La final de los que tienen dos patrias

Roberto Romero, Fiama, Luz y los argentinos que encontraron su hogar en Linares viven un partido donde el corazón no entiende de fronteras

Por:Javier Esturillo
Calle República Argentina con las imágenes de Roberto Romero, Fiama Gómez y Luz Osmayo.

Antes de que el balón empiece a rodar en Nueva Jersey, cuando el reloj todavía concede unas horas a la espera y las camisetas cuelgan de las sillas de los bares como pequeñas banderas domésticas, hay un hombre en Linares que ya sabe que esta final del Mundial no la puede ganar del todo nadie.

Porque cuando el árbitro esloveno Slavko Vincic señale el comienzo del España-Argentina, Roberto Romero no verá solo un partido. Verá dos vidas enfrentadas sobre el mismo césped.

Nació en La Plata el 11 de junio de 1951. Allí aprendió a jugar al fútbol y allí empezó a soñar con Europa. Pero hace tanto tiempo que llegó a Linares que ya resulta imposible separar una ciudad de la otra. Más de cuatro décadas después, cualquiera que frecuente los campos de fútbol de la provincia lo identifica como uno de los suyos. No hace falta presentar a «el Pibe». Basta con decir Roberto Romero.

Durante años fue imposible recorrer un campo de albero sin encontrárselo. Balones Mikasa, olor a linimento Réflex, humo de puro detrás de la portería y ese entrenador que parecía estar en todas partes al mismo tiempo. Primero como futbolista. Después como segundo entrenador. Más tarde como técnico de equipos de la comarca.

Una vida entera entregada al fútbol, siempre con ese acento argentino que el tiempo nunca consiguió borrar del todo y con un corazón que, poco a poco, aprendió a hablar también en andaluz.

Este domingo volverá a sentirse argentino y, de igual modo, linarense. Y no tendrá que pedir perdón por ninguna de las dos cosas. Porque hay partidos que duran noventa minutos y otros que llevan jugándose toda una vida.

La historia de Roberto es también la de una ciudad que, casi sin darse cuenta, fue estrechando lazos con Argentina. Cuando aterrizó en España en 1974 para jugar en el Real Burgos, difícilmente podía imaginar que acabaría echando raíces a miles de kilómetros del lugar donde había nacido. Tras pasar por el Logroñés y el Algeciras, recaló en Linares en la temporada 1980-81, la del histórico estreno del club en Segunda División.

Aquel equipo todavía vive en la memoria de muchos aficionados. Era el Linares de las tardes inolvidables, de los desplazamientos multitudinarios y de una ciudad que descubría que podía mirar de frente al fútbol profesional.

En aquel vestuario había otro argentino, Horacio Agostinelli. Los dos habían nacido en La Plata con apenas un año de diferencia. Sus caminos se cruzaron al otro lado del Atlántico sin sospechar que uno de ellos convertiría Linares en su hogar definitivo. Agostinelli siguió su camino. Roberto decidió quedarse.

Se casó aquí. Aquí nacieron sus hijos. Aquí encontró un lugar al que llamar casa mucho después de colgar las botas. Por eso el homenaje que recibió en el anexo de Linarejos, antes del partido entre el filial azulillo y el Ibros, emocionó mucho más allá del protocolo. No se reconocía únicamente al antiguo futbolista. Se homenajeaba a un hombre que ayudó a construir el fútbol modesto de toda una comarca.

Hay reconocimientos que llegan por los títulos. Y otros que llegan porque una ciudad acaba sintiendo que alguien forma parte de su paisaje. Una tradición que sigue viva. La historia de los argentinos en el fútbol linarense no terminó con Roberto Romero.

Con los años fueron llegando otros jugadores procedentes del otro lado del océano. Algunos dejaron grandes recuerdos. Otros apenas permanecieron una temporada. Todos añadieron un pequeño capítulo a una relación que ha sobrevivido a ascensos, descensos, desapariciones y refundaciones del club. Son los casos, por ejemplo, Luciano «Lucho» Álvarez, Matías No Garbarino o Santiago «Santy» Müller.

