A José Diego Soriano Garrido le preocupa lo colectivo. La idea que proyectamos como sociedad sobre lo común es una de las que más pesan en su discurso. El alcalde socialista de Begíjar, comercial de profesión y padre de una niña de 7 años y un niño de 5, habla sin tapujos de cuestiones que otros prefieren guardarse para no incomodar.
Tomó la vara de mando en junio de 2019, en un momento complicado para el pueblo. En enero de 2022 una moción de censura lo apartó del Gobierno municipal, que recuperó casi un año y medio después, en las elecciones locales, con mayoría absoluta.
Su rostro no es el de un político de carrera. Su perfil hasta llegar a la Alcaldía estaba ligado al motor, y en concreto al CD Motonavo, del que es fundador y fue presidente, y que organiza el conocido Festival de la Moto.
Es uno de los cargos públicos más activos de la provincia en redes sociales. Allí da rienda suelta a sus reflexiones sobre la diversidad, la igualdad, lo público, el capitalismo o la capacidad de crear vínculos entre las personas más allá de las pantallas. También sobre la migración, un asunto sobre el que sus mensajes tienen mucha repercusión.
La conversación con El Nuevo Observador tiene lugar en una cafetería de Baeza, en terreno neutral. Soriano da por prácticamente perdida la batalla cultural de la izquierda y sostiene que las redes han borrado la humildad y la conciencia de clase.
Defiende que el algoritmo premia el odio porque el negocio del odio mueve más pasión, y que el reto demográfico no se resuelve desde lo local, sino con municipios que dejen de competir y empiecen a complementarse. Y explica por qué sigue hablando de migración en redes pese a quienes le piden que se centre en su pueblo.
—¿Cuándo llega a la política?
—Llego a la política, primero, porque siempre he tenido conciencia de clase, siempre me ha gustado, siempre me ha preocupado, aunque no había militado nunca. Y llego en un momento en el que Begíjar atraviesa una profunda crisis social en la política local, con el pueblo en permanente conflicto, en las calles, un ambiente feísimo, y yo creía que tenía posibilidades de desatascar esa situación. Me permitieron formar un equipo con el que afrontarla.
Afrontamos las elecciones y empatamos con el que hasta ese momento estaba gobernando, tras una moción de censura realizada en 2017 (PP, IU y PA contra PSOE), dos años antes. Fíjate qué nivel de conflicto político hay en Begíjar, que la última mayoría absoluta fue en 2011. A los pocos meses se descompone el gobierno, porque un concejal se va a los no adscritos y otro dimite. La inestabilidad que tiene Begíjar desde 2011 hasta 2023 es insoportable. En 2019 yo creía que podía poner remedio a eso y lo intenté. Empezamos bien, con un gobierno de coalición con Izquierda Unida que se torció al poco tiempo. A los seis meses de estar gobernando ya vino la pandemia.
Hicimos un gran esfuerzo. Fue una labor increíble del equipo de gobierno, pero la ansiedad de Izquierda Unida, sintiéndose poderosa con un concejal e intentando someter constantemente al gobierno, me hace expulsarlos del gobierno y quitarles la tenencia de alcaldía, asumiendo que a los pocos meses iba a pasar lo que iba a pasar. El día de la lotería, el 22 de diciembre de 2021, me presentan la moción de censura, y se ejecuta el 5 de enero de 2022, día de la cabalgata de Reyes. Ese fue el último año de discordia de la política local, en 2023, la gente ya había probado algo diferente, ya conocía algo diferente, y nos dio plenamente su confianza para hacernos cargo del desarrollo del municipio.
Cuando expulsé del Gobierno a la concejala de Izquierda Unida, por pérdida total y absoluta de confianza y por falta de cooperación, era inevitable que a los muy pocos meses me hicieran la moción de censura. Vaya por delante mi enorme y tremendo respeto a una formación como Izquierda Unida, con la que comparto muchas cosas a nivel ideológico, no así a los directivos locales de Begíjar, que merecen todo mi desprecio político y el de Begíjar.
La crispación local acaba, en las elecciones de 2023, con la desaparición de Izquierda Unida, como es normal, y con un gobierno de estabilidad, que ya lleva tres años, en el que creo que Begíjar está destacando por encima de muchos municipios de su tamaño, ahora sí, y por fin, por cosas buenas. Desde fuera se nota, desde fuera se palpa y, desde luego, la gente de Begíjar también lo nota.
—Habla de conciencia de clase. ¿A qué se refiere exactamente?
