Andrés García Tornero

Miau, guau, cua, cua…

¡Ya están aquí!, estimados lectores. Y puedo demostrarlo. Porque el lunes, 23 de febrero, dos amigos me hacían llegar las pruebas: un par de archivos (carteles) que circulan por redes sociales, y cuyo contenido vincula nuestra ciudad a una singular convocatoria. En realidad, dos. Los «therians» están llamados a reunirse, todos juntos y revueltos hasta formar manada, bandada, piara… —según su especie—, primero el 29 de febrero, día tan quimérico como todo lo que envuelve a este tema, a las 18.00 horas, en la zona del monumento al minero —de esto no sabemos si se trata de una broma o de un profundo despiste de agenda y calendario—. La otra convocatoria es para el 7 de marzo, en la Plaza del Ayuntamiento, a las 19:00 horas. ¡Qué ilusión!

Seguramente, para el común de las personas, este asunto quede circunscrito a lo viral por cuanto resulta peculiar, divertido o ridículo, porque tiene, en efecto, una pizca de todo lo anterior. Pero para un servidor, escéptico por el paso de los años, y no tanto por los almanaques ya apilados, sino por lo visto en estas dos últimas décadas —del 11-S a la pandemia—, lo que puñetas sea esto me causa cierto resquemor.

No nos engañemos; esto de ser «therian» no es tan inocuo como lo parece la moda que nos muestran en el escaparate mediático. Y no lo es en la medida en que involucra algo tan delicado —últimamente muy delicado— como la identidad.

Pero para qué andarnos por las ramas, si podemos aportar un ejemplo. Sepan, pues, señores, que el pasado 19 de febrero, el Congreso del Estado de Nuevo León, México, recibía una proposición de ley mediante iniciativa ciudadana, la conocida como Ley Therian (en realidad, Ley de Protocolos de Convivencia Educativa y de Prevención del Bullying en Planteles del Estado). Ley entregada al congreso por un tal Mauricio Castillo Flores, abogado, acompañado de Luis “N”, caballo. O al menos así es como Luis, no menos caballero por eso, se percibe.

La mencionada norma, actualmente en proceso de debate en comisiones y pendiente de aprobación, la Ley Therian, no tiene por objeto que el Estado o específicamente los centros escolares traten a las personas que así lo demanden como animales. Se orienta principalmente a establecer protocolos de convivencia escolar, observatorios ciudadanos y programas para prevenir el acoso escolar, líneas de actuación para docentes y directivos que guíen la intervención ante el hostigamiento y, por supuesto, sanciones para autoridades y personal educativo que se inhiban en una situación de acoso.

Se trataría, pues, de todo un entorno de protección para el «therian», y supondría, además, que una autopercepción, que una subjetividad llevada hasta el extremo de saltar entre diferentes especies, ocupe un lugar concreto en un ordenamiento jurídico.

Ahora bien, ¿con qué nos podríamos encontrar si en un futuro los aspirantes a animales dejan de ser algo anecdótico y amplían su número hasta una proporción imposible de ignorar? La actuación lógica ¿no está ya planteada en el caso de Nuevo León, en México? Primero, la protección legal de unos casos particulares; luego, el trato específico y a la medida que merece una minoría que va en aumento.

Y por último vendrá un baño de realidad. Pero siempre cuando haya marcha atrás. ¿Alguien imagina qué tipo de educación se podría ofrecer a un grupo de alumnos que ladran, rebuznan, etc., durante buena parte de las horas lectivas? ¿Necesitarán baños adaptados, un pipicán, una cuadra, una pared o una farola? ¿Está obligado el docente a rebuznar con ellos, so pena de ser tachado de poco empático si no lo hace? Si el adolescente «therian» está pajizo, se siente indispuesto, le da un amarillo… ¿médico o veterinario?, ¿a quién llamamos?

Crucemos los dedos, porque en esta sociedad de plastilina resulta bastante fácil incrustar cualquier idea. Y el modo en que vemos producirse el fenómeno «therian» —vídeos en redes sociales que de la noche a la mañana obtienen millones de visitas, aparición de los mismos en los informativos y menciones al tema en programas de debate, con expertos postulando que no sería algo tan malo—, todo esto resulta cuanto menos sospechoso por su coherencia forzada y precisión milimétrica. Es, sin duda, una maniobra orientada a la creación de una demanda o necesidad artificial. Sin ir más lejos, un servidor no tenía constancia de que hubiera en Linares alguien que se percibiera como un perro, un gato, una cucaracha… No al menos hasta el domingo, día 22. Pero el lunes, como dije, me remiten dos convocatorias «therians». Dos convocatorias fantasma. Y es que en ninguno de los dos carteles se puede identificar al convocante. Curioso, ¿verdad? Cualquiera diría que es otro caballo de Troya.