La última página acaba de escribirse este verano. Tommy Montenegro, delantero bonaerense procedente del Salerm Puente Genil, se ha convertido en el nuevo representante de esa tradición. Sus más de 390 partidos oficiales y 168 goles hablan de un delantero curtido en mil batallas que ahora buscará prolongar en Linarejos una historia que comenzó mucho antes de que él naciera.

Quizá sea una simple casualidad. O quizá el fútbol, como la vida, tenga una manera muy particular de unir lugares separados por diez mil kilómetros. Un viaje de ida… y otro de vuelta.

Diáspora de españoles y linarenses a Argentina

Pero esta historia no empezó con la llegada de argentinos a Linares. Comenzó mucho antes, cuando fueron los linarenses quienes hicieron las maletas para cruzar el Atlántico.

A finales del siglo XIX y durante buena parte de la primera mitad del XX, Argentina representó una promesa para miles de familias españolas. También para muchas de esta ciudad minera, golpeada por las crisis económicas, el desempleo y, más tarde, por las heridas de la Guerra Civil.

Buenos Aires, Rosario o Córdoba se convirtieron en el destino de hombres y mujeres que buscaban un trabajo, una oportunidad y una vida que aquí parecía imposible. Muchos linarenses emprendieron aquel viaje con una maleta sencilla y la esperanza de empezar de nuevo al otro lado del océano. Algunos regresaron años después con el acento ligeramente cambiado y una memoria llena de historias. Otros nunca volvieron.

Sus hijos y sus nietos siguen viviendo hoy en Argentina. En Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mendoza todavía permanecen apellidos que recuerdan aquel vínculo con Linares. Quizá por eso esta final del Mundial despierta una emoción diferente en esta ciudad. Porque Argentina no es un país lejano.

Es un lugar donde muchos vecinos tuvieron un hermano, un tío, un abuelo o un amigo. Un territorio que durante décadas fue refugio para quienes necesitaban encontrar un futuro cuando aquí el horizonte se había cerrado.

Argentinos en Linares

La historia, caprichosa, ha querido devolver ahora aquel viaje. Si hace un siglo eran los linarenses quienes buscaban una oportunidad en Argentina, hoy son argentinos quienes encuentran en Linares un lugar donde construir la suya.

Es el mismo puente. Solo ha cambiado el sentido del viaje. La otra Argentina de Linares. Mientras el fútbol escribía ese vínculo, la ciudad también cambiaba fuera de los estadios. Los datos del padrón municipal dibujan una evolución silenciosa, pero constante. En 2022 vivían oficialmente en Linares 27 ciudadanos argentinos. Un año después eran 37. En 2024 alcanzaron los 40. El mayor crecimiento llegó en 2025, cuando la comunidad aumentó hasta las 51 personas. La cifra permanece estable durante este 2026.

En menos de cuatro años, la colonia argentina prácticamente se ha duplicado. Detrás de esa estadística no hay números. Hay historias. Como la de Luzmina Osmayo. El corazón entiende de dos patrias. Todo el mundo la conoce como Luz. Nació en Perú, pero apenas era jovencita cuando se instaló en Buenos Aires. Allí vivió más de tres décadas. Allí siguen viviendo sus hijos. Allí construyó buena parte de su vida.

Hoy trabaja entre las provincias de Granada y Jaén y pasa largas temporadas en el piso que su hermano tiene en Linares. Posee la nacionalidad argentina y habla de Buenos Aires con la naturalidad con la que otros hablan de su barrio. Pero España también ocupa un lugar importante en su vida. Dice sentirse profundamente agradecida a Andalucía porque aquí encontró una oportunidad profesional y un futuro mejor para su familia.

Cuando habla de la final no hay rastro de enfrentamiento. Explica que, para muchos argentinos, el verdadero partido emocional del Mundial fue la semifinal frente a Inglaterra, por todo el peso histórico que todavía arrastra ese duelo. Lo de España, asegura, es diferente. «Es un partido súper lindo», apostilla.

Así, sin dramatismos. Quiere que gane la selección de Lionel Scaloni. Sería extraño que no fuera así. Pero sonríe mientras admite que tampoco sufriría viendo levantar la Copa del Mundo a Luis de la Fuente, Lamine Yamal y el resto de futbolistas españoles. Porque, dice, son dos pueblos que tienen muchas más cosas que los unen que las que los separan.