—Hay un problema hoy, octubre de 2026. Con la llegada de las redes sociales, en las que todo es perfecto, en las que los vídeos ni siquiera existen los silencios, en las que la iluminación siempre es perfecta, estamos viviendo una gran mentira en el día a día que ha borrado de la conciencia de las personas un valor como es la humildad. La sociedad está perdiendo la humildad, y este es uno de los graves problemas a los que nos enfrentamos a la hora de aceptar de qué clase social somos cada uno realmente. Es muy difícil considerarte clase trabajadora si has perdido la humildad. Yo esa conciencia la he tenido siempre, la de ser clase trabajadora.
Creo que hemos cometido un error en comunicación. Está muy bien saber de dónde parte que en un salón estuviera gente a la derecha y gente a la izquierda para ordenar las clases sociales, pero hubiera sido más fácil entenderlo si se hubiera explicado como los de arriba y los de abajo. Conciencia de clase a nivel nacional, a nivel autonómico, como sociedad, yo siempre la he tenido.
Por eso me identifico, desde toda la vida, como persona de izquierda, persona de abajo, del pueblo llano, para entenderme. La política siempre me ha llamado la atención y siempre me ha generado sentimientos que me incomodaban o me incordiaban.
Hacerlo desde lo local fue un paso que mucha gente no entiende. Mi mujer todavía no lo entiende, pero estoy muy satisfecho de poder formar parte.
—¿Cree que la derecha no es consciente de la existencia de una clase trabajadora?
—La derecha trabaja para que la gente se sienta clase media, la gran mentira, para que se pongan por encima los valores individuales y se olvide de cómo funciona una sociedad. Y las “víctimas” son la inmensa mayoría de las personas que aceptan en ese perfil ideológico.
Hay personas de la clase trabajadora que son víctimas de esta trampa, de perder la humildad y de perder la identidad de clase. De no ser ni de izquierda ni de derecha. Y de no reconocer, por falta de humildad, de qué clase social son. Esa es la batalla que estamos librando ahora mismo, la gran guerra que estamos perdiendo.
—¿Cree que la izquierda está perdiendo la batalla cultural?
—Ahora mismo la tenemos prácticamente perdida.
—¿Es irrecuperable?
—No, por supuesto que no. Pero es una realidad que, cuando llegan grandes cambios, como la entrada de las redes sociales, siempre quien tiene más poder adquisitivo se adueña antes del espacio. Luego, con el tiempo, hay que regular. Llegan los problemas de salud mental, los problemas de identidad, las frustraciones, y todo eso hay que abordarlo y regularlo. Pero mientras se regula y mientras no se regula, quien tiene el poder, el capital, se hace dueño del espacio.
—¿Cree que el algoritmo marca la vida de mucha gente?
—El algoritmo es el gran negocio. Y si el negocio del odio moviliza más pasión en el negocio que la humildad, el algoritmo potenciará el odio. El capitalismo vive del odio. Vive de que la gente se preocupe de que le moleste el de al lado y el que tiene debajo, nunca de sentirse incómodo con el de arriba. Ese es el negocio del capitalismo ahora mismo en este ámbito.
—Ha hablado de que un grupo de personas pueden comprar la dignidad de cualquiera en cualquier momento.
—De la manera que sea, incluso siendo tú partícipe, aun no siendo consciente de ello. Estamos viviendo una época jodida de la que no tengo duda de que vamos a salir, pero no va a ser ni pronto ni fácil. Da la sensación de que la gente tiene que volver a pasarlo mal para volver a identificarse en su sitio.
Ahora hay muchos problemas de salud mental o de identidad, claro, cuando te generas una vida que es mentira, una vida perfecta, y llega la realidad y te pega la hostia, pues luego te duele la cabeza.
Eso es lo que estamos viviendo ahora mismo. Conciencia de clase, que siempre la he tenido, siempre la tendré e intentaré que mis hijos la tengan.

—¿Habría convocado elecciones en este momento si fuese el presidente del Gobierno?
—Estratégicamente hablando, a lo mejor hubiera engordado la pava un poco más. Pero creo que sí que era el momento. Y además hay un estallido social en las ciudades y provincias donde te juegas esos diez diputados que vuelcan unas elecciones, porque esto va de los diez diputados, no va de otra.
Hay un estallido social ahora mismo de conciencia de clase en las calles de las principales ciudades de España, en las que te van a mover esos diez diputados. Estamos hablando de Valencia, de Málaga, de Sevilla, de Zaragoza, de Madrid o Barcelona.
