Desde mi punto de vista, estamos jodidos. El cine se ha convertido cada vez más en una experiencia. La gente, en general, como concepto de grupo de personas, no va al cine por aburrimiento. Ir al cine supone un acto de disfrute, de vivir un evento. La gente es más selectiva. Ya no se trata de meterse a ver cualquier película: vas directo a un gran evento. Avatar, Barbenheimer o el nuevo crossover con todos los personajes que puedan y más de Marvel. Si no vas a estas citas, corres el riesgo de comerte un spoiler y no poder disfrutar correctamente de todo el contenido y el infodumping que te ofrecen nuestras queridas plataformas sociales.
Mientras tanto, las series están viviendo su mejor momento. Están en su “prime”, como dicen los chavales. Según la CNMC, el 65,7 % de los hogares utiliza alguna plataforma de streaming. Pero no es oro todo lo que reluce. Los usuarios ya no se quedan fijos pagando una suscripción durante mucho tiempo: van rotando. Un par de meses pagan Netflix, ven lo que quieren ver, se dan de baja y, al mes siguiente, se dan de alta en HBO. Y así, la rueda del capitalismo del streaming vuelve a girar con el sudor de nuestro dinero digital.
Por lo tanto, con estos datos podemos tener clara una cosa: estamos en crisis. En una crisis del modelo tradicional de distribución y consumo. La gente quiere y sigue queriendo historias. Lo que no está dispuesta es a pagar, mucho, por ellas.
En medio de la tormenta, soportando el tifón de internet, está el teatro. El teatro, que siempre ha estado a su rollo, viéndolas pasar y aguantando vientos y tempestades, ahora está resurgiendo. Según el Ministerio de Cultura, el 24,7 % de la población declaró haber ido al teatro durante el último año, la cifra más alta de la serie histórica de esa encuesta. Además, el 47,1 % asistió a algún espectáculo de artes escénicas o musical.
Pero, ojo, no nos engañemos, porque a estos datos les pasa lo mismo que a aquel viejo microondas que solamente los miembros de tu casa saben que funciona y que no está roto. No, es que tiene truco.
Estos datos indican que el teatro está cada vez más polarizado. Los grandes musicales, los monólogos de cómicos conocidos, los espectáculos familiares y ciertos nombres muy concretos pueden llenar salas; mientras tanto, muchas compañías pequeñas siguen teniendo enormes dificultades para atraer público. Es perfectamente posible que suba el número total de personas que van al teatro y que, al mismo tiempo, a una compañía concreta le cueste cada vez más llenar cien butacas.
Teniendo clara esta fotografía general, he sentido la necesidad, en lo más profundo de mi ser, de descubrir y ver ciertas obras que no había tenido la oportunidad de visualizar. Algunas las he podido ver en persona, otras en la Teatroteca (una plataforma para ver teatro en español de forma gratuita que recomiendo bastante) y otras, en versiones hechas de forma… bueno, digamos que curiosa.
Este fue el caso de Shrek, el musical, que se realizó en Jaén, en el Teatro Darymedia, de la mano de ESADLAE, un centro de formación y creación multidisciplinar. El resultado es el que se espera dentro de estos parámetros. Yo me lo pasé bastante bien y me eché unas risas. Tras visualizarlo, reflexioné sobre este musical.
La historia del ogro verde en Broadway es más curiosa de lo que parece. Viajemos en el tiempo a 2008, cuando, tras una fase de pruebas en Seattle, el musical debutó en Broadway a finales de ese año. Se consolidó como uno de los musicales más caros de la historia, con un coste de entre 24 y 25 millones de dólares. Debido a este coste, duró poco: unas 400 funciones. Tras esto, llegó al formato doméstico una de las últimas grabaciones y se convirtió en algo que viviría en los servicios de streaming. Aunque estaba quieto, esperando su momento, el musical dio buenos números y, por ello, en 2024 decidieron volver a darle una oportunidad y ponerlo de nuevo en marcha.
Las nuevas funciones serían sin el sindicato de actores. Eso significa pagar menos a los artistas, hacer giras sin derechos laborales y que los productores se llevasen más dinero. Sin fotos promocionales y sin mucha información, a finales de 2024 se abría el telón del musical de Shrek. Aquello parecía un Salón del Manga en Móstoles. El vestuario parecía sacado de un cosplay de la FicZone. Los actores más jóvenes fueron sustituidos por peluches o marionetas. El personaje de Asno, que en la versión original ya lucía un disfraz, ahora llevaba una sudadera gris y le faltaba el cartel de “abrazos gratis”.
Recortaron canciones. Quitaron chistes. Podaron todo lo que pudieron de la obra. Menos el precio de las entradas, eso lo mantuvieron. Tras todo esto, obviamente, se paró la gira. Las quejas fueron tan grandes que hubo reembolsos masivos y tuvieron que posponerla.
Cuando volvieron, parece que la cosa mejoró. El vestuario estaba más currado y las críticas de la gente eran buenas. Alabaron el trabajo de los actores. Parece que Shrek es un material tan bueno que es imposible pararlo, aunque le pongas el presupuesto de una fiesta de fin de curso. Lograron que las canciones brillaran y la gira terminó. He buscado información y no sé nada más sobre esto. Han desaparecido. Parece que, al final, Shrek y el teatro se han convertido en algo comunitario. Algo del pueblo.
Con toda esta parafernalia, la conclusión final es que el cine, las series, los reels y todo este entretenimiento son geniales. Está bien. Pero el teatro, citando a Benito Antonio Martínez Ocasio: “Acho, el teatro es otra cosa”. Si has leído hasta aquí, es importante que compartas esta publicación y, sobre todo, se la pases a la primera persona que se te venga a la cabeza.
Más información en el siguiente vídeo 📹 De Broadway a la RUINA: El musical que casi mata a SHREK (PEOR QUE LO DE SHREK 5)
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