Nuevas generaciones

La historia argentina de Linares no solo vive en los recuerdos de quienes llegaron hace décadas. También se escribe en presente con personas que han cruzado el Atlántico en los últimos años y han descubierto en esta ciudad un lugar al que llamar hogar.

Fiama Gómez, conocida en Linares como Fiami, llegó desde Rosario, en la provincia argentina de Santa Fe, hace dos años y medio. Se dedica a las redes sociales y a la creación de contenido, una profesión que le ha permitido mantener un vínculo constante con el mundo mientras construía una nueva vida lejos de su tierra natal. «En Linares me siento como en casa», explica a este periódico.

Sabe que no es Rosario. Que los paisajes, las calles y las distancias son diferentes. Pero asegura que ha encontrado algo que para ella tiene un valor enorme: la cercanía de sus vecinos.

Habla de una ciudad «cálida», de personas «amables» y de una forma de relacionarse que le llamó la atención desde el primer día. Le sorprende especialmente cómo los pequeños comercios se apoyan entre ellos, cómo existe una voluntad de ayudarse para crecer juntos y cómo ese espíritu se percibe en la vida cotidiana. «Linares tiene algo que otras ciudades no tienen», afirma.

También vivirá la final del Mundial con esa mezcla de emociones que acompaña a quienes tienen el corazón repartido entre dos lugares. No se atreve a pronosticar un ganador. «Se puede esperar cualquier cosa», dice sobre el España-Argentina. Recuerda que ambas selecciones llegan con argumentos suficientes para levantar la Copa del Mundo y que en un torneo como este cualquier detalle puede cambiarlo todo.

Un equipo puede dominar una parte del encuentro y ver cómo la historia cambia en la siguiente. «Los que estuvimos viendo el Mundial ya sabemos que hasta los últimos segundos todo puede cambiar», apunta.

Para Fiama, más allá del resultado, esta final ya tiene un significado especial. Porque enfrenta a dos selecciones que millones de personas llevaban años esperando ver luchar por el título. «Gane quien gane, es una final que muchos llevaban años soñando».

Una frase que resume también la historia de quienes, como ella, viven entre dos orillas y han aprendido que pertenecer a un lugar no siempre significa haber nacido allí.

Una calle que también juega la final

En el callejero de Linares existe una calle República Argentina. Cada jornada la recorren vecinos camino del trabajo, comerciantes que levantan la persiana o familias que regresan a casa sin reparar demasiado en el nombre de la placa azul. Este domingo, sin embargo, esa calle parecerá tener algo distinto.

Como si durante unas horas el océano que separa ambos países se encogiera hasta caber entre dos aceras. El fútbol como lugar de encuentro. Resulta tentador reducir la final a un duelo entre Messi y Lamine Yamal. Entre la campeona del mundo y la campeona de Europa. Entre dos formas de entender el fútbol que llevan años maravillando al planeta.

España y Argentina se enfrentarán este domingo por el título mundial después de completar un torneo brillante que las ha llevado hasta el último partido. Pero en Linares el encuentro tiene otra lectura. Aquí la final también se jugará en los recuerdos de Roberto Romero. En la emoción contenida de Luz y de Fiama.

En los 51 argentinos que hoy viven oficialmente en la ciudad. En quienes llegaron hace décadas con una maleta y acabaron encontrando un hogar. Cuando el árbitro señale el final de la Copa del Mundo, España o Argentina levantarán el trofeo.

Pero en Linares nadie habrá perdido del todo. Ganará Roberto Romero, que hace mucho dejó de pertenecer a un solo país. Ganará Luz, agradecida a la tierra que la acogió sin olvidar aquella en la que crecieron sus hijos, al igual que Fiama que da sus primeros pasos profesionales. Ganarán los argentinos que hoy llaman hogar a esta ciudad.

Y, de alguna manera, también ganarán aquellos linarenses que hace un siglo emprendieron el camino inverso con un pasaje de barco y la esperanza de encontrar en Argentina la vida que España todavía no podía ofrecerles.

Las finales duran noventa minutos. Los vínculos entre dos pueblos pueden durar generaciones. Quizá por eso, cuando el balón eche a rodar, Linares no verá un España-Argentina. Verá dos orillas del mismo océano abrazándose a través del fútbol.

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