A las doce del mediodía, Linares ya está encendida. El sol cae recto, sin filtros, sobre la Avenida de Andalucía y el aire se espesa en esa franja exacta del día en la que la ciudad parece suspenderse entre el movimiento y la pausa. El termómetro roza los 36 grados y el asfalto devuelve un calor que no asciende: empuja desde abajo, como si la tierra respirara fuego.
En el número 36, sin embargo, hay un lugar donde el calor no detiene el pulso. Donde el mediodía no invita a parar, sino a insistir. La Escuela de Combate Sugar Ray abre sus puertas como un refugio extraño: dentro no se huye del esfuerzo, se lo abraza.
El sonido es inmediato. Guantes contra saco. Cuerdas de comba golpeando el suelo. Respiraciones cortas, concentradas. Y la voz de los entrenadores, firme, marcando el ritmo de una disciplina que no entiende de excusas.

Entre ese latido colectivo están Aya Ouguiden e Imane Rechag. Tienen 20 y 21 años. Llegaron desde Marruecos hasta Linares para formarse en la Universidad de Jaén, en la Escuela Politécnica Superior de Linares. Imane estudia Ingeniería de Recursos Energéticos. Aya, Tecnología Minera. Dos trayectorias exigentes, de esas que obligan a sostenerse en la constancia cuando la motivación flaquea.
Quizá por eso el boxeo no fue una elección extraña. Fue una continuación natural. Todo empezó por curiosidad. Un día se detuvieron frente al gimnasio que dirige el exboxeador profesional linarense Esau Castillo Romerio. Miraron dentro. Preguntaron. Dudaron lo justo. Y volvieron. Hasta que entraron. Desde entonces, no han faltado.
Porque el Sugar Ray no es solo un gimnasio. Es un espacio donde la pertenencia no se declara: se construye. Donde nadie pregunta de dónde vienes, sino qué estás dispuesto a aprender. Donde el esfuerzo compartido borra, con una naturalidad casi silenciosa, cualquier frontera previa.

Ese lunes, Imane y Aya son las únicas mujeres del grupo. Entrenan junto a chicos de distintos barrios de Linares y de la comarca. Pero en el gimnasio esa diferencia no existe. Se diluye en la rutina del trabajo: todos hacen lo mismo, todos pasan por los mismos ejercicios, todos reciben las mismas correcciones. No hay concesiones. Tampoco jerarquías invisibles. Solo una idea común: mejorar.
El entrenamiento avanza como una secuencia precisa. Ejercicio y más ejercicio. Sombra. Golpes al saco. Desplazamientos. Trabajo en pareja. Esquivas. El cuerpo entra en un diálogo constante con el cansancio, especialmente bajo este mediodía que parece multiplicar el esfuerzo.
El sudor aparece pronto, inevitable, y convierte cada movimiento en algo más pesado, más consciente. Pero nadie se detiene. Imane, al terminar, se sienta un instante en la esquina del cuadrilátero. Respira despacio. Aya se quita los guantes con cuidado, como si el gesto también formara parte del aprendizaje. Luego hablan. Y lo hacen con una naturalidad que contrasta con la intensidad del entrenamiento.
«Desde que llegamos nos sentimos como en casa. El trato de la gente es sensacional y nos lo pasamos muy bien. Nos sentimos seguras y apreciadas», dice Imane, todavía con la respiración marcada por el esfuerzo. Aya asiente. Y añade una idea que resume lo que el boxeo ha significado para ellas en tan poco tiempo: «El boxeo es un deporte que te ayuda a desarrollar disciplina, respeto y confianza desde el primer día».





No hablan del boxeo como una confrontación, sino como una construcción. Como un lugar donde aprender a sostener el propio cuerpo y, con él, la propia vida. Más allá de la forma física, hablan de valores que se quedan: constancia, autocontrol, valentía, perseverancia, compañerismo. También de algo más íntimo: sentirse capaces. Mientras tanto, el gimnasio sigue vivo.
Esau Castillo observa la clase con la calma de quien entiende lo que ocurre en cada rincón del espacio. Fue boxeador profesional, pero su papel aquí es otro. Más silencioso, más constante. El de alguien que ha hecho del deporte una forma de educación. «Un gimnasio es mucho más que un lugar para entrenar, es un espacio donde se aprende disciplina, respeto y fraternidad. El deporte cambia vidas y construye paz», afirma. Y en su manera de hablar no hay retórica. Hay experiencia.
El Sugar Ray, bautizado en honor al mentor de Esau, Raúl Buendía, funciona como un ecosistema propio. Ni el origen ni la nacionalidad tienen peso dentro. Tampoco la edad. Ni el género. Lo único que estructura la vida del gimnasio es la voluntad de estar allí, de repetir, de insistir.
«Ellas son dos más dentro de la gran familia que formamos en Sugar Ray Linares», explica Esau. «Aquí tenemos alumnos de distintas nacionalidades, niños, mayores, hombres y mujeres. Todos entrenan igual«. Y eso se percibe en cada rincón.
En la forma en que alguien corrige a otro sin imponer. En la manera en que se comparte el agua. En cómo el cansancio no separa, sino que une. El boxeo, lejos de los estereotipos que tantas veces lo han rodeado, aparece aquí como una disciplina de precisión emocional. Un aprendizaje sobre el control, el respeto y la gestión del propio cuerpo.





Tal vez por eso la presencia de Imane y Aya tiene un valor que va más allá del deporte. No porque sean distintas, sino porque demuestran lo contrario: que en un lugar así la diferencia pierde peso frente a la convivencia.
Cuando termina la sesión, el mediodía sigue golpeando fuera con la misma intensidad. Pero dentro del gimnasio queda una sensación distinta, casi opuesta a la calle: la de haber compartido algo que no depende del calor, ni del esfuerzo, ni del cansancio.
Imane y Aya recogen sus cosas. Hablan de la universidad, de la tarde, de lo que viene después. Y antes de salir, se miran un segundo hacia el ring. Como si ya supieran que ese lugar, en mitad del verano abrasador de Linares, también forma parte de su historia.