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Redacción

Editorial | Puertas giratorias

La expresión puertas giratorias está instalada en nuestro debate político con la misma soltura con que se manejan toneladas de tópicos que sirven para despachar un debate sin haber entrado en él. Porque, cuando hablamos de puertas giratorias, el común de los mortales piensa automáticamente en el político que, al cesar en su puesto, pasa a la actividad privada y se vale de su anterior responsabilidad y sus contactos para sacar ventajas de algún tipo.

Partidos como Ciudadanos y Unidas Podemos nacieron para renovar la política española. En febrero de 2017, el entonces presidente de la formación naranja, Albert Rivera, se mostró dispuesto a negociar con Pablo Iglesias -del partido morado- para tratar de endurecer las puertas giratorias, especialmente de PP y PSOE con las compañías eléctricas.

Hoy en día, ninguno de los dos sigue en la actividad política, Rivera acaba de abandonar el bufete de abogados de Martínez-Echevarría e Iglesias compagina su labor de tertuliano con la dirección del posdcat ‘La Base’, un programa de análisis, contrainformación y actualidad política del diario digital Público.

En el ámbito local, las puertas giratorias también existen. El pasado 24 de marzo, el pleno del Ayuntamiento de Linares aceptaba la renuncia de Noelia Justicia como concejal de Economía y Hacienda, tras su dimisión un mes antes.

En su despedida, la también portavoz de Cs ya avanzó a los presentes que «volvía a la empresa privada», y su destino ha sido MLC (Martín López Carburantes), como directora del departamento de Luz y Gas, según confirman a este periódico fuentes de la propia compañía. En su nuevo puesto, todos imaginamos, que «seguirá trabajando por esta ciudad», tal y como afirmó en la sesión plenaria.

Nadie puede estar en contra de estas puertas. Nadie puede oponerse a que los profesionales de la empresa privada dediquen un tiempo de su preparación y de su talento a las exigencias de la política, como a nadie puede parecerle mal que, cuando un político ha volcado lo «mejor» de su vida en la acción pública, decida, por voluntad propia o invitación de los votantes y de su partido, brindar sus servicios, sus conocimientos (¡y sus contactos!) al mundo de la empresa.

Sin embargo, resulta cuanto menos curioso que una persona que ha cuestionado las puertas giratorias en el ojo ajeno, no las vea en el propio, sobre todo cuando hace menos de un año criticaba en su cuenta de Twitter al socialista Antonio Miguel Carmona por su fichaje por Iberdrola.

Asimismo, aseguraba en rueda de prensa, a cuenta de la salida de Cilu del equipo de Gobierno: «Tenemos muy claro que no vamos a abandonar a la ciudad de Linares. Nosotros vamos a seguir trabajando al 150 por cien por nuestros autónomos, nuestros jóvenes, nuestros niños y por esta ciudad, tan maravillosa y que se ha caracterizado por su afán de resistencia», defendía entonces para añadir acto seguido: «En Ciudadanos lo tenemos muy claro, el que no quiera trabajar por la ciudad, que se baje del barco». Ella se bajó en febrero para evitar a toda costa la moción de censura del PSOE e IU, que, por otro lado, sigue su curso.

Las puertas giratorias siempre existirán, lo saben en todos los partidos. Juan Fernández, exalcalde socialista de la ciudad, enumeró hace un par de semanas a antiguos compañeros de partido en Linares que, en la actualidad, trabajan o desempeñan algún cargo en la Diputación. No son pocos.

Y esto nos lleva a otro aspecto del problema, la actitud de los propios partidos ante este tipo de situaciones. Las lagunas que se escapan al derecho ante vulneraciones de esta naturaleza podrían ser cubiertas por ellos en su código ético. No en vano, estas prácticas constituyen una de las principales fuentes de la actual desconfianza en la política.

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