensible y se preguntará, con toda la razón del mundo: «¿Esto es gracioso?».
Por desgracia, no estaremos allí para verlo. Lo que sí podremos seguir viendo es cómo, poco a poco, historias, mitos y leyendas se reformulan y se cuentan de nuevo para que todos podamos disfrutarlas.
Tanto como se disfruta encontrarse un billete de 50 euros en un pantalón que no te ponías desde hace años y poder invitar a tus amigos a unos rebujitos en vuestra caseta preferida, cosa que el protagonista de La comedia de la olla no haría.
Fotos: Jusepe Cruz