No va a tener otra oportunidad Pedro Sánchez de movilizar a esos diez diputados como ahora. Se ha abierto una brecha en la que se está movilizando la conciencia de clase y se está poniendo el foco ahora mismo hasta en los medios de comunicación no afines al gobierno. No tengo ninguna duda de que el Partido Socialista en este viaje ganará las elecciones.
Va a tener muy difícil gobernar, y eso va a depender de si termina estallando o no la movilización, de la unión de los partidos de izquierdas y de los votantes progresistas que no quieren votar PSOE. En eso van a estar las elecciones.
—¿Ha perdido la izquierda discurso y votantes en favor de Vox, por ejemplo, entre la clase trabajadora?
—En este momento, sí. Y esto viene a lo que he explicado antes: la gente vive una vida que es mentira, en la que todo es perfecto a través de las redes sociales y la humildad se ha desdibujado como valor. Ya le dará la hostia la realidad a todo el mundo a tiempo. Y es necesario que esa hostia se la lleven quienes no entienden que lo que están viviendo es una mentira y se han dejado engañar.
—¿Qué opina de la polarización? ¿Le preocupa?
—Es cierto que hay infección y toxicidad a nivel global. Existe una ola reaccionaria que impulsa, con una cantidad ingente de dinero, que trata de sacar todo el odio posible de cualquier ciudadano, y una vez que el odio está encima de la mesa, quien lo capitaliza está muy claro quién es. Los movimientos ultras están ahí para capitalizar todo ese odio. Y hay un negocio importante en torno al odio, con el foco muy bien puesto.
—¿Y en la política local se nota?
—No hay tanta diferencia entre uno y otro; simplemente unos representan a un color y otros a otro, ideológicamente. No hay tanta distancia como la que se puede ver en el Congreso o en el Parlamento de Andalucía, y creo que las acciones a llevar a cabo dependen más de la capacidad y de la destreza del equipo de Gobierno que de su ideología como tal, en un pueblo pequeño: de la composición del equipo, de su formación y su experiencia para afrontar cualquier proyecto o situación.
Nosotros, evidentemente, siempre desde una ideología muy definida, muy clara. En la calle sí hay más polarización, más odio, más toxicidad en la conversación y más problemas de conducta, intolerancia. Yo defiendo que cada uno pueda tener su opinión y expresarla libremente, que podamos debatir y que aceptemos que eso es posible. No hay opiniones que no sean respetables, y la convivencia consiste en eso, en que en un mismo espacio podamos pensar diferente y compartir nuestra opinión. De eso a odiarnos por ser diferentes hay un paso muy importante, y en que no nos odiemos hay gente que gana mucho dinero.
—¿Cómo se le pone freno al odio?
—Eso es muy difícil. Espero que alguien lo haga, porque el bofetón que nos va a pegar la realidad va a ser brutal, y cuando lo haga y nos abra los ojos, a lo mejor ya es demasiado tarde. Por eso no me limito solo a hablar de lo que ocurre en mi pueblo. Quiero que la gente sea consciente de que el odio no nos conduce a ninguna parte.
—De hecho, no se corta a la hora de defender en redes un discurso humanista sobre los migrantes.
—Así es. Cuando hago vídeos, muchos son cortes de presentaciones, de discursos o de actos en los que estoy, fragmentos de intervenciones mías públicas en plazas del pueblo. Otros son cortes de entrevistas y otros son reflexiones que hago desde mi despacho o desde la Casa del Pueblo.
Muchos son para ofrecer una visión humanista, perfectamente compatible con la convivencia y alejada del odio, en la que intento, por supuesto, aportar mi granito de arena a la conciencia de quien lo vea, y otros no dejan de ser retos o experimentos para intentar interpretar qué está ocurriendo en la cabeza del que odia.
El último que subí en TikTok, o de los últimos que subí en Instagram, era el de «Llévatelo a tu casa», porque eso tiene más que ver con tener ganas de descubrir qué pasa en la cabeza de alguien que piensa que los derechos humanos empiezan en la puerta de su casa.
Lo de Ceuta no tenía que haber ocurrido nunca. Pero esas personas las tenemos y hay que tratarlas como personas. Un niño no deja de ser un niño porque haya cruzado el Mediterráneo, una persona no deja de ser persona porque haya cruzado una frontera y no deja de ser persona por haber nacido al otro lado de una orilla.
