El último santuario del barbero artesano en Linares tiene nombre propio

Javier Prados mantiene viva en la peluquería Los Marqueses, en la populosa calle Numancia, una forma de entender el oficio que se resiste a desaparecer

Por:Javier Esturillo
El barbero Javier Prados aplica con precisión la brocha y la espuma durante un afeitado tradicional en su establecimiento de la calle Numancia. Foto: Javier Esturillo

En la calle Numancia de Linares aún sobrevive un ritual que huele a espuma de afeitar, a madera oscura y a tiempo detenido. No es una peluquería al uso. Es una cápsula de memoria. Al cruzar la puerta, el visitante no solo entra en un local: entra en una forma de entender el oficio que resiste, casi a contracorriente, en plena era de lo inmediato.

Las paredes hablan antes que su dueño. Empapeladas con portadas de vinilos y leyendas del rock and roll, convierten cada rincón en un pequeño santuario de la cultura popular. Desde la mirada desafiante de James Dean hasta el tupé inmortal de Elvis Presley, todo remite a una estética que rehúye lo efímero.

Hay matrículas antiguas, carteles en inglés, ilustraciones publicitarias de otro tiempo y placas metálicas que evocan carreteras infinitas y desayunos imposibles. En el fondo, un gran espejo con marco de madera devuelve la escena completa: un espacio donde cada objeto parece colocado para recordar que hubo otra manera de hacer las cosas. Estamos en la peluquería de caballeros Los Marqueses.

Javier Prados regenta desde hace once años la peluquería de caballeros Los Marqueses. Foto: Javier Esturillo

Un cliente espera su turno en silencio mientras su propietario Javier Prados Martínez, concentrado, rasura con navaja la barba de otro. El gesto es preciso, casi ceremonial. La brocha, la espuma, el filo. No hay máquinas aquí que sustituyan la experiencia de la mano. La escena podría pertenecer a otra época, pero ocurre hoy. Natural de Guarromán, custodia ese legado de lo clásico, lo auténtico, lo genuino.

Habla de su oficio con una mezcla de orgullo y melancolía. Lleva once años al frente del negocio, pero la historia del local se remonta mucho más atrás. Antes estuvo Antonio Palacios, durante más de dos décadas. Y antes aún, Paco Galera. En total, cerca de medio siglo de tijeras, navajas y conversaciones. Generaciones enteras del barrio de La Paz, el casco antiguo y la calle Numancia han pasado por estas sillas: niños que llegaron con meses y regresaron para su comunión, su boda…

De aprendiz a maestro

Prados empezó con 14 años, como aprendiz, en Barcelona. Tres años de formación intensiva: academia por la mañana, barbería por la tarde. “Hasta que el maestro me dijo: ya estás preparado”. Aquella frase marcaba entonces el inicio de una carrera. Hoy, sostiene, ese proceso ha desaparecido. “Se ha perdido el aprendizaje”, dice sin rodeos. Y con él, buena parte del oficio.

Porque lo que se desvanece no es solo una técnica, sino una filosofía. El corte a peine y tijera, el afeitado a navaja, el perfilado artesanal de la barba. Gestos que requieren tiempo, pulso y experiencia. Frente a eso, la inmediatez de la máquina. «Ahora todo el mundo va igual», resume. La estandarización, impulsada por las redes sociales y las modas virales, ha impuesto un catálogo de estilos replicables. «El cliente joven llega con una foto en el móvil y una idea fija: quiere ese corte, no otro. Aunque no le favorezca», dice resignado Javier.

En ese punto emerge la diferencia entre ejecutar y saber. «No todo el mundo tiene la misma cara, ni el mismo pelo», explica. Su trabajo, insiste, no es copiar, sino mejorar la imagen del cliente. Adaptar. Recomendar. Ahí es donde el barbero —no solo peluquero— reivindica su lugar.

Foto: Javier Esturillo

Clientela fiel

El contraste con el nuevo modelo de negocio es evidente. Barberías de rotación rápida, precios bajos, autónomos por horas, empleo precario. «Se está empeorando la calidad del trabajo», advierte. Y, sin embargo, él no ha notado una fuga de clientes. Su clientela, fiel y en buena parte de mediana edad en adelante, sigue ocupando la agenda. También hay niños, porque la tradición, de algún modo, continúa.

En Linares, asegura, apenas quedan dos profesionales que afeiten a navaja. Él es uno. Conserva la brocha, la taza, el jabón. El ritual completo. Un gesto casi anacrónico para los más jóvenes, pero todavía imprescindible para quienes buscan algo más que un resultado rápido: buscan experiencia.

Cuando se le pregunta si es peluquero o barbero, no duda: «Barbero». Porque, en su definición, ahí cabe todo: cortar, afeitar, arreglar, escuchar. Un oficio que no se limita a la técnica, sino que implica una forma de estar frente al otro.

Le quedan unos nueve años para la jubilación. No sabe si alguien recogerá el testigo. En su familia, de momento, no hay relevo claro. Quizá ahí reside la verdadera incertidumbre: no en la competencia ni en las modas, sino en la continuidad.

Mientras tanto, en la calle Numancia, el espejo sigue reflejando la misma escena: una silla ocupada, otra esperando, y un hombre que, tijera en mano, se resiste a que el tiempo pase demasiado deprisa.

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