Los templos son lugares sagrados. Lugares reputados e imprescindibles en cualquier recorrido que se precie. El aroma a madera envejecida y el murmullo de conversaciones templadas envuelven al visitante en cuanto cruza el umbral del Chururú Jazz, un refugio fuera del tiempo en la calle Sagunto que respira al compás de una vieja balada de blues.
Manuel acaba de llegar. Hoy cumple 81 años. Es de los de siempre, cliente fiel, de los que han hecho del lugar una costumbre y una patria pequeña. Se mantiene en plena forma. Pide un café y, sin demora, se encamina hacia la reducida biblioteca del local que regenta Melchor Hervás Ramos desde hace 17 años.
Dentro, el tiempo parece diluirse entre muros de un azul profundo, casi melancólico, salpicados de carteles históricos que narran décadas de devoción musical: del Festival de Vitoria-Gasteiz de 1993 a los compases del Jazzaldia donostiarra. Cada marco, iluminado por discretos apliques dorados, custodia la memoria de una cultura viva que encontró en Linares, desde finales de los años ochenta, su trinchera más leal.

Bajo la luz tenue de las lámparas de barra y los reflejos que resbalan sobre la mesa de billar, la vida avanza sin prisa. Manuel lee con absoluta entrega frente al mármol blanco de una mesa redonda, ajeno al suave rumor del fondo, encarnando esa forma de soledad serena que solo los cafés con historia saben ofrecer. A pocos metros, la lona verde del billar espera el siguiente movimiento estratégico entre bolas de colores, un ritual cotidiano tan natural aquí como los torneos de ajedrez que convocan a los habituales.
Detrás de la barra, y también en los rincones más inesperados, se acumula una arqueología de pequeños objetos que hablan por sí solos. Un viejo teléfono gris de disco descansa junto a botellas de licor y una mascota de felpa con gorro navideño, componiendo una escenografía bohemia, fragmentaria y profundamente humana. Es el territorio cotidiano donde los clientes habituales intercambian confidencias y los músicos, de paso o de casa, encuentran cobijo.
La esencia del pub se condensa en la figura del contrabajista que sonríe con complicidad hacia el objetivo, abrazando el imponente mástil de su instrumento de madera noble. Su presencia resume el espíritu del Chururú Jazz: un espacio donde la música en directo no es ornamento ni fondo, sino pulso esencial. Un latido que une generaciones distintas alrededor de una barra, una conversación o una partida que se alarga sin mirar el reloj.





El Chururú abrió sus puertas en 1989. La idea partió del malogrado Antonio Torres, un personaje tan singular como el propio proyecto que imaginó. La apuesta no era menor en una ciudad entonces dominada por otros sonidos, más próximos al rock y al pop de la época. El garito compartía espíritu con otro establecimiento mítico de la provincia, el Chubby Cheek, en la capital. Nacieron casi al mismo tiempo, aunque aquel cerraría sus puertas en 2010.
Hoy, el Chururú conserva intacta la huella de su pasado. Los cuadros, los carteles, la mesa de billar, la barra, el mobiliario… todo parece suspendido en una continuidad que desafía el paso de las décadas. Incluso los clientes forman parte de esa memoria viva, contemporáneos de la propia apertura del lugar. De fondo escucha a Astor Piazzolla, mientras Melchor prepara una copa.
Es un espacio tejido con literatura, historias y melancolía; con bohemios, noctámbulos, crápulas y almas que buscan un refugio sin exigencias. También con una nueva hornada de jóvenes que han encontrado en él un punto de referencia donde no solo se viene a beber, sino a quedarse.



El icónico torneo de ajedrez
Hace un par semanas la vibrante atmósfera del Chururú Jazz se transformó en un verdadero santuario del tablero. La misma luz que habitualmente acaricia las partituras de blues y arranca destellos al metal de los instrumentos iluminó una batalla silenciosa donde el único sonido era el seco restallar de las piezas de madera sobre la cuadrícula y el sutil latido del reloj de competición. El emblemático pub de la calle Sagunto demostró una vez más su condición de dinamizador cultural y social en una cita que unió la pasión por los escaques con la singular bohemia de sus paredes azuladas.
La convocatoria se convirtió en un hermoso ejercicio de convivencia intergeneracional, reuniendo a más de una treintena de participantes de todas las edades. En las mismas mesas de mármol donde se comparte la tertulia diaria, la veteranía de los jugadores más experimentados midió sus fuerzas frente a la audaz frescura de los precoces talentos locales, difuminando cualquier barrera cronológica a través del lenguaje universal del ajedrez.
Tras intensas y reñidas rondas, la clasificación final encumbró en lo más alto a David Carretero Momblant, quien se alzó con la victoria tras un torneo impecable. El segundo puesto fue para Joaquín de la Torre Martínez, demostrando una notable solidez en sus planteamientos estratégicos, mientras que Antonio Torres Conde completó el podio de honor al conquistar una meritoria tercera posición. La jornada clausuró sus tableros dejando en el ambiente el dulce regusto de los jaques compartidos en el corazón de un sitio que es puro patrimonio de Linares.



