Hay datos que no necesitan demasiada interpretación. Una concentración en apoyo a Ceuta reúne en Linares a unas 1.700 personas. Una movilización en defensa del ferrocarril, apenas 300. La primera, con una evidente carga política. La segunda, promovida desde la sociedad civil para reclamar algo mucho más cercano y tangible: que Linares-Baeza y el conjunto de la provincia de Jaén no queden definitivamente aislados por ferrocarril.
No se trata de enfrentar una reivindicación con otra. Solidarizarse con el pueblo de Ceuta, empatizar con su sufrimiento y defender sus derechos es legítimo y necesario. Pero también lo es preguntarse por qué una cuestión que afecta directamente al futuro de Linares y de toda la provincia moviliza a tan poca gente. Y eso debería preocuparnos.
Porque hablamos de un servicio público esencial. De un medio de transporte que necesitan los trabajadores, los estudiantes, las familias, las empresas y también quienes no tienen otra alternativa para desplazarse. Hablamos de viajeros y de mercancías. De oportunidades, de empleo, de inversiones y de la capacidad de una provincia para competir en igualdad de condiciones con otros territorios.
La concentración celebrada este sábado en la Estación Linares-Baeza tenía un motivo concreto. No era una protesta abstracta ni una batalla partidista. Las plataformas ferroviarias reclamaban que se garantizasen servicios alternativos durante el cierre temporal de la línea 400, entre Alcázar de San Juan y Cádiz, previsto desde este domingo por las obras de la denominada Autopista Ferroviaria Algeciras-Zaragoza. Pero también exigían algo más profundo: que las conexiones ferroviarias existentes no sigan deteriorándose.
La preocupación no es menor. Renfe ha anunciado autobuses entre Linares-Baeza y Almería, pero las plataformas advierten de que no existe una alternativa desde la estación que permita conectar con otros servicios, como los trenes de Media Distancia en Almuradiel. Es decir, incluso cuando se habla de soluciones, persiste el temor de que los viajeros tengan que asumir las consecuencias de una red cada vez más frágil.
Las reivindicaciones están encima de la mesa. Acabar con los retrasos y las supresiones. Mejorar el mantenimiento de trenes y estaciones. Desdoblar las líneas 400 Alcázar de San Juan-Cádiz y Jaén-Espeluy. Electrificar el corredor Linares-Baeza-Moreda-Granada-Almería. Mantener y ampliar los servicios actuales. Recuperar conexiones con Granada. Reabrir la línea Almendricos-Baza-Guadix. Y paralizar definitivamente el estudio informativo del baipás ferroviario por Montoro.
No son demandas caprichosas. Son reclamaciones relacionadas con la vertebración territorial y con el derecho de una provincia a disponer de unas comunicaciones dignas.
Linares debería entenderlo mejor que nadie. La ciudad llegó a tener seis estaciones de ferrocarril. El tren fue una pieza fundamental de su desarrollo económico, primero ligado a la minería y después a la industria. El ferrocarril no era entonces un elemento accesorio. Formaba parte de la estructura económica de la ciudad y de su conexión con el exterior.
Desde 1992, con la entrada en funcionamiento del AVE, el proceso ha sido el contrario. Linares ha ido perdiendo progresivamente servicios ferroviarios. Y lo ha hecho bajo gobiernos de distinto signo político. PSOE y PP han pasado por las instituciones mientras la provincia veía cómo se debilitaba una infraestructura que debería ser estratégica. Ahora afrontamos otro golpe. La respuesta social ha sido de poco más de 300 personas.
Es decepcionante. También porque una parte importante de quienes acudieron fueron personas mayores. Muchas de ellas llevan años defendiendo el ferrocarril y conocen perfectamente lo que significa perder un servicio: primero se elimina una conexión, después se reduce la frecuencia, más tarde se deteriora la estación y, cuando llega el momento de reaccionar, recuperar aquello que se perdió se convierte en una tarea casi imposible. Lo más preocupante es la escasa presencia de jóvenes.
Quizá no sean conscientes de lo que está en juego. O quizá hemos conseguido convencerles de que el tren es un problema de otros. No lo es. El deterioro de la red ferroviaria que hoy parece afectar sobre todo a quienes tienen que desplazarse por trabajo o por necesidad acabará condicionando también las posibilidades de quienes ahora estudian, buscan empleo o quieren emprender.
Una ciudad sin buenas conexiones pierde oportunidades. Una provincia mal comunicada tiene más dificultades para atraer empresas. Y un territorio que no puede garantizar desplazamientos razonables hacia otros puntos de Andalucía y del Estado parte en desventaja frente a quienes sí disponen de una red ferroviaria moderna, frecuente y competitiva. Eso también debería estar en el debate sobre el futuro de Linares.
Resulta especialmente significativo que una parte de los asistentes a la concentración llegara de otros lugares, entre ellos Granada, Almería y Castilla-La Mancha. Personas que recorrieron kilómetros para defender una infraestructura que también consideran suya. Mientras tanto, muchos de quienes viven aquí prefirieron quedarse en casa.
Desde el sillón, desde el ordenador o en una tertulia de café resulta sencillo lamentar después que Linares pierde servicios, inversiones y oportunidades. Salir a la calle cuesta más. Exige tiempo, compromiso y asumir que la defensa de lo público no puede limitarse a las redes sociales ni a las conversaciones entre amigos.
No se trata de exigir a todo el mundo que participe en todas las movilizaciones. Cada cual decide dónde y cómo expresa sus preocupaciones. Pero sí conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿qué ocurrirá cuando queramos reaccionar y ya no quede nada que defender?
El ferrocarril no es una cuestión del pasado. Tampoco una reivindicación nostálgica de quienes recuerdan aquel Linares atravesado por trenes. Es una infraestructura de futuro. Un tren público, social, sostenible, accesible y de calidad puede ser una herramienta decisiva para una provincia que necesita mejores conexiones para competir y para no quedarse atrás.
Lo que está en juego en Linares-Baeza no es solamente que mañana haya un tren más o un tren menos. Está en juego si las generaciones que vienen tendrán una conexión razonable con Granada, Almería, Córdoba, Sevilla, Madrid y el resto del Estado. Está en juego si las empresas encontrarán un territorio bien comunicado o uno condenado a explicar sus carencias. Está en juego, en definitiva, si Jaén quiere seguir reclamando oportunidades desde la periferia o empieza a exigir las mismas condiciones que otros territorios.
Por eso resulta difícil no sentir cierta tristeza al contemplar una estación con apenas unos cientos de personas cuando el problema que se denuncia afecta a cientos de miles. Quizá todavía estemos a tiempo.
Pero para defender el tren no basta con lamentar cada supresión, cada retraso o cada servicio que desaparece. Hay que defenderlo antes. En la calle. En las instituciones. En los despachos. En los presupuestos. Y, sobre todo, en la conciencia colectiva. Porque un día podemos mirar atrás y descubrir que aquel tren que no fuimos a defender era, precisamente, el último.