—¿Qué respuestas encuentra?
—Dicen: «Vale, pero no con mi dinero». ¿Cómo que con tu dinero? ¿Qué quiere decir tu dinero? ¿Qué han conseguido los movimientos del odio capitalista a nivel global? Que la gente piense que el dinero de los impuestos es suyo. ¿Qué quiere decir «no con mi dinero»? Tú no has empezado a producir hasta los 25, los 30 años. Hasta que has llegado a esa edad, ¿con qué dinero se ha hecho eso? ¿Con qué dinero te han parido? ¿Con qué dinero te han llevado al cole? ¿Con qué dinero te han llevado al instituto? ¿Con qué dinero te han llevado al médico? Con el tuyo no era, ¿no?
Yo ahí sí experimento un poco, porque, además de estudiarlo, te ayuda a combatir. Me gusta mucho ver esas versiones porque te ayuda a combatir cuando te dicen «Los españoles primero», o «no con mi dinero, los españoles primero»: Vale, vamos a suponer que hay mil niños españoles en barrios vulnerables de Ceuta. Desde mi punto de vista, el Estado tiene que procurar extraer el máximo talento de cada uno de ellos para que, cuando lleguen a la madurez, a su vida productiva, nos entreguen lo mejor, vengan de donde vengan, sean de la cuna que sean. Tenemos que darles salud, educación, una formación para que cuando lleguen a su vida adulta sean productivos y nos garanticen las pensiones y los servicios públicos con sus tributos.
¿Qué cambia si los mil niños están en territorio español, pero son de Ucrania? Tendremos que hacerlos productivos, tendremos que integrarlos en la sociedad con todas las garantías para que sean productivos y generen beneficios. ¿Qué ocurre si los niños son de África y ya están en suelo español? Tendremos que proveerlos de lo mismo que si fueran españoles o ucranianos. La diferencia está en el racismo, en la intolerancia, en el odio que nos han inoculado, y contra eso es contra lo que yo muchas veces intento luchar en redes sociales. Si solo hay una persona que abre los ojos, a mí ya me ha merecido la pena el vídeo.
—¿Le ha planteado alguien de su entorno, su mujer o un amigo, que se dedique solo a hablar de Begíjar?
—Sí, muchos me dicen: «Pero no hagas estas cosas». La gente me vota por mi gestión, pero eso no bloquea mi ideología ni mi forma de ver las cosas, porque intento ver el mundo desde la tolerancia y desde el respeto a los derechos humanos, que, como he repetido, no empiezan en la puerta de tu casa, sino en respetar a la persona que tienes enfrente, sea quien sea, sea como sea.
Siempre hay gente que te dice: «Si tú en tu pueblo lo haces bien, céntrate en tu pueblo; yo te voto a ti aquí, y a Abascal en España». Y ahí, es donde te intentan anular. ¿Por qué? Porque a lo mejor agita conciencias y a lo mejor debilita su discurso de odio. Y realmente esa es la función y el compromiso que tenemos que tener cualquier dirigente público, de cualquier nivel.
—¿Le condiciona lo que pueda pensar la dirección del partido de sus opiniones?
—Yo no le pregunto al partido en ningún momento si le parece bien o mal que tenga opinión, y creo que al partido tampoco le parece ni bien ni mal que yo tenga una opinión. Si puedo ayudar a alguien a hacerle ver a qué clase pertenece, a ser buena persona, a ser tolerante, a que conviva mejor con los demás, no creo que haya nadie que esté en contra.
La verdad es que yo soy muy izquierdoso, es cierto, pero cuando comparto esa opinión es, primero, porque creo que tengo la facilidad de comunicarlo en un mensaje corto y sencillo y, además, no me acomplejo de ello, y creo que quienes pensamos como yo tenemos la obligación moral de hacerlo.
Reconozco que es muy difícil comunicar bien en tan poco tiempo. Un mensaje de odio se comunica muy rápido, en 15 o 20 segundos, e impregna de momento. Nosotros lo tenemos muchísimo más difícil. Pero a lo que creo que te refieres es a lo difícil que es hacer conciencia de clase en tan poco tiempo, con vídeos tan cortos y tan pragmáticos que sean capaces de dibujar esa imagen en la mente del que te está escuchando. Es muy difícil, pero se puede hacer, y se intenta hacer.
—En su gestión diaria, ¿hay sintonía con su equipo de Gobierno en este sentido? ¿Comparten una idea de la sociedad similar a la suya?
