Hay partidos que valen un ascenso y otros que, además, sirven para cerrar heridas que el tiempo dejó abiertas. El de este domingo en Linarejos pertenece a esa segunda categoría. El CD Extremadura se juega el salto a Primera Federación, pero también algo más difícil de explicar: la sensación de que el fútbol, a veces, acaba devolviendo lo que un día arrebató.
En Almendralejo lo saben bien. Se cumplen 53 años de aquel 27 de mayo de 1973 en el que el Linares celebró en el Francisco de la Hera el primero de sus ascensos a Segunda División. Más de tres mil aficionados azulillos viajaron entonces para conquistar la gloria ante un Extremadura hundido deportiva e institucionalmente, ya descendido y sin nada en juego. La imagen quedó grabada en la memoria de varias generaciones: las banderas azules invadiendo el césped, la fiesta visitante en territorio ajeno y la amarga resignación de una afición que tuvo que contemplar cómo otro tocaba el cielo en su casa.
El último capítulo de esta temporada sitúa al Extremadura en Linarejos, dependiendo de sí mismo para ascender a la categoría de bronce del fútbol español. Cuatro años después de su refundación, el club azulgrana está a una sola victoria de completar un ascenso que hace no tanto parecía una quimera. Sería el cuarto consecutivo. Una escalada meteórica construida entre cicatrices recientes, supervivencia y una afición que nunca terminó de marcharse del todo.
La ciudad vive el encuentro como un acontecimiento histórico. Cerca de un millar de seguidores azulgranas se desplazarán hasta Linares entre quienes consiguieron entrada en la zona visitante, los que han encontrado localidades por vías particulares y los que viajarán sin billete, aferrados a la esperanza de ver el partido desde cualquier rincón posible de un estadio todavía en obras. No será una invasión como la de 1973, pero sí una demostración de fe colectiva.
El equipo de David Rocha llega además en el mejor momento del curso. La remontada ante La Unión disparó la moral de un vestuario que transmite la sensación de haber aprendido a sobrevivir a cualquier escenario. El Extremadura ha construido su candidatura desde la resistencia: un equipo difícil de derribar, emocionalmente fuerte y convencido de que el ascenso no puede escaparse ahora.
Las cuentas son claras. Ganar significa subir. Hay combinaciones que permitirían celebrar incluso con empate o derrota, siempre pendientes de los tropiezos de Deportiva Minera y Águilas, pero nadie en Almendralejo quiere mirar otros marcadores. Tampoco su entrenador.
El técnico del Extremadura, David Rocha, fue tajante en la previa. No cree que el ascenso vaya a decidirse por concesiones ajenas. “Vamos a ir a ganarlo”, resumió. El técnico extremeño contará además con toda la plantilla disponible, un lujo poco habitual a estas alturas del calendario y una señal más de que el equipo ha llegado entero al momento decisivo.
Enfrente estará un Linares ya salvado, sin urgencias y sin presión. Precisamente ahí reside parte de la incertidumbre. Los equipos liberados suelen convertirse en rivales imprevisibles. Miguel de la Fuente podría repartir minutos entre jugadores menos habituales, aunque nadie espera regalos en Linarejos. Y quizá ni siquiera hagan falta.
Porque este domingo hay algo que trasciende el resultado. La propia afición minera recuerda perfectamente lo ocurrido hace más de medio siglo y observa el duelo con una mezcla extraña de competitividad y empatía. Quieren que gane el Linares, naturalmente, pero si el ascenso acaba siendo azulgrana, más de uno entenderá que el fútbol también sabe escribir historias circulares.