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Inma Espinilla

Gracias, Maurice Leblanc

Durante el enésimo confinamiento familiar, le regalé a mi sobrino “Arsène Lupin. Caballero ladrón”. Tiene 12 años y, en breve, lo comenzará. A mí me encantaba de niña, pero lo tengo lejano en la memoria. Decidí comprar dos ejemplares, uno para él y otro para mí y, así, lo podremos comentar.

Tengo que reconocer que solo llevo 20 páginas, pero ya estoy totalmente enganchada. Ese ladrón de los mil disfraces, con un gran sentido del humor, con un arte para robar nunca antes visto y un gusto exquisito que le hace despreciar algunas joyas.

Ejemplo de esto es la tarjeta que le dejó al barón Schormann cuando salió de su casa con las manos vacías: “Arsène Lupin, el caballero ladrón, volverá a su casa cuando los muebles de esta mansión sean auténticos”. Tan grande era que, incluso en un guiño a Arthur Conan Doyle, se llegó a enfrentar al gran Scherlock Holmes. Magistral.

Su lectura me ha hecho recordar los libros de mi infancia. Devoraba con avidez los tebeos de Axtérix. Lloraba con Idéfix cada vez que caía un árbol. Gracias a Enid Blyton pude vivir mil aventuras con las colecciones “El club de los siete secretos” y “Los cinco”. Tampoco olvido a la pequeña vampiresa “desdentada”, Ana, hermana de Rüdiger y Lumpi y enamorada de un mortal en “El pequeño vampiro”.

Mi padrino, por su parte, me descubrió nuevos universos con obras que iban desde “El libro secreto de los Gnomos”, un cómic sobre la ópera “La flauta mágica”, volúmenes sobre la mitología china y egipcia, los cuentos de los Hermanos Andersen y, entre otros muchos, hasta un ejemplar sobre viajes astrales para niños llegñi a mi casa. También podría hablar de Roald Dahl, de las aventuras de “El pequeño Nicolás”, el Mago Merlín…. No pararía nunca.

El objetivo era descubrir. Sumergirte en nuevas historias. Conocer nuevas formas de pensar, de ser y de existir. Templarios, misterios, enigmas… Todo estaba ahí. Era fácil llegar. Unas historias te llevaban a otras y, si no estaba en la calle jugando, no se me ocurría otra forma de pasar el tiempo que con un libro entre las manos.

La lectura te hace libre, tanto, que hasta mi hija de cinco años, en medio de una discusión familiar, me razonó, citando a Roald Dahl, que no me podía obedecer sin rechistar porque en su libro “No crezcas nunca” el escritor conminaba a ser revoltoso e intrépido para poder seguir leyendo. Pronunció sus frases de memoria, y yo perdí la batalla. Manos caídas.

Ante tanta pasión e imaginación desbordante, me entristece ver a los grupos de adolescentes enfrascados en las pantallas de sus móviles. Los veo sentados en el banco y la conversación versa sobre instagramers, youtubers y todo tipo de influencers. Eso, si hay conversación.

Alguna vez, a los que tengo más cerca, les he preguntado sobre sus lecturas. Me hablan de “Los crazy haaks”, “Los compas”, “El armario de Chloe” y otras muchas referencias que ni me suenan. Solo me acerco a comprender que muchas de ellas están relacionadas con sus pantallas, buahhh!!!

No dudo de que sean buenas historias, pero sé que no llegan a ser tan buenas cómo lo que leíamos antes, salvo honrosas excepciones, claro está. Así las cosas, entiendo que las nuevas generaciones no estén enganchadas a la literatura. Aunque como las meigas, que haberlas haylas, estoy segura de que hay jóvenes audaces que saben investigar, cruzar los límites y descubrir la magia.

Solo por ellos, merece la pena intentarlo. Qué suerte tuvimos, tuve, de tener a alguien de que me guiase en mis lecturas, de que me allanasen el camino y que me dieran las herramientas para caminar sola y feliz por el maravilloso mundo literario. Qué suerte tuve de que no existieran las pantallas y qué suerte tuve de poder volar.

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