—Dentro de mi equipo, tenemos muy buena sintonía en lo local, en lo autonómico, en lo nacional y en lo global. Mi capacidad está en hacer fácil el mensaje. Quizás me distinga de ellos solo ese pequeño detalle, el de comunicarlo de forma sencilla para que se entienda y se digiera fácil. Creo que la contundencia o la trivialidad de algunos de los vídeos que he podido publicar se debe a eso, al pragmatismo y a lo sencillo que es para el que recibe el mensaje.

—¿Cómo ve la forma de comunicar de la política actual?
—Ese es otro de los problemas que hay en la política actual: que todo es mentira también. La política se ha dejado llevar por la imagen perfecta del vídeo de Instagram o de TikTok, sin silencios, en el que es más importante no cometer errores que mojarse. Y desde esa manera de comunicar creo que no se agitan conciencias. No se puede quedar siempre bien. No se puede evitar el conflicto. Eso no es de izquierda para mí. Puedes compartir, puedes votar, pero militar, tener actitud de clase trabajadora y conciencia de clase, militar es otra cosa. Se ha perdido todo en el «queda bien» y en el miedo a no generar identidad. Y ahí es donde estamos perdiendo la batalla.
Pero hay tiempo para recuperar esa batalla. Claro que hay tiempo. Y se tiene que conseguir. También hay gente que está pidiendo a gritos una hostia de realidad. La izquierda tiene que encontrar nuevos modelos de organización y nuevos modelos de poner el marco en las conversaciones. Eso es lo que hemos perdido.
Primero, aprender a no entrar en el marco fácil que nos están colocando desde hace unos años desde el movimiento ultra, que es un marco muy fácil de comprar y digerir, un marco sin capacidad autocrítica ninguna, en el que la culpa siempre es de alguien más pobre que tú o más débil que tú. En ese marco no tenemos que entrar, nunca. Ese marco lo tenemos perdido. Pero tenemos que tener la capacidad de colocar el marco ideológico en las conversaciones.
Nuestro marco es más difícil porque obliga a la gente a pensar. Pero si no ponemos a la gente a pensar, la batalla la tenemos completamente perdida. ¿Cuánto vamos a tardar en colocar el marco? No lo sé. Yo lo intento. Pero ahí es donde tenemos el problema.
—¿Cómo se traslada todo esto a la política local, por ejemplo, en vivienda?
—Sabiendo que la vivienda parte de una ley, que impulsa el Gobierno y la competencia es exclusiva de la comunidad autónoma, el ayuntamiento poco puede hacer directamente. Pero, por ejemplo, nosotros en Begíjar no tenemos problemas de vivienda. Tenemos 400 casas vacías.
¿Las políticas de vivienda que tienen que activar esas 400 casas tiene que hacerlas un ayuntamiento al que cada vez se le cargan más responsabilidades y menos capacidad económica? ¿En base a qué? ¿A crujir a impuestos a los vecinos? ¿O se tiene que poner las pilas la comunidad autónoma con las políticas de reto demográfico?
Nosotros, el foco que ponemos en lo local, en dar la mejor atención al vecino posible, independientemente de dónde sea. Nadie se harta ni de dinero ni de atención. Si de donde eres puedes conseguir el suficiente dinero para no tener que irte de ahí y tienes todos los servicios que necesitas, no te vas a otro sitio. Ni tú ni nadie. Incluso gente de cerca, (he omitido esto, genera confusión) puede decantarse por el pueblo que más servicios presta a sus vecinos. La política local es dotar de atención, de servicios al ciudadano. Mientras más y de mejor calidad, más positivo será.
—¿Cuáles son esos servicios?
—Tener unas buenas instalaciones para desarrollar hábitos de vida saludables. La gente demanda cada vez más ese tipo de servicios. Además, no puede faltar atención médica y la educación. El pueblo tiene que tener el colegio y el consultorio médico vivo. Sin olvidar, por supuesto, la seguridad ciudadana. A partir de ahí, acceso a la formación y la cultura, contar con lugares de esparcióento y que los accesos por carretera del municipio hacia las zonas de ocio o comercio de otros municipios estén bien. La suerte que tenemos en Begíjar es que estamos en el centro geográfico de la provincia de Jaén, con Baeza a quince minutos, con Úbeda a diez, con Linares a veinte y la capital a menos de media hora. Geográficamente estamos bien puestos. Si las carreteras están bien y los servicios municipales funcionan, la gente puede elegir vivir en Begíjar, en alguna de las 400 casas que hay vacías.
