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Eugenio Rodríguez

España, siempre en el potro

Entre la maleza, una mujer humillada trata de preservar, frente al abuso, cierta dignidad. Apoya vencida sus rodillas y manos contra el suelo, pero aún mantiene la cabeza erguida. Viste de blanco, con toga roja y coronada. Simboliza a España. Sobre su espalda, hay cruzado un tronco largo y desnudo a modo de balancín mientras dos políticos —muy señoreados— juegan a mantener el equilibrio sentados sobre él.

En ese infame columpio, quien sube muestra cierta dificultad para mantener la compostura. Con su desequilibrio, se evidencia la dificultad de desempeñarse en el poder. Por el contrario, quien baja tiene una posición más cómoda y erguida. Con una actitud entre indiferente y complacida ante la dificultad que atraviesa su antagonista, se revela la comodidad del partido que está a la espera de su turno.

El 8 de octubre de 1892, en las páginas centrales del extinto semanario «El Motín», se publicó esta viñeta satírica de Macipe con la leyenda «Sube uno, baja el otro, y España siempre en el potro», que criticaba así un sistema político de alternancia pactada en el poder entre dos partidos. Era el bipartidismo de la Restauración, con el Partido Conservador de Cánovas —entonces en el poder— y el Partido Liberal de Sagasta —a la espera de su turno—, un sistema en el que la voluntad popular se retorcía mediante un trampantojo de encasillado y pucherazo para poder dar cumplimiento a ese pacto y favorecer así una cierta estabilidad institucional y la pervivencia de la Monarquía.

Eran otros tiempos. Desde entonces, la Nación ha pasado por momentos históricos dramáticos y de muy distinta naturaleza, pero hay un elemento clave que ya estaba en la viñeta de Macipe personificado en la mujer doblegada que, aún hoy, persiste.

Es el sufrimiento de la Nación por quedar siempre relegado lo sustancial, lo que verdaderamente importa, sus grandes asuntos y todo lo que afecta al interés general de los españoles, a un permanente y desolador segundo plano. Es el sometimiento a los intereses de una clase política privilegiada, a la voluntad de las élites del momento y, a mayores, la necesidad del propio sistema —sea cual sea— de fortalecerse y perpetuarse. Si es necesario, con el concurso del engaño. O de la represión. O de ambas cosas a la vez.

En estas elecciones de 2024 al Parlamento Europeo, lo sustancial era hablar de todas esas cuestiones que se aprueban en Europa y que afectan tan directa y gravemente a los españoles, no de la extraordinariamente rica colección de miserias internas que está dejando Sánchez con la inestimable ayuda de sus socios y aliados —probablemente la colección más indigna y degradante de políticos que haya conocido España—.

Igual esa tomadura de pelo tiene algo que ver en el notable abstencionismo de estas elecciones, que ronda el 51%. En esta ocasión, también hay uno que sube —el PP, que gana 9 diputados— y otro que baja —el PSOE, que pierde un diputado—.

Y, nuevamente, hay un trampantojo: el de socialistas y populares que aquí juegan a aparentar que tienen no pocas diferencias; pero es que también hay un pacto: el que mantienen en Europa, donde son coalición, porque están de acuerdo y votan lo mismo prácticamente el 90% de las veces.

Al menos en esta ocasión ha habido un partido que no ha insultado la inteligencia de los españoles y que ha invertido mucho esfuerzo en informar de ese engaño usurpador. Y los españoles han recompensado ese y otros esfuerzos haciendo que VOX duplique el número de escaños respecto de los resultados de 2019, que es objetivamente un avance significativo, como significativo es el avance de todas las fuerzas patrióticas de la Unión Europea.

Los españoles han sabido reconocer la importancia de VOX en la defensa y protección de los intereses de España y su papel crucial como aglomerante y estímulo de los partidos patriotas europeos.

Un reconocimiento en retrospectiva meritorio y que recibe a pesar de su juventud. A pesar de las campañas de acoso y derribo contra sus líderes. A pesar de la demonización de sus ideas. A pesar de los intentos de censura. A pesar de la distorsión deliberada que con frecuencia se hace de su mensaje. A pesar de la diferencia de recursos en comparación con los de otros partidos. A pesar de los ataques contra sus afiliados y sedes. A pesar de las etiquetas. A pesar de las piedras. A pesar, incluso, de los nuevos populismos. Y a pesar de quienes se empeñan en poner a España permanentemente en el potro…

Es el empuje que brindan las convicciones profundas, esas que responden a principios, valores y verdades atemporales.

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