Cuatro minutos para salvar a Verónica

"Les estaré siempre agradecida", confiesa la madre de la menor de dos años tras el auxilio prestado por la Policía Local de Linares y los facultativos del Hospital San Agustín

Por:Javier Esturillo
Imagen de recurso de un coche patrulla de la Policía Local de Linares. Foto: Javier Esturillo

Hay días que arrancan con el rumor rutinario de una familia numerosa y terminan grabados a fuego en la memoria. En una casa de Linares, la mañana del martes fue una coreografía de mochilas, desayunos a medio terminar y calcetines perdidos. Tres hermanas de ocho, cuatro y dos años.

Verónica, la pequeña, apenas empezaba a conquistar el mundo de camino a su escuela infantil cuando el destino decidió torcerse. Nada hacía presagiar el quiebro.

Tras una mañana tranquila en casa de los abuelos, con un termómetro que marcaba los 36,4 grados, la normalidad se rompió al caer la tarde. Ocurrió en la Estación Linares-Baeza.

Al sacarla del coche, Verónica empezó a tiritar. Pero no era frío. Fue un temblor que se transformó en convulsión: un cuerpo diminuto que dejaba de responder, labios amoratados y una respiración suspendida en un segundo eterno. El miedo, cuando se posa sobre un hijo, tiene un color preciso: es violeta, es gris, es el color de lo imposible.

El padre la tomó en brazos y corrió hacia la farmacia. En ese cruce, el azar se alineó con la vida: una patrulla de la Policía Local de Linares pasaba por allí. Los agentes comprendieron la gravedad al instante. Colocaron a la pequeña de lado y pidieron una ambulancia, pero el tiempo, cuando el aire no llega, es un animal indomable.

No podía esperar

Decidieron no esperar. Subieron a madre e hija al coche patrulla y enfilaron hacia el Hospital San Agustín. Fueron cuatro minutos. Un abismo que ahora cabe en una frase, pero que entonces pareció una vida entera.

En el trayecto, uno de los policías sostenía a la pequeña mientras trataba de anclar a la madre a la realidad. «Está respirando. Mientras respire, estate tranquila», repetía con esa firmeza que solo da el oficio cuando se mezcla con la ternura. Verónica ardía; su madre, presa del pánico, se enfrentaba a algo que ninguna experiencia previa con sus otras dos hijas le había enseñado a gestionar.

En el servicio de Urgencias del Hospital San Agustín, el equipo ya estaba sobre aviso. La pediatra Elena —a quien la madre describe hoy como «un ángel sin alas»— tomó las riendas con la serenidad del experto. El diagnóstico: una convulsión febril súbita. Un episodio que para la estadística médica es común, pero que para unos padres es el borde del abismo.

Verónica fue estabilizada. Volvió el color, volvió el aire y regresó el llanto que confirma la existencia. Los agentes no se marcharon hasta comprobar que la pequeña estaba fuera de peligro.

«Ellos no pensaron en nada más que en mi hija», relata la madre, Cristina, a este periódico con una gratitud que no cabe en un informe oficial. Tras una noche de vigilancia y aprendizaje acelerado, Verónica ya descansa en casa arropada por sus hermanas.

En Linares, una patrulla que vigilaba una estación terminó custodiando algo mucho más frágil y decisivo que el orden público: la respiración de una niña de dos años. En ese gesto urgente, la ciudad recordó que su tejido más resistente se teje con actos así, donde alguien, simplemente, decide no esperar.

Agradecimiento eterno

“Gracias” —dice— “se me queda pequeño. Gracias a la Policía Local de Linares, porque no dudaron ni un segundo, porque trataron a mi hija como si fuera suya, porque me sostuvieron a mí cuando yo me derrumbaba. No se fueron del hospital hasta verla estable. Eso no se olvida”.

Y gracias también, insiste, al equipo sanitario del Hospital de San Agustín. “A la pediatra Elena y a todos los profesionales que estuvieron allí. Nos trataron con un mimo y una claridad que te devuelven la calma cuando crees que la has perdido para siempre. Nos explicaron todo, nos enseñaron cómo actuar si vuelve a ocurrir. Nos dieron seguridad”.

Cristina habla ahora con la serenidad que deja el miedo superado. Su hija duerme en casa, vigilada y abrazada por sus hermanas. Y en esa escena doméstica, tan sencilla, cabe una certeza: hay gestos que salvan vidas y otros que, además, reparan el alma. A ambos, Policía Local y sanitarios, su familia les guarda desde hoy un lugar permanente en la memoria.

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