El municipio debe tener los caminos bien atendidos para que la agricultura no tenga problemas, que los servicios funcionen. Que haya seguridad, que haya diversidad a la hora del ocio saludable, potenciar muchísimo la cultura, sacar la cultura a la calle, para ayudar a la gente a pensar, a involucrarse en la cultura, a tener pensamiento crítico propio, pensamiento libre, apartarse de las redes sociales, ofrecer otro tipo de alternativas. Nosotros hemos sacado la cultura a la calle. No paramos de hacer actividades culturales, de potenciar la sociedad y que seamos críticos.
Para que se haga una idea: el primer espacio público de toda España dedicado a la diversidad sexual y de género, en el 50 aniversario de Stonewall, fue la Plaza de la Diversidad de Begíjar. Llegas a un municipio donde hay una Plaza de la Diversidad y un Parque de la Igualdad y ya te está hablando de un pueblo abierto, amable, cercano. Te está dando tintes, connotaciones de pueblo verde, de pueblo saludable. Se puede hacer mucho por un municipio para que sea atractivo para que vivan las personas.
Esas son las políticas de cercanía, las de atención. Igual Begíjar no es un sitio para trabajar, pero tiene la suerte de estar muy cerca de otros núcleos urbanos mucho más grandes. Somos un pueblo para vivir. La gente que vive en Begíjar tiene la tranquilidad de una hipoteca mucho más baja que la que otros lugares te pueden ofrecer, además de servicios reales, los que tú utilizas todos los días: salas de estudio, campos de fútbol, pabellón municipal de deporte, gimnasio público, plazas, parque, jardines y zonas verdes, servicio de educación permanente… Begíjar es un sitio maravilloso para vivir.
—¿Cómo se lucha contra la despoblación?
—El problema del reto demográfico no se puede afrontar bajo ningún concepto desde un punto de vista local. Es mentira. Que yo le robe diez habitantes a Ibros no cambia nada en esta provincia. El problema es que aplicamos tarde políticas que sí funcionan en Europa. Por fin vamos a trabajar los pueblos como áreas urbanas funcionales. Esto hará que dejemos de ir a robarnos entre nosotros para empezar a compenetrarnos, a coordinarnos y a trabajar en común.
Voy a decir algo que a lo mejor suena muy disparatado: no es necesario que todos los municipios de la comarca tengamos un gran teatro para 500 espectadores. Igual uno tiene que tener la piscina climatizada, otro el teatro, otro… Igual Ibros tiene que tener el teatro y Begíjar la piscina cubierta, y Lupión un centro social, no lo sé. No todos tenemos que tener de todo y hay una forma de optimizar recursos. Pero para eso hay algo muy importante que tenemos que mejorar, y que también está puesto en el foco de los fondos europeos, que es la movilidad. Si solucionamos el problema de la movilidad entre esos pequeños municipios y aprendemos a trabajar juntos, puede cambiar mucho el reto demográfico.
—Habla de trabajar coordinados, de eliminar los egos de los municipios. ¿Quizá ese haya sido uno de los grandes problemas de los alcaldes y alcaldesas, el querer tener de todo, desde un enorme polígono hasta un centro de interpretación, aunque no sean necesarios o no se usen?
—Durante mucho tiempo ha habido mucho ego municipal, de competitividad. No nos ha valido de nada. Todos perdemos, porque competimos entre nosotros en vez de complementarnos. Soy más partidario de compartir servicios entre municipios en lugar de competir. Que Ibros o Torreblascopedro formen parte de Begíjar y viceversa. Que sus vecinos disfruten de nuestros servicios y nosotros de los suyos. Pero para eso es necesario que dispongamos de buenas carreteras, de un buen transporte público. Es esencial.
Hablamos de solidaridad entre municipios, de pequeñas áreas metropolitanas, de movilidad compartida. No sé de qué manera, algo tiene que hacerse para que la gente se mueva de un municipio a otro. Si queremos eso. Si no, lo que tenemos es un despilfarro económico y un fracaso en materia de infraestructuras, con muchas de ellas cerradas o sin usarse.
La cooperación entre municipios, para mí, es estrictamente necesaria, respetando el autogobierno local de cada municipio al extremo. Hay que evitar que el pez grande se coma al chico. Para que un territorio progrese, es necesaria esa solidaridad y contar con la atención de las administraciones superiores. De lo contrario, estamos abocados al estancamiento y al lamento continuo.